@redphilanthropy
Cuando llamas al timbre esperas pacientemente aunque el antónimo te corroe por dentro, te muerdes el labio y los dedos tamborilean sobre tu pierna mientras la espera se te hace eterna. Hace casi un mes que no lo ves, y todo el contacto que has podido tener con él han sido mensajes breves y conversaciones cortas que debías abandonar para centrarte en el trabajo.
Al fin se abre la puerta y la sutil sonrisa de Mitsuo te recibe, seguramente no te esperaba porque tampoco habías avisado, pero no le dejas mediar palabra, tomas su rostro y arremetes contra sus labios con desespero y ansias, empujas el cuerpo ajeno con el tuyo y con la mano libre cierras la puerta tras de ti, entonces lo acorralas en la pared más cercana sin dar tregua a esos labios. Mitsuo no se hacía una idea de lo mucho que necesitabas esa fricción, ese choque frenético de ambas lenguas y la presión de sus labios contra los tuyos.
Un jadeo partió el beso y contra sus labios ronroneaste su nombre. Tus manos impacientes no tardaron en desacomodar su yukata para la lluvia de besos cayera sobre su cuello y hombro y la siniestra se coló bajo la ropa para acariciar el muslo, el usual tacto áspero de tus manos nunca pareció importarle, y en cuanto lo sujetaste atrajiste su cadera hacia ti.
Tenías ganas de devorar cada parte de él, moldear otra vez aquel cuerpo con sus manso y labios, hacerle saber que simplemente no podía negarte la adicción que era para ti, porque le necesitabas, como un artista necesita a su musa.












