Notas para unas memorias sobre el acto de trotar
Por Pol Rivéry
Mientras corro, simplemente corro. Como norma, corro en medio del vacío. Dicho a la inversa, tal vez cabría afirmar que corro para lograr el vacío. Y también es en el vacío donde se sumergen esos pensamientos esporádicos. Es lógico. Porque en el interior de la mente humana es imposible lograr el vacío absoluto. El espíritu humano no es ni tan fuerte ni tan consistente como para poder albergar el vacío absoluto. Sin embargo, esos pensamientos (o esas ideas) que penetran en mi espíritu mientras corro no son, en definitiva, más que meros accesorios del vacío. No son contenido, son pensamientos generados en torno al eje de la vacuidad. (Haruki Murakami, De que hablo cuando hablo de correr, 2010)
Hace algún tiempo he vuelto a trotar. Lo tenía abandonado, como quien deja de fumar o algo así. He corrido, a intervalos irregulares, más menos desde que tenía unos 14 años, creo. Ahora tengo 30. Solía trotar en el relave de una vieja mina abandonada que quedaba cerca de mi casa, en una ciudad satélite a las afueras de Santiago. Me gustaba trotar ahí porque no había nadie y porque el relave, lleno de una arena que se volvía fangosa y brillante con la lluvia, era como un lugar marciano, más parecido al suelo lunar que a otra cosa. No crecía nada. Aún hoy no crece nada.
Una vez, en mi eterno dar vueltas en ese sitio, encontré el cadáver de un zorro. Le saqué algunas fotos. En los días posteriores, al parecer el cadáver fue destazado por perros. Al final, el zorro sólo fue un pellejo reseco que no tardó en perderse arrastrado por el viento. Cada cierto tiempo encontraba cadáveres de perros. Creo que los iban a botar ahí. Encontraba blancos esqueletos de conejos y de pájaros que examinaba con interés forense. Una vez encontré un tiuque joven. Tenía una fina línea de sangre en el rostro. Salvo eso, parecía dormido. Recordé viejas historias sureñas sobre brujos que tenían forma de pájaro, que al enterrar sus cuerpos entregaban buena fortuna –a cambio de cosas terribles –, aunque lo que me llevó a detenerme y cavar un agujero fue pensar que ese tiuque, noble animal, había cazado ratones en vida, y su cuerpo iba a ser devorado por alimañas rastreras. Así que lo enterré y le puse varias piedras encima. Su pureza de habitante del céfiro y de cazador no sería mancillada.
Eso fue hace años. Ahora vivo en Buenos Aires. Troto alrededor del Parque Chacabuco. Ya no encuentro cadáveres de animales. Doy vueltas y vueltas, a veces sólo caminando –tengo un leve lumbago, señal de que he los años no pasan en vano (“usado estaré, pero no viejo”, dirían mis mayores) –rodeado de gente anónima a la que a veces, por ir casi todos los días, reconozco. Ese sentimiento de soledad rodeado de gente es una de tantas experiencias de la modernidad, me digo.
El asfalto es muy distinto al relave al que estaba habituado. Prefiero ir en las mañanas, cuando puedo. Casi no hay gente, muy pocos paseando a sus perros de ciudad –extrañísimos animales civilizados que viven en departamentos, se detienen ante los semáforos y me parecen tan neuróticos como sus dueños – y menos ruido. Además, la luz azulina del amanecer tiene una particular forma de dar color a los árboles que me recuerda los eucaliptos que estaban cerca de mi casa en Santiago. A ratos, puedo estar solo como antaño.
A veces troto en una pista atlética al interior del parque. Doy varias vueltas. Aproximadamente tres cada 10 minutos, que se van extendiendo a medida que avanzo en el tiempo. A veces está llena, sobre todo los fines de semana. Pienso en un espectador extranjero o marciano que viera a toda esa gente trotando, dando vueltas alrededor de la pista a diferentes ritmos. Pienso que ese espectador preguntaría quizás “¿A dónde quiere ir toda esta gente? ¿Por qué trotan en círculos, si no van a ninguna parte? ¿Es que no se dan cuenta?”. Creo que una respuesta sería que no intentan llegar a un lugar, sino que a una sensación. Al cansancio, al entrenamiento, al cuerpo soñado, a la delgadez, a la sensación de romper los propios límites anteriores del cuerpo, a una mejora temporaria de la propia resistencia, a la “salud” mentada por los medios, a un modo de vida publicitado por doquier. Quieren llegar a lo que ven en televisión, a la paz mental, a la imitación de modelos como quien consume objetos.
Quizás por eso he comenzado a trotar de un modo que a veces me gusta llamar Zen. Tan lento como puedo, sin forzar nada, sin apresurarme, sin ponerme ansioso porque los demás me pasan, ignorando su presencia. Tan lento que prácticamente no me agito. Respiro por la nariz todo el rato, contraviniendo las normas del trabajo aeróbico que se supone significa trotar. No sé si se trabajará menos el corazón o algo así, si será contraindicado, si es la negación del ejercicio o algo así. Pero es extremadamente calmo, y me lleva a un cansancio leve, muy parecido a la sensación que deja la meditación o la lectura prolongada. En otras ocasiones troto lo más rápido que puedo y el resultado es parecido. La velocidad, me digo, es relativa en relación al tiempo y el cansancio.
Aun así, no creo ser capaz de contestar la pregunta del espectador marciano. Pero esbozaría la posibilidad de buscar el vacío. Sí, diría algo sobre el vacío. Algún juego de palabras tautológico. Algo que sonase inteligente. Aún mejor: escribiría un libro.












