Café, recetas médicas y la sospecha eterna
Los Pasos de Rogelio Hoy arranquĂ© con una escena de guerra: los placares todos rasguñados gracias al ataque de ansiedad perruna por la tormenta. Hermoso empezar asĂ. Yo, con mi modo piedra activado, ni lo escuchĂ©. Al menos los gatos estaban más civilizados. CafĂ© en mano, me refugiĂ© un rato en el mundo distĂłpico de Death Stranding (donde los problemas parecen más simples que la vida real).
A las 10:30 me tocĂł curso de auxiliar de farmacia, donde nos metieron en el pantano legal de por quĂ© no podĂ©s vender pastillas como si fueran caramelos. Que si la receta, que si el nĂşmero, que si el paciente se envenena porque alguien le dio algo trucho. Básicamente: vendĂ© mal y te comen crudo. Interesante en un sentido postapocalĂptico.
DespuĂ©s, pizza barata en Ugi’s (nada dice “vida adulta” como eso) y directo al laburo. Solo dos en la mañana. Y en la tarde tambiĂ©n Ă©ramos dos porque el cubano tenĂa franco. ÂżCasualidad? No lo creo. La encargada hoy era un sol, chistes y sonrisas. Muy raro todo. Intuyo que me va a pedir que me coma mi franco del sábado y lo tire a la semana siguiente. Pero bueno, la gente no cambia: solo calcula mejor.
La tarde se pasĂł volando entre gente, productos y resignaciĂłn. Cerramos con todo repuesto y yo volvĂ a casa en bondi, auriculares puestos, rapeando mentalmente con Linyera, Acru, y el Emanero pre-mainstream. LleguĂ©, me clavĂ© un pastel de papa como si el mundo no ardiera y mirĂ© el empate de Central CĂłrdoba contra Flamengo. Un cafĂ© y un alfajor de mousse coronaron el dĂa. Nada mal, para estar vivo en este quilombo.











