En la guerra
Mañana de lunes. El salón es amplio. El escritorio de dos plazas y las doce sillas dispuestas para la espera son un mobiliario ridículo para aquella inmensidad. Detrás del escritorio, una muchacha me atiende. Es muy joven, tanto que da un poco de ternura verla allí trabajando. Conversa por el celular con quien parece ser su jefe y le avisa que su compañera no ha ido a trabajar hoy. A su lado hay una silla vacía. Mientras habla con el teléfono prensado entre el hombro y la quijada, va recibiendo los papeles que le entrego. Termina de hablar. Cuando recibe la fotocopia de la cédula, veo que toma el papel con sus pequeñas manos y lo dobla al filo de uno de los bordes de la cédula. Muy concentrada, repasa con la uña del pulgar el doblez. Repite la operación varias veces. A mis espaldas oigo el rumor de la impaciencia entre quienes esperan en las sillas. La muchacha rasga entonces el papel para ir recortando la fotocopia.
Yo: (Entre apenada e impaciente.) ¿Había que traer la fotocopia de la cédula recortada? No lo sabía.
Muchacha: (Empezando a doblar el papel para recortar otro de los lados de la cédula.) No, no. Lo que pasa es que tenemos que meter todos estos papeles en el acordeón, y es un acordeón pequeño. Es para que no se haga un bojote.
Sigue doblando meticulosamente para poder rasgar después. Es lenta. La impaciencia de quienes esperan es cada vez más notoria.
Muchacha: (Apartando un momento la vista de lo que hace para pasearla por la superficie del escritorio, donde solo hay una engrapadora, su bolígrafo, unas circulares amontonadas, unas carpetas y el acordeón para archivar.) Claro, si tuviera unas tijeras, todo sería más rápido. Pero no tengo tijeras. No hay tijeras. No hay nada. (Vuelve a fijar la vista en el papel que ha ido troceando.) Pero también es verdad que en la guerra no había tijeras. (Más enfática.) En la guerra no había tijeras. Entonces, ¿cómo se hacía? Con las manos. Así.










