En una de esas ocaciones llamé a Isabel, la mujer que había abandonado; ella me seguía amando porque sufría del veneno de la desesperación y yo le daba el abandono que ella necesitaba. Le marqué y le dije que estaría en la ciudad, nos vimos a la llegada del tren. Isabel era hermosa y era inocente y quería dejar de serlo, yo por mi parte me había enamorado de sus senos color canela, sus labios abultados listos para ser probados, de su humor sencillo y efectivo y de sus manos que se ponían nerviosas cada que la desnudaba, pero a ella eso le gustaba y me veía como si el mundo se acabara en cada segundo que pasábamos juntos. A veces me gustaría amar como lo hizo ella conmigo, supongo que no lo merezco, porque el amor es de quien lo siente, no de quien lo recibe..
Fernando Benavides



















