Los nuevos gurĂşs digitales: cero experiencia, mil certezas
Últimamente no sé si es que me estoy poniendo mayor, o si el mundo realmente está perdiendo el juicio. La sensación es confusa, como si de pronto todos estuviéramos en una sala llena de espejos donde nadie se ve realmente, pero todos creen tener la imagen clara del otro.
La inteligencia artificial ha llegado para revolucionarlo todo —eso ya lo sabĂamos—, pero hay un matiz que se nos está escapando: está formando una generaciĂłn que cree que está pensando cuando, en realidad, está siendo pensada. Una generaciĂłn que confĂa en sus respuestas sin notar que muchas veces están fabricadas para complacer, no para cuestionar.
Y no lo digo desde una teorĂa abstracta. Hace poco, una chica nos contactĂł para pedirnos el desarrollo de una web. LlegĂł con una estructura y una estrategia completamente armadas. Al principio, me sorprendiĂł: era un enfoque ambicioso, detallado y lleno de palabras grandes. Pero en cuanto empezamos a analizarlo, nos dimos cuenta de que todo habĂa sido generado por ChatGPT. ÂżEl problema? Ella no tenĂa ni los conocimientos básicos para sostener esa estrategia, ni tĂ©cnica ni conceptualmente. Y sin embargo, se aferraba a ella con una convicciĂłn inquebrantable, cuando le preguntábamos, ni nos podĂa decir a dĂłnde direccionaban los botones que aparecĂan establecidos en ese documento.
Intentamos explicarle, con tacto y paciencia, por quĂ© algunas cosas no eran viables, por quĂ© otras requerĂan inversiones, equipos o tiempos que no tenĂa. Pero ella no podĂa entender el por quĂ© no. Y no porque le faltara capacidad, sino porque la IA le habĂa dicho que sĂ. Que tenĂa razĂłn. Que su idea era viable, completa, profesional.
La habĂa enaltecido, como hacen esos horĂłscopos escritos con la habilidad justa para hacerte sentir especial. El problema es que cuando una máquina te dice que todo lo que pensás está bien, te volvĂ©s impermeable al pensamiento crĂtico. A la revisiĂłn. A la realidad.
Eso es lo que más me inquieta. No es que usen IA —todos lo hacemos, y bien utilizada puede ser de ayuda—, sino que confĂen ciegamente en una respuesta sin tener las herramientas mĂnimas para evaluarla. Se sienten respaldados por una autoridad invisible que les devuelve certezas sin exigirles profundidad.
Plus: muchos de ellos serán nuestros futuros jefes, colegas o socios. Porque hay otra generaciĂłn por encima, la que está cansada, y con razĂłn. Quieren jubilarse en paz, cerrar el ciclo, no discutir más. Y lo entiendo. Yo probablemente harĂa lo mismo.
Pero eso nos deja en un lugar raro. Un limbo generacional en el que los que todavĂa piensan se cansan de discutir, y los que todavĂa no aprendieron a pensar creen que ya no tienen nada más que aprender.
No es nostalgia lo que siento, ni rechazo a la tecnologĂa, pero sĂ una necesidad urgente de recuperar algo esencial: el pensamiento propio, el pensamiento crĂtico, el que incomoda, el que duda, el que no tiene todas las respuestas al instante.
Porque si vamos a convivir con máquinas que nos “dan la razón”, al menos asegurémonos de saber cuándo estamos de acuerdo con ellas porque pensamos, y no simplemente porque nos resulta cómodo que piensen por nosotros.













