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Regresos - Luis Fayad
Tras un exilio voluntario de tres décadas, el antropólogo bogotano Ernesto Gonzaga regresa a Bogotá con la ilusión de un trabajo seguro como director de un proyecto de investigación en la Amazonía colombiana.
Sin embargo, luego de solo dos meses en el cargo, el doctor Gonzaga es notificado sobre la necesidad de pedir una prorroga que le permita extender el periodo de tiempo que permanecerá en el mismo, pues, según se irá entendiendo, el proyecto de integración social de la Amazonía con el resto del país es una empresa que consume importantes recursos financieros que, según le informa su superior, por decisión de quienes dirigen la destinación de los presupuestos, son requerido de manera más urgente en otras iniciativas, como la protección de las palmas en algún rincón del Pacifico colombiano o la investigación del impacto de la explotación de minerales como el carbón o el oro.
Con el nuevo panorama a la vista, Gonzaga, quien llegó al centro de la ciudad a habitar de manera temporal un apartamento propiedad de su hermano, se ve forzado a pedirle a Lisa, su esposa, que postergue el viaje suyo y de sus dos hijos hasta nuevo aviso, sin mencionarle el percance surgido.
Con el mes que le queda en el cargo antes de que su suspensión entre en vigencia, Gonzaga se dirige al Palacio de los Ministerios, a solicitar los documentos para realizar la solicitud de prorroga. El proceso inicia con el diligenciamiento de unos complejos formularios de colores que deberá llenar y entregar en las mismas oficinas. La falta de familiaridad con los procesos burocráticos de la nueva Bogotá lleva a Gonzaga a aceptar la ayuda de Carmelo, hombre que conoció en el avión que lo trajo a Bogotá desde Montreal, Canadá hace tan solo dos meses.
Carmelo, quien regresó al país a atender las dolencias de salud que aquejaban a su madre, se convierte en el asesor de trámites, pues aunque como él mismo lo admite, no cuenta con mucha experiencia, siempre puede acudir a su hermano, más versado en los procesos y diligencias del gobierno.
Agobiado por la incertidumbre de un futuro laboral dudoso, renuente, Ernesto visita una casa grande con jardín, que doña Aurora, la agente inmobiliaria de los Gonzaga, ha logrado encontrar al norte de la ciudad, convencida de que esta es la propiedad ideal para que Ernesto se instale con su familia. Aunque Ernesto está convencido de que la casa es el tipo de propiedad que quiere para la llegada de su familia, se ve obligado a contarle a doña Aurora que por el momento va a tener que postergar la firma del contrato de arrendamiento pues las nuevas circunstancias lo tienen en un limbo laboral que hasta ahora empieza a recorrer. Doña Aurora, quien es amiga de la familia de vieja data, también ofrece sus conocimientos en trámites para ayudar a acelerar la solicitud de prorroga del cargo.
Los días de Ernesto transcurren en medio de largas horas de espera en su oficina. Con el proyecto del Amazonas archivado, lo que él y Marielita, su asistente, tienen para hacer es muy poco y casi que se limita a ayudar en proyectos de menor importancia o a resolver dudas telefónicas que llegan a la oficina de manera esporádica.
En los dos meses previos al aviso, Ernesto se había dedicado de lleno a su trabajo y no había prestado mayor atención a los vecinos con los que compartía el viejo edificio del centro que habitaría solo temporalmente. Ahora, con más tiempo en sus manos, se dedica a estudiar a los residentes. Entre sus vecinos conoce a Belén, una mujer joven que vive con sue mamá en un apartamento pequeño. Con el paso de los días, Ernesto y Belén se van conociendo y lo que empezó como encuentros casuales en las escaleras y en la entrada del edificio, se convierte en frecuentes caminatas matutinas en las que los el antropólogo acompaña a la mujer en su camino a la fábrica de confecciones en la que trabaja y el aprovecha para visitar el Palacio de los Ministerios para hacer una averiguación relacionada con el correcto diligenciamiento de los formularios de solicitud de prorroga, según encargo de Carmelo y de Doña Aurora.
Entendiendo la importancia de que los formularios fueran diligenciados a cabalidad y de la mejor forma, Ernesto, Carmelo y Doña Aurora deciden que es imperativo localizar a Irma o Irene, la persona cuyo nombre aparecía en la cabecera de los formularios y a quien se suponía se debía acudir para la resolución de dudas sobre el proceso de prorroga.
