MARÍA
María, no hizo menos de lo que correspondía como madre de Cristo: cuando los apóstoles huyeron [Mt. 25:56], ella permaneció al pie a la cruz [Jn. 19:25], y con mirada reverente contempló las heridas de su Hijo aguardando no la muerte de su hijo sino la salvación del mundo. O tal vez en su interior, esa «cámara regia», sabía que por la muerte de su Hijo tendría lugar la redención de la humanidad, y pensó entregarse participando con su propia muerte en el bien común. Pero Jesús no precisaba de colaboradores ni ayudantes en su oficio redentor, salvó a todos sin necesidad de otros partícipes. Por ello dice: «He venido a ser como hombre sin ayuda, libre entre los muertos» [Salmo 88:5-6 Vulgata]. Ciertamente, apreció la devoción y apoyo de madre [Jn. 19:26-27], pero no más; no buscó la colaboración o ayuda de otros». Ambrosio de Milán, Cartas, 59.Texto extraído de el tercer tomo de El Tesoro de David ( en preparación )

















