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LA DOMADORA DE XUACALOTES
Bárbara Dominga vive sobre la montaña más alta de San Francisca. Para llegar hasta ahí necesitas un alpinista lepapelino y dos botellas de vino rosado. El vino es para ofrecerlo al Dios de la montaña, quien permite un viaje seguro sólo a los que dejan ambas botellas debajo de una roca octagonal a medio camino. “Una para subir y otra para bajar”, me explicó Dominga. Entreverado en la cordillera hay un sendero de piedra que desaparece intermitentemente entre riscos y peñascos peligrosos. Mi guía alpinista resultó ser invaluable, ya que en un descuido perdí el equilibrio y él impidió que cayera al vacío. El sendero se abre eventualmente en una serie de planicies regadas con zarzales en flor que crecen sobre las ruinas de unas casas muy raras. Algunos ladrillos estaban acomodados en escaleras que ahora llevan a ninguna parte y había murales sin terminar de derrumbarse, donde las figuras de lepapelinos que nunca había visto alababan al Dios de la montaña y hacían juego con el paisaje. Quería quedarme a explorar más, pero se hacía tarde. Coloqué las dos botellas en la piedra octagonal y continuamos. “Qué bueno que no demoraron. La noche es peligrosa aquí”. El resto del camino la pasamos en silencio.
Al fin, después de cuatro horas a pie, llegamos a la casa de Bárbara Dominga, un cubo de granito de un solo piso. Las ventanas y la puerta de madera oscura imitaban esa forma. La puerta se abrió de pronto sin haberla tocado y una mano enguantada nos hizo pasar con señas. Mientras pasábamos, Dominga esquivó un rayo blanco que serpenteaba por el piso. “Cuidado” dice “caminen como si tuvieran tacones y no lo miren a los ojos”. Me extrañó la expresión de miedo del guía mientras la domadora nos conducía hasta la sala, donde nos esperaba una mesita con galletas de avena y romero y tres tazas de té que despedían un olor a jazmín. De pronto, una especie de gato blanco con grandes ojos bizcos se posó sobre Dominga. Mi amigo lepapelino se quedó helado. “No te hará daño” declaró Dominga mientras acariciaba al felino. “¿Y bien? ¿Empezamos?”.
La entrevista fue breve, pero ya era tarde, por lo que tuvimos que quedarnos hasta la mañana siguiente. Nunca antes había tenido tanta dificultad para dormir. Las palabras de Dominga no me permitieron cerrar los ojos. Sentía que, cuando lo hiciera, inmediatamente tendría una pesadilla. Aquí transcribo los puntos más importantes.
¿Qué es eso? Ella es una xuacalote, el animal más letal de Lepapel. Quédense a esa distancia, mantengan sus manos visibles y no les pasará nada. Su nombre es impronunciable, pero le pueden decir Anita cuando ella se los indique. Como podrás haber adivinado, yo me dedico a domarlos. Anita es mi más leal espécimen.
¿Dónde la conociste? Hace años en una de mis expediciones en las ruinas del Dios de la montaña. Un xuacalote macho intentó aparearse con la madre de Anita durante el embarazo y la mató. En época de apareamiento los xuacalotes son excesivamente agresivos y es común que ocurran estos percances. Por suerte yo estaba cerca. Al examinar el cadáver comprobé que podía salvar al nonato y me lo llevé a casa, donde la crié hasta que tuvo edad para valerse por sí misma. Cuando quise liberarla ella no me dejó y se quedó aquí conmigo.
¿Es buena compañera? Tan buena como cualquier lepapelino; entre mañas y gustos hay que encontrar el punto medio. Pero la prefiero mil veces a los lepapelinos.
¿Por qué? Las mañas y los gustos de los xuacalotes son lo que más conozco. Me acostumbré a ellos. Ya estoy vieja, los lepapelinos me cansan después de un rato. Los xuacalotes me fascinan desde que tengo memoria.
¿Entonces ya eres una experta domándolos? Podría decirse. Sí.
