La dona de chocolate
Elizabeth Ortiz Ríos, escribidora Malix.
“Esta dona está repinche”, pensó Mariana con la desilusión de una niña que esperaba con ansia su postre favorito. Dio un sorbo a su café y comenzó a hojear el periódico, por fortuna, estaba menos malo.
Seguía pensando en todas las calorías que tendría que quemar comiéndose esa dona con la que intentaba calmar su ansiedad. No podía entender cómo, hace algunos años, veía a la gente en el avión cargando muchas cajas de esa marca y, ahora, sin poder evitarlo, las consumía para estar a la altura del círculo social al que tanto había anhelado pertenecer. Si tan solo hubiera podido ir a Walmart a escogerlas ella misma. Imposible, la gente como ella no hacía ese tipo de cosas.
Recordó cuando vivía muy cerca de la tienda y sabía a qué hora las encontraría recién hechas, podía verificar si no se equivocaba al percibir su olor y observar su apariencia. En ese entonces, las calorías no eran un problema, tenía la libertad de caminar a donde quisiera y, de esta manera podía ahorrar un poco de dinero para pagar sus cuentas y así librar la quincena; o bien, para darse un gusto y comprar algunas donas.
Recordó cuando la primera vez alguien se emocionó al verla porque la reconoció en la calle. Se imaginó conduciendo programas de televisión a nivel nacional y, ¿por qué no?, actuando en alguna telenovela.
Con el paso de los años, la ciudad en donde se sintió acogida y en donde encontró las oportunidades que tanto buscaba, comenzaba a transformarse al mismo tiempo que ella también lo hacía. Aunque quizá ella no estaba cambiando, cambiaban sus motivaciones; se había cansado de las carencias y había decidido tomar el camino corto para saciarlas. La ley estaba ahora de su lado.
Tomó una segunda dona sin saber en qué momento se había terminado la primera, tampoco se daba cuenta que el café se estaba enfriando; ya ni siquiera le sabía tan malo. Seguía ensimismada en sus pensamientos. Así como el café, todo se enfriaba. Sus ilusiones, sus ideales y su ética.
Volvió a la realidad al ver su foto en el periódico. Su cara regordeta le decía que tenía que parar de comer donas de chocolate, pero ella ya no era dueña de su voluntad. Tomó el folder con el discurso que había llegado junto con el diario y pensó en el horrible vestido que tendría que ponerse, ningún otro le quedaba, todos le causaban una tremenda presión en el cuerpo, como lo hacía la angustia ante tanta responsabilidad. Sería mejor, empezar a practicar aquellas palabras impregnadas con los deseos personales de quienes la influenciaban, para poder interpretar el papel ganado con tanta avaricia. No le importaba no ser capaz de gobernarse a sí misma, porque a partir de ese día y de manera oficial, tendría el poder de gobernar a todo un estado.















