La luz comenzaba a bañar los cerros de ValparaÃso, iluminando sus casas, llenándolas de color. Entre ellas, una sombra caminaba abatida y torpe, con una mano en la cabeza y el alma llena de culpa; el estrago de la resaca retumbándole y la fetidez a cigarro aferrada a él, como la mochila en su espalda.
La noche llegaba en relámpagos: la música, una mirada, besos con sabor a whiskey, la caminata a un lugar que no conocÃa, el cuerpo entrando en él con dolor y a carne viva ¡A CARNE VIVA! Apretó, retuvo con fuerza y tomó el primer bus que vio, para alejarse del puerto y de su vergüenza.
No aguantó más, algo escurrÃa de él.
Se bajó en Viña, lejos de la bohemÃa que ahora le causaba dolor corporal, y una servicentro acudÃa a su rescate. Humillado y en la privacidad del oxidado baño, dejó caer el regalo que una noche de despecho lo hacÃa calcular el próximo exámen.