Frigost (lore): El día después de la avalancha
Página 1 [VACÍA]
Página 2 Cuando llegué al Pueblo Salpicado —como se le llamaba en esa época, antes del alud—, las casas aún olían a pintura fresca. Artesanos y mano de obra calificada llegaban apresurados desde toda la isla para unirse al gran proyecto del Conde Contatrás. A cada uno se le había provisto de su propia casa, así como de las herramientas necesarias para trabajar en las mejores condiciones. En cuanto a mí, me habían dado una cómoda cabaña y un conjunto de engranajes de muy alta calidad.
El Conde Contatrás financió la construcción del pueblo y todas sus instalaciones. Se aseguró de que todo fuera perfecto. Creía que garantizar la comodidad de sus trabajadores aumentaría su productividad. Pero yo creo que la verdadera razón era que este gran hombre era un filántropo, y el bienestar de quienes lo rodeaban era fundamental. Fuera como fuese, los artesanos le pagaron su hospitalidad devuelta cien veces. ¡Deberías haberlos visto trabajar en esa obra! Era como un enjambre de mosquitos en una noche de verano. Zumbaban en todas direcciones. Por mi parte, me sentía más motivado que nunca. Tenía experiencia en relojería, pero nunca había trabajado en algo tan grande. ¡Era muy emocionante!
Página 3 El pueblo fue construido al pie del Monte Tórrido. En este sentido, estaba idealmente ubicado entre la obra y los puntos de suministro de materia prima. Nada se dejó al azar y pudimos concentrar nuestros esfuerzos enteramente en el éxito del proyecto. El Conde solía bajar a supervisar la construcción personalmente. Era la misma rutina todos los días: visitaba los talleres, daba sus instrucciones y aprovechaba para felicitarnos calurosamente. Desde el herrero hasta el carpintero, pasando por el instalador de mecanismos de relojería, todos recibían su cumplido y palmada en el hombro. ¡Siempre era gratificante! Nos sentíamos útiles y apreciados. Teníamos la sensación de ser parte de algo extraordinario, ¡algo que iba a cambiar el mundo!
¡Ay! Frigost fue lo único que cambió... y no como esperábamos. Cuando el frío de Desiembro golpeó la isla, enormes cantidades de nieve se acumularon en las laderas del Monte Tórrido, justo encima del pueblo. Se acumularon tan rápido que no tardaron en amenazar con desplomarse sobre nosotros.
Página 4 Solo unos minutos después del inicio de la Gran Helada, escuchamos un sonido monstruoso y ensordecedor a lo lejos, un rugido que parecía haber escapado de las profundidades del Tártaro. Era como un terremoto, un tifón en el mar, un gran trueno que lo destruiría todo. La sacudida fue tan violenta que alteró el frágil equilibrio que era lo único que nos protegía de lo inevitable: una avalancha.
En un instante, una inundación de polvo helado cayó sobre nosotros, cubriendo todo a su paso. En lugar de lava, el volcán parecía escupir fuentes de nieve, que se transformaban en una ventisca implacable al precipitarse por la ladera de la montaña. En un abrir y cerrar de ojos, los hombres fueron arrastrados, todo lo que poseíamos fue pulverizado y nuestras casas quedaron bloqueadas por gruesas capas de hielo.
La avalancha fue breve. Violenta. Despiadada. Y había enterrado para siempre al Pueblo Salpicado.
Se necesita tiempo para recuperarse de una tragedia así. La gente lo había perdido todo. Solo bastaron un par de minutos para destruir nuestras esperanzas, arrastradas por toneladas de nieve. Pero el frío penetrante de Desiembro nos obligó a entrar en modo supervivencia. Necesitábamos reaccionar de inmediato si no queríamos morir congelados.
Los más cobardes entre nosotros huyeron. Abandonaron el lugar que los había acogido con los brazos abiertos y no miraron atrás. Prefirieron el calor y la comodidad del Burgo a enfrentar las consecuencias de su trabajo. ¡Fueron ellos quienes acusaron al Conde de ser responsable de su infelicidad! ¡Hipócritas cobardes!
El resto, por otro lado, se puso a trabajar despejando los techos de las casas y reparando lo que podían. Habían quedado seriamente afectados, pero se mantuvieron leales al Conde. Después de todo, Contatrás no era el único responsable de lo ocurrido. Todos habíamos participado en el proyecto. ¿Y quién podría haber previsto el giro desafortunado que tomarían los eventos?













