En diciembre de 2020, se halló a Brahim Kessaci quemado en el maletero de un automóvil. Su hermano Amine, que solo tenía 17 años, ya se destacaba por su activismo social y ecologista en Frais-Vallon, el barrio humilde del norte de Marsella donde crecieron. Desde muy joven, participaba en asociaciones locales, preocupado por la escasez de oportunidades para los jóvenes. Tras el asesinato, su compromiso se transformó en una lucha contra el narcotráfico. El abandono institucional de las últimas décadas había creado el entorno propicio para la expansión de las redes criminales. «Las mafias buscan reemplazar al Estado porque la República está renunciando en esos barrios, se está retirando», advierte Kessaci. La segunda ciudad de Francia en población no había experimentado un nivel de violencia así desde los años 80. El activista culpa a los «políticos hipócritas» que han ignorado el problema y menciona la instauración de una «narcocracia». «Allí donde el Estado mira hacia otro lado, los narcotraficantes se estructuran, se organizan: financian piscinas en verano, deciden lo que sucede en los barrios, mantienen a la juventud en una forma de esclavitud», explica Kessaci. «Son quienes hoy hacen soñar a los jóvenes, a través de las redes sociales, de las películas en Netflix, por ejemplo, con todas esas producciones que retratan a los traficantes de drogas como héroes». Cinco años después del asesinato de Brahim, el 13 de noviembre de 2025, asesinaron a tiros al hermano menor de Amine, Mehdi, de solo 20 años, en plena calle. Este crimen marcó un punto de inflexión. Marsella se levantó en la mayor marcha popular contra el narcotráfico que se recuerda y movilizó al Gobierno, que lo consideró «un desafío al Estado». El ministro de Justicia, Gérald Darmanin, llegó a equiparar la amenaza del narcotráfico con la del terrorismo en el territorio nacional. Fue una advertencia. Buscaban intimidarle atacando a su hermano, completamente ajeno a sus actividades políticas.