Andreiv le había extrañado.
Por eso abría agujeros entre los diversos mundos buscándole, logrando al fin hallarle. Sintió primeramente nervioso, como nunca se había sentido, pero no pudo controlarse más pues terminó lanzándose encima del mayor, quedando pegado cual lapa sobre su espalda, con sus delgados brazos rodeándole el cuello y su boca mordiendo su oreja.
—. . . —Dejó un momento su oído para hundir su rostro en el cuello ajeno, en aquel espacio de este, ocultando su rojiza vista en él.—Ya pensaba que no iba a encontrarte. . .
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Erase una vez, en una tierra lejana, un joven príncipe que vivía en un hermoso castillo. Aunque tenía todo lo que podía desear, el príncipe era malcriado y egoísta.
Una noche de frío invierno, una vieja mendiga llegó al castillo y le ofreció una sola rosa a cambio de refugio contra el cruel frío.
Repugnado por su aspecto andrajoso, el príncipe se burló del obsequio y echó a la anciana a la calle. Ella le advirtió que no se dejara engañar por las apariencias, porque la belleza estaba en el interior. Cuando la volvió a rechazar, la fealdad de la anciana desapareció y reveló a una hermosa hechicera.
El príncipe intentó disculparse, pero ya era demasiado tarde, porque ella había visto que en su corazón no había amor.
Como castigo, lo convirtió en una espantosa bestia y encantó el castillo con un poderoso hechizo.
Avergonzado por su monstruoso aspecto, la bestia se encerró en su castillo, siendo un espejo mágico su único contacto con el mundo. La rosa que ella le había ofrecido era, en realidad, una rosa encantada que duraría hasta los veintiún años del príncipe. Si llegaba a amar a alguien y alguien lo amaba también, antes de que cayera el último pétalo, se rompería la maldición.
Si no, quedaría encantado. Y sería una bestia para siempre.
Al pasar los años, él cayó en la desesperación y perdió toda esperanza…
Porque…
¿Quién podría algún día amar a una bestia?
El príncipe terminó por acostumbrarse a estar en completa soledad, aislado y en silencio, hundido en su propia miseria. Era consciente de que viviría condenado a ese horrible aspecto para siempre y el arrepentimiento le consumía cada día. Se hizo a la idea de que nadie podría amarlo y que él nunca sería capaz de sentir amor por nadie y su única ocupación en ahuyentar a quienes, a causa de la mala suerte, llegaban a dar con su castillo, buscando refugio o invadidos por la curiosidad.
Cada día que pasaba, no podía evitar dedicar tiempo a observar el deterioro de la rosa, que le recordaba su destino y su condena, lo cual no hacía más que incrementar el profundo odio en su interior. Sus esperanzas morían cada vez más y el príncipe vivía encerrado en su habitación todo el día y toda la noche, con la paranoia y el temor a que alguien viera en el monstruo que se había convertido.
Aquél día en especial era particularmente desagradable. Premonitorio. La clase de días en las que él no salía de su habitación ni si quiera para comer. Se perdía observando cómo la rosa se iba marchitando de a poco, en una tortura lenta y cruel. Suzume se dejaba consumir por la oscuridad que provenía de afuera, gracias a las gruesas y oscuras nubes que ocultaban el sol y hacían que el día muriera de forma precipitada.
Observaba la rosa con ira, con desprecio y, también, con una pena infinita. Era como si sus ojos no pudiesen reflejar más que dolor, pues era lo único que había sentido los últimos años.
Mientras el aire frío de la tormenta arreciaba contra la ventana rechinante de su habitación, alcanzó a escuchar, débilmente, el crujido de la gran puerta principal que se abría.
Casi como en un frenesí, salió de la habitación para escuchar mejor. Había alguien en su castillo. En su propiedad. Un gruñido le nació del pecho. Nadie podía entrar a su propiedad y salir de ahí sin pagar un precio. O salir, en pocas palabras. Mejor ahuyentar a quien fuera este intruso para poder regresar a su monótona, fría y agonizante soledad.