“Recuerde, estas son personas que solían sobrevivir en condiciones cercanas a la edad de piedra, así que bombardearlas y regresarlas a la edad de piedra no será gran diferencia” (129). Palabras de un líder iraquí, 2011. Patrick Cockburn. El regreso del Jijad. New York, Paídos, 2015.
Los levantamientos de la Primavera Árabe fueron una extraña mezcla de revolución, contrarrevolución e intervención extranjera. Los medios internacionales a menudo estaban confundidos con respecto a lo que ocurría. Los revolucionarios de 2011 tuvieron muchas fallas pero contaban con grandes habilidades para influir y manipular la cobertura de la prensa. La plaza Tahrir, en el Cairo y, posteriormente, el Maidan, en Kiev, se convirtieron en la arena donde se representó un melodrama que enfrentaba a las fuerzas del bien y el mal frente a las cámaras de televisión. Los buenos reporteros siguieron corriendo grandes riesgos, y algunas veces lo pagaron con su vida, tratando de explicar que ocurría más de lo que mostraba esta imagen exageradamente simplificada. Sin embargo, la peor cobertura mediática, en particular en los primeros dos años de las revueltas, en verdad fue muy mala. Un corresponsal enfatizó sarcásticamente que tratar de describir desde Beirut los acontecimientos posteriores a 2011 en Siria basándose en fuentes rebeldes era ‘como reportar la ultima elección presidencial estadounidense desde Canadá dependiendo de los miembros de la fracción del Tea Party del Partido Republicano para obtener información’ (116).
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Yo solía pensar que los reporteros que eran más susceptibles de ser asesinados o secuestrados eran aquellos que no tenían experiencia y que tratan de hacerse de un nombre corriendo riesgos escandalosos. Sin embargo, los reporteros de guerra que murieron y que yo conocía mejor, como David Blundy en El Salvador en 1989 y Marie Colvin en Siria en 2012, eran muy experimentados. Su único error consistió en ir a lugares peligrosos con tanta frecuencia que existía grandes posibilidades de que un día fueran alcanzados por una bala o una bomba (110).
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Contra toda lógica, para los periodistas [que van con un ejercito como sistema de integración], significa perderse partes cruciales de la guerra, ya que un comandante de guerrilla experimentado atacará de manera natural dondequiera que las fuerzas enemigas estén ausentes o sean débiles. Cualquier persona que esté integrada con el ejercito tenderá a estar en el lugar equivocado en el momento equivocado (111).
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Un corresponsal en el sureste de Turquía recientemente visitó un campo de refugiados sirios donde encontró a dos niños de 10 años viendo un viedeo de YouTube de dos hombres que eran ejecutados con una motosierra. La crónica afirmaba que las víctimas eran suniitas sirios y los asesinos eran alawitas: de hecho, el filme era de México y los asesinatos los había llevado a cabo un capo de las drogas para intimidar a sus rivales (115).











