Estuve leyendo 'El crepúsculo de los ídolos' como complemento de mi formación sobre los griegos; leer a Nietzsche significa para mí una ruptura con todo, es como encontrar dentro de una argolla llena de llaves, la que al fin abre la puerta de la celda y muestra la luz al final del túnel. Nietzsche no solo es un crítico acérrimo de la moral cristiana, es también un juez visceral de toda la cultura de occidente. Leerlo supone cuestionar y revisar todos los valores políticos, sociales y religiosos, que han sido parte de mi vida académica durante estos años,
Hace poco, mientras escuchaba una cátedra que hablaba de la configuración de la vida cotidiana según Agnes Heller y de la incapacidad que tenemos para trascender lo inmediato, una idea de la socióloga llamó ampliamente mi atención. Heller propone la moral como medio de superación y de elevación por encima de esa cotidianidad. Al terminar el coloquio que habíamos mantenido con el profesor durante dos horas, me acerqué a su escritorio y le pregunté si esa moral de la que Heller hablaba no menguaba nuestra libertad al ser esta por esencia restrictiva (la pregunta tenía dos pilares sobre los que se fundamentaba: por un lado la construcción misma de los valores morales ligados al cristianismo y la crítica nietzscheana a ellos; y por el otro, la moral en el sentido kantiano que en último término se resume en el «tú no debes»). Mi profesor, sociólogo de profesión, me sonrió intrigado y me lanzó una calmada respuesta que me sorprendió profundamente, parafraseándolo dijo lo siguiente: «Ha Nietzsche no hay que tomárselo muy en serio, lo él que critica es la moral cristiana y propone una moral nueva, lo que lo convierte en un moralista. Deberías plantear esa pregunta la siguiente semana en clase». Ya casi sin escuchar esto último salí del salón, mi mente solo retenía poderosamente una idea: «Nietzsche era un moralista», y me lo repetí numerosas veces mientras caminaba rumbo al paradero.
Nietzsche abre la puerta de liberación de la moral cristiana, desnuda sus secretos e intenciones. El «bien», heredado del ideal platónico, ya no es para él lo supremo, sino la procreación. La dicotomía del bien y del mal, de lo bueno y lo malo se disuelve y da paso a un impulso que proviene más de las entrañas del hombre. En este nuevo discurso de moral, la sexualidad, condenada por los judeo-cristianos, se pone en el centro de la vida de los individuos, como lo fuera en la época griega gracias a la figura de Dionisios. Este primer análisis del alemán va ser reforzado más adelante cuando Foucault retome el mismo tema en su estudio de las relaciones de poder.
La condena judeo-cristiana a la sexualidad va a configurar todos los aspectos de la vida de los hombres y se va a convertir en un elemento de poder a través del cual se va a formar el derecho constitucional. Luego, esa condena será un factor clave para no poder vivir la vida plenamente. Todo intento de vivir va a traer consigo siempre un fracaso, una condena moral y social severísima, por tal, la vida se nos muestra siempre como una empresa fallida, como una irrealidad, como un ente extraño y lejano. La nueva moral que propone Nietzsche es, por el contrario, una apelación al gozo de vivir, un regreso a los placeres dionisíacos y al culto de lo más importante que tenemos: la procreación y todo el hermoso ritual a su alrededor.