¿Cómo los domas? ¿Es difícil? Depende. ¿Se te hace fácil hacer amigos lepapelinos? A mí no. En cambio, entiendo a los xuacalotes y eso me permite cierta cercanía con ellos. He pasado mucho tiempo a su lado y el hecho de que podamos convivir no significa que no requiera de cierto trabajo. Uno nunca sabe a lo que se va a enfrentar y menos cuando se trata de una especie tan inteligente y peligrosa. Sin embargo, puedes contar con ciertas constantes. Por ejemplo, hay que considerar sus tres variantes: blancos, como Anita, negros y rosados. Los tres son temperamentales, pero tienen diferentes hábitos. Los blancos y negros suelen no atacar sin provocación, pero los rosados son muy asustadizos, por lo que uno debe manejarse con cuidado en su presencia. Hay que evitar los lugares floreados, ya que los rosados prefieren habitar esas zonas. De noche, es más difícil distinguir a los xuacalotes negros así que es poco aconsejable salir a explorar sin sol a no ser que uno quiera perder las piernas. Los xuacalotes tienen una mandíbula retráctil con muchos dientes afilados. Su mordida es tan veloz que necesitas una cámara de cuarzo para apreciarla. No es raro que los lepapelinos que hayan tenido un encuentro con un xuacalote y hayan sobrevivido presenten cicatrices o deformidades.
Pero tú estás intacta. ¿Cómo le hiciste? No sé. Eso es suerte. Lo demás es paciencia y respeto. Tener guantes ayuda.
¿Guantes? Sí, guantes. Los xuacalotes saben que las manos de los lepapelinos son peligrosas. Una mano enguantada con satín puede hacer toda la diferencia. Además, a Anita le gusta.
Anita es una xuacalote blanca. ¿Y esa variante? Son nómadas: cargan a sus crías sobre sus lomos, como tlacuaches, por lo que es poco frecuente verlos. Tienen el viaje en su instinto. Por eso son los más difíciles de domar. Anita es la excepción, aunque se va y no regresa por meses a la vez. Luego, cuando regresa, si le doy un poco de sangre fresca, me cuenta sus historias al oído.
¿Sangre fresca? Los xuacalotes son omnívoros hematófagos. En temporadas de escasez, las madres alimentan a sus crías con su sangre. Los zacualotes también utilizan la sangre como ofrenda para mantener la paz dentro de sus territorios o para pedirse favores.
¿Cómo sabes todo esto? Observo. Aunque no todos quieren mirar (En ese momento, Dominga volteó a ver a mi guía lepapelino y se rió con una risa ronca. Anita ronroneó. No pude evitar sentir escalofríos). A la mayoría les aterra. Y aún así hay tontos que quieren aprender a domar xuacalotes como si fuera la cosa más simple.
¿Cómo llegaste a ser la domadora de xuacalotes? Vivía con mi tía, ya que mi madre se fue a Gran Panaria en un bote de oropel con mi padrastro. Mi padre quiso extorsionarlos, pero lo encarcelaron. Mi tía fue la única que siguió la tradición de domar xuacalotes, así que aquí se quedó. Era una mujer fría y dura, con un carácter afilado como sus uñas color durazno. Se parece a esta casa. Los xuacalotes la respetaban. Yo aprendí de ella el oficio, pero lo perfeccioné. Ella era demasiado rígida.
¿Qué pasó con ellos? Hasta donde yo sé, todos murieron, excepto mi padrastro. Hace poco me llegó noticia de que estaba en un asilo en Gran Panaria. Pero nada más.
¿Cómo murieron? No eres como tu amigo, ¿verdad? Ten cuidado con lo que preguntas. Mi madre y mi padre ambos murieron de viejos. Mi tía sufrió un accidente con los xuacalotes.
¿Qué sucedió? Ese es un tema que no te conviene saber. (Noté que Anita tenía el pelo erizado y que mi guía lepapelino se hundía cada vez más en su silla). Me pone triste hablar de esos asuntos.
¿Eran cercanas tú y tu tía? Podría decirse. Cuando murió, los únicos que quedaron fui yo y los xuacalotes. Ella era como mi padre: no era una persona amorosa. Además, era una cabrona cuando bebía. Pero era la familia que tenía.
La entrevista terminó con un suspiro de exasperación. Anita miró a Dominga, o eso parecía, ya que sus ojos bizcos no me dejaban adivinar su expresión. Dominga la acarició detrás de las orejas. Anita bostezó y pude advertir cómo se expandía su boca, tan grande que por un instante oscureció la cuarta parte del cuerpo de Dominga, como un eclipse con dientes. “Ya eso fue hace tantos años. ¿Gustan otra taza de té antes de dormir?”. Le dijimos que no y nos fuimos al dormitorio de huéspedes siguiendo sus indicaciones.
