Querida dependienta de Sephora:
“Look in to my eyes, you will see...”
¿Por qué jugó con mis sueños y esperanzas y emociones y sentimientos y maquillaje?
Era la primera vez que compraba algo en su establecimiento, ya que normalmente sólo entro a mirar y a suspirar muy alto porque quiero incomodar a la gente que sí tiene dinero para comprarse maquillaje caro. Pero ese día iba decidida; llevaba un maletín con 12 euros y 50 céntimos en efectivo, en billetes pequeños, no consecutivos y sin marcar; e iba a utilizarlo.
Estaba ebria de poder, y en mi cabeza sonaba la intro de Los Soprano; pero todo fue pasajero. Se me pasó de golpe cuando vi que la mayoría de las cosas valen más de 12 euros y cambié la música mental a un montón de violines tristes.
Cuando por fin encontré algo que se adaptaba a mi ridículo presupuesto, me puse en la cola dispuesta a petarlo. Estaba nerviosa, tenía entendido que dabais regalillos por las compras, además estaba viendo como le regalabas una crema a la chica de delante y me estaba poniendo histérica como el gif ese del pato que mueve muy rápido las patitas. Era capaz de visualizarme en casa, tumbada en la cama, lanzando al aire un montón de cremas por las que no he pagado y riéndome muy alto (sin que ninguna me diera en la cara) como si estuviera en un anuncio de compresas.
Llegó mi turno. Cogiste mis productos, mis dos minimierdas, las metiste en una bolsa y entonces pronunciaste las palabras mágicas: “Espera que te voy a dar un regalo”. El mundo se paro. ¿Regalos? ¿Para mí? mi corazón bailaba breakdance, y en mi mente sólo retumbaba una palabra: “SIIIIIIIIIIIIIIIISISISISISISIIIIIIISISISISISIIIIIIIIII”. Miré tu cara con mis ojos perlados, como si me hubieras dicho que me vas a llevar a Disneylandia, y entonces tú, a cámara lenta y sonriendo, sacaste de debajo del mostrador una especie de papel doblado. “Es un abanico, para el calor” escupiste. Y ahí, justo ahí, es donde mi corazón lleno de esperanza se rompió en mil pedazos y comprendí que así nacen los supervillanos.
Un puto abanico de papel. Plegable, eso sí, pero de papel. O sea, en otros contextos las personas humanas confunden eso con basura.
Ha pasado casi un mes y todavía lo tengo. Sigue sin gustarme, por cierto. Quiero saber si fue algo personal. Mi compra era una mierda, sí, ¿pero qué quieres? Si me pudiera gastar más dinero en maquillaje no me haría tanta ilusión un regalo, por lo tanto me merezco el regalito de cremitas y esas cosas más que si me hubiera dejado cientos de euros porque lo voy a valorar. Yo lo veo así. Y creo que tengo razón. Más que eso, creo que poseo La Verdad Absoluta.
Quiero que sepas que no todo ha sido para mal, porque gracias a mi nuevo regalo me he esforzado en aprender el lenguaje del abanico. Te mando una foto cuya traducción abanico-castellano sería “siento tremendo disgusto porque este regalo no es digno de mi valía y gracias por nada”
Atentamente,
Sandra C.









