“Al avanzar alrededor del Fuego de altas llamas, manteniéndolo a la derecha, esa pareja brillaba como el día y la noche cuando giran estrechamente unidos el uno al otro alrededor de las laderas del monte Meru.
Tras guiar por tres veces alrededor del Fuego a la pareja de esposos, que mantenía con los ojos cerrados el contacto mutuo, el sacerdote hizo a la novia arrojar granos tostados en ese fuego de ardientes llamas.
Por indicación del sacerdote se acercó ella al rostro un bocanada de humo de agradable fragancia que exhalaban los granos tostados, y una lengua de humo que trepaba por su mejilla se convirtió por un instante en un loto azul que adornaba su oreja.
Al recibir según la costumbre aquel humo, el rostro de la novia quedó con el trazo de sus mejillas enrojecido y algo húmedo, se difuminó el tinte del colirio negro de sus ojos, y se marchitó el brote de cebada que usaba como pendiente.
El Dos Veces Nacido le dijo a la novia: ‘Niña querida, este fuego es el primer testigo de tu casamiento; con Siva como esposo debes tú vivir observando el deber moral (dharma) y abandonando toda vacilación’.
Extendiendo las orejas hasta los ángulos de los ojos, esa palabra del sacerdote fue bebida por Parvati como la primera lluvia de Mahendra es bebida por la tierra cuando siente que ya es excesivo el ardor de la estación calurosa.
Por su marido, el eterno, el de encantador aspecto, fue conducida a la contemplación de la estrella Polar, y ella, dirigiendo el rostro hacia lo alto y con la voz ahogada por la vergüenza, apenas fue capaz de decir: ‘la he visto’.
Cuando el sacerdote conocedor de los preceptos hubo llevado a cabo de la manera descrita el ceremonial de matrimonio, ambos padres de las criaturas se inclinaron ante el Abuelo cuya sede es el loto (Brahma).
La novia fue saludada de esta forma por el Creador: ‘¡Afortunada! ¡Hazte madre de un héroe!’, y aunque él era el Señor de la Palabra, inmóvil quedó su pensamiento buscando una bendición para el de Ocho Formas.
Esposa y esposo se acercaron al altar cuadrangular provisto de ornamentos, se sentaron detrás en trono de oro y se sometieron al rociado de granos húmeros, que es costumbre conocida y apreciada entre los hombres.
La diosa Suerte sostenía entre ambos la sombrilla de su loto, cuyo largo tallo era el bastón, y a la que las miríadas de gotas de agua suspendidas en los bordes de sus hojas conferían la belleza de una malla de perlas recubriéndola.
Sarasvati ensalzó a la pareja con un lenguaje modulado de dos maneras: al excelente novio, con una purificada por el refinamiento, y a la novia con otra entrelazada fácil de comprender.
Ambos contemplaron durante un tiempo la primera representación de un drama que las bailarinas celestes (apsaras) presentaron con encantadores gestos de danza, en la que cada parte se mostraba con el estilo preciso y cuyas melodías concordaban con los diversos sentimientos.
Al terminar, los dioses, con las manos juntas sobre sus coronas, se prosternaron ante el ya casado Hara (Siva), y le suplicaron que tomara a su servicio al de Cinco Flechas (Kama), que al finalizar su maldición se hallaba de nuevo en posesión de su cuerpo.
El Glorioso, libre ya de cólera, permitió a las flechas de él actuar incluso sobre su propia personas; verdaderamente, una petición formulada a sus señores en el momento preciso por quienes conocen la oportunidad, está destinada al éxito.
El que lleva la luna en su corona despidió entonces a las huestes de dioses y, tomando de la mano a la hija del Señor de las ‘Portadoras de la Tierra’, entró en el aposento nupcial, que estaba provisto de vasijas de oro y del esplendor de auspiciosas decoraciones, y en cuyo suelo estaba preparado el lecho”.