El cuarto estaba vacío, salvo por una cama, un buró de noche y un póster de la Jiraguana Unicornia idéntico al que había en el comedor. Aunque estaba exhausto por el viaje, desperté al amanecer. El nerviosismo que sentía era más que mi cansancio. Fui a la cocina en puntitas y miré por una de las ventanas. Ahí estaba Dominga, de espaldas a la casa y frente a las costas de San Francisca que se alcanzaban a distinguir en la lejanía. Salí y, al acercarme, noté que tenía los ojos llorosos. “Anita se fue” dijo impasible. “Ella es muy celosa. Hablar de mi tía la ha disgustado. No la veré hasta que vuelva la temporada helada. ¡Pero no tiene por qué ser así!” Una lágrima recorrió su rostro. “¡Yo les ofrecí la sangre de mi tía, yo me quedé sin tía y así me pagan!”. Regresé, espantado y desperté a mi guía. Al salir, Dominga no estaba por ningún lado
La Domadora de zuacalotes LEPAPEL 2017
Cuando viajo a Lepapel siento una frescura en mi manos y un ligero viento que mueve mi cabello. He podido conocer a los lepapelinos, a algunas de sus islas —muy misteriosas ellas— y ver su fauna, su flora, sus atuendos e incluso sus dioses. Explorar este mundo me ayuda a entender mi interior. Sin embargo, cada vez que dejo Lepapel regreso con más dudas y más incomprensiones de lo que sucede aquí en la tierra. En Lepapel tengo aletas, alas, zancos y binoculares para descubrir esta nueva realidad. Lo mejor para mí es poder compartir estos viajes con los terrestres y mostrarles evidencia de este mundo.
Hoy inicio un viaje nuevo a una isla cerca de Palmas de Gran Panaria. Un nuchacho de ahí me contó de su existencia. La nombran San Francisca. Se trata de una isla grande, con una población de cinco mil habitantes. El clima es templado y se da mucha papaya. Voy a entrevistar lepapelinos y a conocer sus vidas, inquietudes e historias de amor. Llevo una pequeña mochila donde cargo con mis básicos de supervivencia: una tasa que se llena sola de café con leche gracias a una tecnología desconocida, un retrato de mi familia, el lápiz que me regaló mi mejor amiga, mi sketchbook, una cámara de mediano formato, el libro de Fordlania de Melanie Smith y un Iphone con mucha música. Estaré en contacto con ustedes y les enviaré fotos y algunas bitácoras vía correo postal con Kristofer, un muchacho mensajero que vive en la ciudad de Monterrey N.L. México. Él les hará llegar el contenido en las redes sociales lepapelinas. Un saludo a todos. Nos veremos cuando regrese. Atentamente: Nef Espino.
Verandria - Carta de visita - Lepapel

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Leonor-cerámica de alta temperatura pintada en frío 2015
Lepapel
Lancolic Sencillo musical por Lepapel y YosoyMatt
https://soundcloud.com/user-887517818/lancolic
Piel de jade
Cashamira Estermacolito es una lepapelina naturista con vitiligo de jade. Vive en un islote con su novia y se asolea desnuda. Muy pocas lepapelinas exhiben esta pigmentación, por lo que es muy admirada por las marineras que pasan despacito por su casa para darle los buenos días y alcanzar a ver el espectáculo. Ella les devuelve el saludo con una mano en ademán de princesa, pues con la otra acaricia un pavorreal rosado. Lo que las marineras no saben es que la novia de Cashamira, Jazmín, es una especie de lepapelina que de día se convierte en pavorreal y de noche asume su forma lepapelinoide. Sus tres hijas heredaron esta dualidad ornitológica y pían contentas cuando alguna marinera les avienta semillas cristalizadas de papaya para comer.
La familia es muy unida, pero ambas amantes esconden sus tragedias personales la una de la otra en pequeños cofres dentro de su casa de nácar. Cashamira me confesó que la suya contiene el origen de su vitiligo: un musgo que eventualmente se comerá su hígado. Jazmín, en cambio, posee un reloj de sol cuya sombra se atrasa medio segundo cada día y representa medio segundo más de su transformación en pavorreal. Ninguna sabe cuándo podrán revelar los contenidos de sus respectivos cofres. Por ello, suelen mirar hacia dos horizontes opuestos cuando sus secretos se vuelven demasiado pesados y las niñas duermen la siesta de media tarde.