El gobierno ha tratado de convencernos que el 4 de febrero de 1992 no fue un golpe de estado sino una gesta heroica. La historia quiso que durante las "celebraciones" del delito ocurrido hace 20 años, se iniciara una tormenta ambiental, social y política que no han podido aplacar quienes detentan el poder actualmente. Se trata sin duda del desastre del río Guarapiche.
El mismo día que el Presidente exageraba en Caracas los logros de la revolución, en el Estado Monagas ocurría un derrame petrolero. No me gusta especular sobre cosas que desconozco, así que no entraré en detalles sobre si lo ocurrido se debe a negligencia de PDVSA. Me limitaré a decir que como consecuencia del derrame hubo graves daños al ambiente y que gran parte de la ciudad de Maturín quedó sin agua. En el plano político, lo más relevante derivado del accidente es la expulsión del Gobernador José Gregorio “El Gato” Briceño del PSUV.
No es del todo fácil entender las razones por las que expulsaron al Gato. De toda la palabrería presente en la rueda de prensa donde se anunció la suspensión se puede extraer tan solo que: “realizó declaraciones en contra de integrantes del PSUV”. Estas declaraciones las dio a Globovisión y son posteriores a un hecho aún más importante, la decisión del Gobernador, contraria al Gobierno Nacional, de no activar el funcionamiento de una planta potabilizadora de agua por considerar que en el río todavía había trazas de petróleo.
Desconozco las luchas internas de poder del PSUV y ante ninguna otra razón equilibrada para la expulsión, asumiré que la decisión de Briceño es el verdadero punto de quiebre con el partido de gobierno. Como consecuencia me pregunto: ¿Tenía o no el agua trazas de petróleo? La respuesta debería ser sencilla pues es algo que se puede determinar objetivamente y estoy seguro que en un país con mayor libertad de información lo podríamos saber, sin embargo nos obligan a escoger a quien creerle. No queda otra que jugar al detective y seguir haciendo preguntas. Si se decidía poner en marcha la planta potabilizadora, y las condiciones no estaban dadas y ocurría una nueva catástrofe: ¿Quién perdería más el alto Gobierno o el Gobierno Regional? Creo sin duda que el que llevaba las de perder es el Gobernador del Estado pues es él quien siente de cerca la presión de los ciudadanos.
Para aquellos que tiendan a creerle más al Gobierno Nacional yo les pregunto: ¿Qué gana el Gato Briceño separándose del PSUV? En verdad creo que tiene muy poco que ganar. Me parece que está en una posición política incómoda. La oposición ya escogió un candidato por lo que no lo va apoyar y el dedo mayor de Miraflores escogerá a cualquier dirigente para lanzarlo a la Gobernación de Monagas. A menos que el gobernador cuente con un liderazgo real y de base como el de Henri Falcón en Lara probablemente dejará su cargo en 2013. (Encuestas del 2008 daban a Falcón ganador sin apoyo del PSUV y sin apoyo de la oposición)
En cuanto a la expulsión creo que hay tres razones fundamentales: 1) En primer lugar la intolerancia congénita, no podían tolerar que diera declaraciones a Globovisión; 2) La incapacidad de seguir órdenes directas, el Gobierno Central no quiere colaboradores sino súbditos; 3) El miedo a la osadía del Gobernador de ventilar el asunto públicamente.
El Presidente dijo el 17 de marzo refiriéndose a la situación en Monagas que "no perdamos tiempo en esas batallas subalternas". Creo que el Presidente, con su buen olfato político, se da cuenta de lo grave del asunto e intenta echarle tierra. Lo que ha ocurrido es un ejemplo más de la lejanía del Gobierno con la gente.
Durante 14 años los jerarcas del Gobierno han engordado sus cuerpos y bolsillos, se han acostumbrado a la buena vida y a mandar, al punto de que prefieren arriesgarse a generar una nueva tragedia al poner en marcha la planta potabilizadora con tal de no tener mala publicidad. Repiten los errores de las “cúpulas podridas” que tanto criticaban, anteponen primero sus intereses a los de la gente.