ReiSaru angst pal body
Resubo un fic del año de la patata de mi antigua cuenta de Fushi (?)
La vida de un rey es una obra trágica.
No esos reyes de título y bienes, sino del rey cuya misión y cuyo deseo son el bien. De los que realmente son capaces de crear y transformar con el poder que le es legado. Que lo llevan sobre sus hombros, y no sobre la cabeza cual corona. De esos que solamente existen en los cuentos, se permitiría añadir a la descripción.
Nadie aguanta tanto poder durante tanto tiempo. O se corrompe, o es aplastado. Y, sin embargo, su armadura brillante los hace admirados, respetados, incluso temidos y, por ende, condenados a la soledad. Mientras que, por dentro, mendigan calor humano.
La tragedia del viejo héroe olvidado, del reino que termina sepultado bajo la arena.
Una historia de bondad edulcorada que cubre un acusado y muy estúpido masoquismo.
Fushimi-kun, hay algo que tengo que pedirte.
Podía parecer que nada había cambiado, y que cada jornada comenzaba con normalidad en las oficinas de Scepter 4, que la cómoda rutina mecía día a día al Rey y los súbditos azules, y que el tiempo pasaba con la serenidad de las aguas cantoras de un pacífico río que todavía no ve la hora de llegar al mar. Podía parecer que la muerte de Suoh Mikoto no había marcado un antes y un después. Que tan solo fue un temblor que sobresaltó a todos, pero que, después de que todo saliera bien, el mundo volvió a su orden natural.
El Rey rojo fue egoísta con sus decisiones.
Un gran maremoto puede producirse tan solo por un nimio desplazamiento de tierras en lo más profundo del lecho marino. Se mueve bajo el agua sin ser percibido, camuflado entre las olas superficiales mientras va cobrando fuerza, poco a poco, en silencio.
Y, cuando se topa con la costa, se produce la catástrofe.
La aparente calma había despejado cualquier temor de que la historia volviera a repetirse, al mismo tiempo que había glorificado por su templanza a Munakata Reisi.
Pero, después de todo, usted también lo ha sido.
Para cuando el agua retrocede, ya es demasiado tarde.
Desde el primer intento de acercamiento, Saruhiko levantó una gruesa pared entre ambos. Quién sabe si de las consecuencias de ello fue peor el negarse a recibir ayuda o el pecar de omisión, cuando podía ver ante si al Rey azul desmoronándose. Lo veía en sus ojos.
Mala suerte encontrar a sus salvadores en dos personas que ya tenían sus propias batallas que librar.
¿No cree que haya esperado demasiado tiempo?
Aquella mirada violácea lo miraba con la misma intensidad que siempre, el mismo sentimiento paternal en ella y, en esa ocasión, con cierta tristeza. Sin embargo, Saruhiko sabía que no había temor detrás, sino la pena de que nunca vería al hijo pródigo volver a casa. No era, no obstante, el momento de insistir en que no había hijo alguno y que, si lo había, desde luego no era él. Que sus caminos nunca habían estado ligados. Cada cual se crea sus fantasmas, cada cual los soporta, cada cual acaba con ellos, y nadie más debe tomar cartas en el asunto.
Aunque, en ese momento, aventurarse a afirmar con firmeza aquello resultaba ciertamente presuntuoso.
Siento que tengas que hacer esto.
Pero solamente él estaba capacitado para ello. El Rey lo sabía, Saruhiko lo sabía. Que eso afirmase la idea de que desde un primer momento todo estaba predestinado era algo que prefería ignorar. Si acaso su devenir estaba escrito en alguna parte, quienquiera que fuera el autor tenía un sentido del humor muy enfermo.
Tch, siempre tengo que hacer el trabajo duro.
Había muchas otras maneras de hacer aquello, y sin embargo tenía que ser la más teatral posible. Muy propio de él. Por lo menos, tuvo la consideración de no decir adiós.
A Saruhiko no le gustaban las despedidas.
De todas formas, ¿cómo se despedía uno en esa situación?
El peso y el calor del cuerpo del Rey cayeron sobre él cuando la fría hoja traspasó su pecho. La diestra se apoyó sobre su hombro, en un amago de abrazo. Así era como debía de haberse sentido aquella vez. Y, ahora, pasaba de verdugo a víctima.
Duró apenas unos segundos y, después… se desvaneció. Y del Rey azul solamente quedó la sangre que manchaba el uniforme de su tercero al mando.
Permaneció unos momentos en silencio, con los ojos cerrados, antes de de levantar la mirada al cielo. Quizás hubiera sido solo su imaginación, pero hubiera jurado apreciar, alzándose en el crepúsculo, tan rojo que parecía que llameaba, la estrella más brillante que jamás recordaba haber visto.
Saruhiko envainó de nuevo su espada.
Quizás, solo quizás… en ese momento se arrepintió de no haber llegado a conocer mejor a ese hombre.
En su memoria quedarían grabadas las palabras que pronunció con su último aliento.
Yo también lo espero.