Entretanto, son introducidos en la historia los sobrinos de doña Aurora, dueños de una pequeña fábrica de juguetes, el juez, también amigo de doña Aurora y quien también se suma como colaborador en el proceso de solicitud de prorroga del contrato de Ernesto.
A medida que pasan los días, los encuentros con Belén se vuelven casi una necesidad para Ernesto, pues en ellos parece poder olvidarse del engorroso proceso de prorroga y las conversaciones se desvían a temas diferentes al de su incierta situación laboral en el país. Dichas oportunidades son un alivio para Ernesto, pues, en contraste, en las conversaciones con su hermana, se ve obligado a mantener una mentira afirmando que todo va bien con el tema de la prorroga y que el trabajo sigue de manera ininterrumpida, historia que también sostiene durante cada visita a la casa de sus padres a las afueras de la ciudad en un pueblo cálido, cuyo nombre nunca es mencionado.
Ernesto, desilusionado por la falta de confianza del gobierno en el proyecto de integración social del Amazonas, ve como pasan los días y se deshacen sus planes de conseguir un cargo fijo que le garantice un salario para brindar estabilidad económica a la llegada de su familia, recurre a fuentes alternativas de ingreso que le permitan sostenerse mientras espera una respuesta sobre la prorroga de su cargo. Los sobrinos de doña Aurora toman en arriendo la sala de su pequeño apartamento para almacenar el creciente inventario del boyante negocio de juguetes. Casi al mismo tiempo Ernesto acepta un trabajo temporal como profesor de matemáticas y geografía y empieza a manejar una camioneta del hermano de Carmelo, quien inició un nuevo negocio de transporte de frutas y verduras.
Las visitas de Ernesto al apartamento de Belén y su madre se hacen más frecuentes, estrechando un vinculo que hará que la joven mujer se interese en él y lo conduzca a una única noche de infidelidad. Mientras tanto, su querida Lisa, se pregunta cuales son los motivos para que ella y sus dos hijos no puedan finalmente salir de Canadá para iniciar una nueva vida en Bogotá, ciudad que aún les es desconocida.
Luego del diligenciamiento de unos nuevos formularios, la solicitud de prorroga se resuelve a favor de Ernesto, pero en un nuevo cargo. El antropólogo, después de haber conocido tantas personas y tras haber vivido tantas nuevas experiencias, decide que no está dispuesto a aceptar un trabajo diferente al del proyecto de integración del Amazonas, y decide, esta vez sin dadas, regresar a Montreal, retomar la vida que dejó meses atrás cuando, de manera ingenua pensó que Bogotá estaba lista para su regreso.
Luis Fayad
Al otro lado, azorada por el encuentro repentino, estaba la vecina del segundo piso. Los dos se detuvieron como si se hubieran tropezado.
—Ah, es usted —dijo él y se echó un paso atrás—; buenos días.
Ella entró dando un brinquito apresurado y le sonrió por lo brusco del encuentro que fue casi un tropezón y un susto. Los dos dieron la impresión de vacilar en una conversación que a pesar de no haberse llevado a cabo parecía haberse interrumpido.
Regresos (Penguin Random House, 2014)
¡Qué hacemos nosotros tan pobres y de buena familia!
Fragmento: "Los parientes de Ester", de Luis Fayad.
Luis Fayad
EL DESTINO DE UNA LÍNEA
Mientras pensaba en su destino, a Leoncio le llegó la hora de ponerse a trabajar.
***
INÚTIL RESCATE
Por la noche hay momentos, en la soledad de su cuarto, mientras se acuesta o lee, cuando olvida las horas de la oficina, en que un recuerdo coloca a Leoncio en un estado de dicha. Para perpetuarlo, Leoncio escribe en un trozo de papel unas breves palabras que le traigan a la memoria el recuerdo entero, y para rescatarlo deja el papel a la mano, de manera que pueda leerlo después de despertarse. Pero al día siguiente las palabras, pasadas esas horas, no le comunican nada la misma sensación, y Leoncio debe esperar otro de esos momentos.
Un espejo después (El Áncora, 2003)

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