A pesar de que su casa tenía un gran jardín en el que su mascota podía corretear y jugar cuanto quisiera, Ariel estaba acostumbrando a Stahv a pasear por la calle. Intentaba elegir horas en las que no hubiese mucha gente y espacios muy poco transitados. Creía que así la cosa estaría bien, hasta que sintió un tirón de la correa y se encontró con su mascota prácticamente acosando a una persona que estaba sentada no muy lejos.
—¡Stahv! No, eso no se hace… Lo siento mucho, de verdad, debes oler a algo que le gusta —se disculpó el médico cargando al animal que forcejaba un poco para intentar llegar a la otra persona.

















