Hola.
¿Qué tal? ¿Cómo estuviste? Sé que no he pasado por aquí en mucho tiempo. ¿Recuerdas la última vez que llegué a ti? Sé que no fue de la mejor manera. Te dejé con heridas que aún sangran, con traumas que no supe evitar, con vacíos que nadie llenó. Me marché sin poder hacer nada, porque la historia de cada alma está escrita con tinta de sangre, y borrar lo vivido no está en mis manos.
Es difícil explicarte por qué he vuelto. Solo puedo pedirte perdón, una vez más, por otro dolor que está a punto de abrirse paso. La vida humana es contradictoria, tan frágil y tan intensa. Muchos me llaman sin entender el privilegio de estar vivos. Algunos cortan su historia sin mirar atrás, sin ver que detrás de ellos hay quienes me ruegan un segundo más. Un instante. Una despedida. Un abrazo que no alcanzaron a dar.
Otros corren por la vida como si el tiempo no se acabara nunca, sin pausas, sin contemplarse, sin notar que son como hojas secas: bellas, pero fáciles de caer. Luego están los como tú, que sanan a otros mientras cargan su propio dolor, que hablan de paz mientras su alma grita, que sonríen mientras sus ojos esconden guerras. Buscas la alegría en lo pequeño, en lo sencillo... pero lo que has soportado no tiene nombre. Aun así, me desafías. Me retas a venir, porque sabes que me debes algo, y yo no olvido.
La pregunta es, ¿cómo enfrentarás tu destino cuando me veas llegar? ¿Gritarás, llorarás o simplemente cerrarás los ojos y pedirás que todo acabe? Sabes, que hemos brindado muchas veces por la vida, por el dolor, por mí y aún después de haberte arrancado lo que más amabas, después de haberte puesto de rodillas, tú... tú me respetas. Me enfrentas con lágrimas, sí, pero también con una fuerza que asombra.
Hoy regreso, no para escuchar tus reclamos ni tus oraciones de madrugada. Hoy vengo a darte un mensaje. Me ha llegado un nombre. El de tu abuelo: Aurelio.
Sí, otra pieza de tu corazón se aleja, otra grieta se abre. Pero escucha, no supliques más, no preguntes por qué. Solo recuerda que yo también soy parte de la vida, aunque a veces intentes olvidarlo.
Esta noche, tomaré una copa y brindaré por ti, con tu abuelito a mi lado. En el camino al más allá, le diré que no se preocupe, que eres fuerte, que sabes sobrevivir incluso con el alma en ruinas. Le presentaré a tu hermano y al hermano de él, quienes lo esperan en esa puerta silenciosa que separa lo terrenal de lo eterno.
¿Tienes algo que quieras decirles? ¿Algún recado para tu hermano, para tu abuelito, ahora que ya están juntos otra vez?
Quiero contarte algo, cada pérdida, cada lágrima tuya, es un brindis en su cielo. Ellos te observan, y quizá, en medio de tu dolor, tus palabras consuelen a alguien más. A alguien que también esté pensando en rendirse. Diles que no lo hagan, que vivir, a pesar de todo, sigue siendo el regalo más sagrado.
“En ese instante desperté con el alma hecha trizas y el rostro empapado en lágrimas. Lloré como una niña que ha perdido su refugio, porque entendí, con una certeza que dolía hasta los huesos, que tu nombre, abuelito, ya estaba escrito en la lista de mi corazón, esa donde guardo a quienes nunca podré abrazar de nuevo.
Entonces comprendí que no fue un sueño cualquiera, sino una despedida disfrazada de conversación. La Muerte, esa vieja conocida que siempre merodea en silencio, se sentó a mi lado, y por un momento, con una ternura extraña, me susurró lo inevitable.
Y aunque su presencia me duele, aunque me arrebata lo más amado, la miro con los ojos llenos de tristeza y le digo, entre sollozos: te respeto, porque sé que también eres parte de la vida...