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En la ciudad de la furia
No obstante del ruido de la ciudad, sin importar donde estaban los demás, yo estaba feliz.
Era rara esa sensación donde yo podÃa caminar donde yo podÃa y solÃa bailar…
eran dÃas en los cuales nada me importaba y todo me fascinaba, capaz yo estaba o no estaba en sÃ. Me gustaba y luego no me gustaba vivir asÃ.
Era el comienzo de una nueva etapa, el comienzo de un nuevo futuro, el comienzo de mi comienzo que aunque a veces pienso ese no era definitivamente el comienzo.
Olvidada por el mundo y en el olvido de mis penas… de las penas del olvido.
Comencé entonces a ver todo de diferentes maneras, diferentes colores, tratando de olvidar todos mis errores, todos mis dolores.
La ansiedad me atacaba y yo no la defraudaba.
El sueño se iba y yo lo extrañaba. No soy aquella que siempre sufre, no. No soy.
Pero en la vida llegan momentos en el cual sufre uno, y sufre el corazón, y sin darte cuenta tus pensamientos ya no son tus pensamientos si no ataques del conocimiento.
Entonces lo único que hacÃa era recordar. Olvidándome que lo que tenÃa que hacer era simplemente avanzar.
Llegaba un momento en el cual los minutos se me hacÃan segundos y los segundos no existÃan y el tiempo pasaba velozmente. El tiempo se me escapaba de las manos. El tiempo era ese tesoro que yo siempre añoraba siempre lo buscaba; y se habÃa perdido.
Nublada mi mente sin tiempo, no existÃa nada más que remordimiento. Avanzaba en los minutos rápidos cuando de repente volvÃan y se quedaban por horas.
Ya era vÃctima de una frÃa realidad. Mientras pensaba que todo se me iba de las manos, paralelamente a mà todo funcionaba.
En mi espejo de reflejo, mi reflejo que conocÃa ya hace muchos años. En ese reflejo de vidrio o de cristal… de espejo, yo ya habÃa dejado de ver mi reflejo.
Porque ese se habÃa convertido, en un completo desconocido, mi reflejo.
Totalmente inmune a la soledad.
Y yo que tantas soledades he conocido, tantas he vivido.
No recordaba ni una que le gustaba
ser soledad.