¿Eres feliz?, le pregunté. No era que mi felicidad dependiera de la suya, no. Más bien era que me angustiaba pensar que yo lo estuviese lastimando, que necesitara una mano de ayuda, una palabra de alivio, un lugar para estar tranquilo.  La felicidad no se alcanza, uno vive cada dÃa agradeciendo lo que tiene, viviendo, pese a no estar todo en el perfecto orden. Perseguir la felicidad es no tenerla nunca. Y depender de alguien para ello, es una pérdida de tiempo.  Yo querÃa que en efecto me dijera que era feliz, sÃ. Pero, que si algo le hacÃa bajar la mirada, yo estarÃa dispuesta a tomarle su carita en mis manos y besarle los ojos hasta que el sol volviera a salir en ellos. QuerÃa que supiera que no dependo de él para estar agradecida, o al desbordando felicidad, pero que si el se tropezaba yo sentirÃa la necesidad de detenerme, de extender mi mano, de sentir su dolor. De si es posible llorar con él, de abrazarlo fuerte y levantarlo. No, no era que mi prioridad era hacerlo feliz, para luego yo serlo. ¡De ninguna manera! No se puede dar lo que no se tiene. Se trataba de empatÃa, de solidaridad.  Era mi compañero de vida, mi cómplice, estábamos en el mismo equipo. No podÃa mirar de reojo cuando veo que le falta algo, no podÃa cerrar los brazos cuando veo que necesita de mÃ.
Pero, no entendió eso.  Respondió de una manera frÃa  que me preocupara solamente de mi felicidad, que lo que yo querÃa era dependencia. Respondió que tenÃa que darme prioridad, que pensara sólo en mÃ. Eso es imposible, le dije ya rendida. Y entre lágrimas le susurré, yo solo quiero que seas feliz, siempre … y me fui.
por: M. Sierra Villanueva
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