Lo hice y fingí bienestar emocional, a cambio de normalidades.
Y sufrí.
Una y cientos de veces, tratando de avanzar mientras me convencía de que el siguiente día sería mejor. Y luego el otro, y todos los venideros que nunca encontraron un alba donde resplandecer.
Entonces engañé.
Pero no lo hice por amor propio, ni por el bien general que trata de convencer a mentes necias. Sólo lo permití dejándome llevar porque en aquel momento se sintió lo más viable para un ser que poco y nada conoce de paz.
Luego se acercó el arrepentimiento.
Y heme aquí, tratando de darle razón a mis actos y voz a mis pensamientos cuando aún no termino de entender quién soy, qué busco y qué anhelo.
De igual modo, aquí voy; navegando en aquellas aguas turbulentas donde trato de no caer. Me aferro a los bordes del barco con todas mis fuerzas, consciente que la tormenta no tiene fecha de caducidad, ni yo de fortaleza. Pero me siento más fuerte que mañana, y menos débil que el ayer.
Sin embargo, sé que todo llegará a su fin, y el desenlace traerá consigo a los mismos fantasmas de antes dibujando rostros que noche a noche, musito de sus nombres y puedo sentir aún su sangre entre los dedos arder como en aquel momento. Porque el pasado no conoce del olvido, ni las vidas arrebatadas de perdón. O yo, sencillamente, soy quién no quieres olvidarlos ni avanzar.
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—Necesitas un café, una vida más armoniosa. Y un lugar decente donde vivir.
—Así está bien.
—¿Llamas a ésto estar bien, Alec? —Dijo al tiempo que daba una mirada alrededor, para nada convencido. —Apenas tienes un sofá y una nevera en tu apartamento.
—Es todo lo que necesito.
Akira se giró sobre su eje consciente del tono rutinario y desganado de su compañero, encarando al perfil del detective con una ceja alzada y las manos en asa mientras sus dedos tamborileaban en la cintura tratando de lidiar con las palabras que insistían en escapar de sus labios. Era evidente que ambos tenían puntos diferentes, y podía vivir con ello la mayor parte de las veces. Pero llamar hogar a un sitio desolado, no tenía lógica. No terminaba de agradarle la frialdad instalada allí, ni lo espacioso. Era tan… 𝘋𝘦𝘱𝘳𝘪𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦. «𝑰𝒏𝒄𝒍𝒖𝒔𝒐 𝒑𝒂𝒓𝒂 𝒕𝒊», pensó exhalando un marcado suspiro por la nariz.
—Como sea. —Decidió que insistir sólo le provocaría jaqueca, y por más que no terminara de gustarle, aquel era un tema ajeno a sus manos. Había perdido la cuenta de las veces que le insistió para que fuera a vivir a su apartamento hasta conseguir algo estable y mejor, siendo en vano en cada una de ellas. —Vine para invitarte. —Casi a la par alzó con rapidez su índice derecho buscando el silencio en el otro, sabiendo de antemano la respuesta que no quería oír. —Y lo sé, ya puedo imaginar que vas a decir. Pero como tu amigo, si es que puedo llamarte así… —Con su índice se rasco nerviosamente la comisura derecha y sus ojos dudaron un segundo. —Quiero que me acompañes porque necesito que compruebes y me ayudes con un caso.
Alec, que permanecía apoyado en el borde de la ventana con la imagen de la ciudad y su atardecer de fondo, desvió sus ojos a él. Ambos mantuvieron la atención en el otro entendiendo mutuamente el trasfondo de ese «𝘤𝘢𝘴𝘰». Cada vez que Akira solicitaba de su ayuda, las presencias infernales y criaturas sobrenaturales tenían su lugar en primera fila. La última vez de aquello, el detective había sido expulsado de un tercer piso por un Fuilcré con enormes cuernos que trató de defenderse y aniquilarlo en el proceso.
—Creí que ese tipo de cosas no eran de tu agrado.
—Nunca lo serán, pero no tengo más opciones. Sólo confió en ti y ellas en mí, es por eso por lo que vine a buscarte. Me gustaría que no te negaras, pero sí esa es tu decisión, entonces yo…
—Ya deja eso, Akira. No tienes que rogarle a nadie, jamás. Mucho menos a mí. —Manifestó sinceramente. Nunca se creyó alguien mejor a otro, ni aceptó que terceros lo hicieran en su presencia.
—¿Entonces sí vendrás conmigo? —El ilusionado rostro del muchacho no escatimó en felicidad. Y en tanto Hellsing retornó su atención a la ventana con la misma seriedad de siempre, una punzada en su pecho se volvió incesante y molesta.
—Me debes una pizza.
—¡Todas las que quieras!
Un gruñido bajo manó de sus labios al sentir los brazos de Akira rodearlo por la espalda efusivamente, pero no hizo amagos por alejarle ni reprenderle. Aunque tampoco en ser respondido. Pese a nunca acostumbrarse a actos como esos, ni ser de su agrado la cercanía de otros, aquel muchacho tenía un corazón puro y bondadoso que lograba transmitirle paz. La misma que encontró en su hermano John el día que llegó a vivir con él y su madre.
—Oye, Alec.
—¿Qué quieres ahora?
—¿Por qué insistes en alejarte de las personas?
Akira recostó su cabeza en la zona alta de la espalda de Hellsing, sin dejar de abrazarlo. Parecía un pequeño muchachito prendido a las piernas de su padre con una curiosidad genuina, una que seguramente él mismo ignoró yaciendo cómodo. Siempre se había cuestionado sobre la actitud tan distante del otro, sin hablar de su pasado ni demasiadas personas presentes en su día a día. Alec fijó sus azules en el horizonte con esa formalidad entintada en sus facciones, pero en sus ojos brilló un instante la nostalgia que los recuerdos atesorados quemaban en su corazón tan frescos como perpetuos.
«𝘗𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘴 𝘮𝘪 𝘱𝘦𝘯𝘪𝘵𝘦𝘯𝘤𝘪𝘢 𝘦𝘵𝘦𝘳𝘯𝘢. 𝘗𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘵𝘰𝘥𝘰 𝘭𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘵𝘰𝘤𝘰 𝘺 𝘱𝘦𝘳𝘮𝘪𝘵𝘰 𝘴𝘦 𝘲𝘶𝘦𝘥𝘦, 𝘱𝘦𝘳𝘦𝘤𝘦». Fue lo que pensó, y su atención descendió hasta su palma derecha cubierta de un guante negro que brilló con runas de protección por escasos segundos antes de volverla un puño tenso.
—Estás abrazado a mí. ¿Importa?
La melodiosa risa de Akira retumbó en la estancia, estrechando el cuerpo de Alec sin molestarse en separarse.
(...) No importa el día, la hora, ni mucho menos la época de la existencia en la que se encuentre: La soledad jamás será una mala ni egoísta compañía. Hay quienes le temen, y otros tantos les evaden porque sienten que, al tenerla, no podrán lidiar con su presencia. Sin embargo, yo la anhelo y la disfruto como quién se regocija una tarde de primavera observando una puesta de sol entorno a quienes le son importantes. Se me podrá considerar como un pobre solitario, carente de amor o lejano de comprender sensaciones humanas que luego se vuelven puñales en manos equivocadas. Pero qué más dá. Nadie vino a complacer, ni a seguir rebaños para mantenerse en el camino "correcto" que algunos pocos quieren dominar. Y, aunque existan personas que, si lo hacen, me alegra saber qué, al final del día; sigo siendo dueño de mis actos. Y entonces sí, creo ser feliz.
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