Los rastros y rostros de Jango Edwards
Empezó vestido y acabó –casi– desnudo. El espectáculo que ofreció el clown Jango Edwards en el Amira de la Rosa, en el marco de la séptima versión del Carnaval de las Artes, fue como para recordar toda la vida.
Después de que la presentadora del evento anunciara a los mil patrocinadores, auspiciadores y soportes informativos, dio una clara advertencia: “No sabemos qué va a pasar en el escenario esta noche. Jango no nos adelantó absolutamente nada”. Entonces se apagaron las luces, y la expectativa del público aumentó.
Se abrieron las cortinas y en medio de un montón de papeles, sentados en un sillón, aparecieron el actor colombiano Álvaro Bayona, junto a quien sería la compañera de espectáculos de Edwards, Cristina Garbo, una mujer gordita de no más de 40 años, y hasta ese momento, tierna.
Los artistas empezaron a dialogar y despertar unas cuantas risas, cuando de repente del público salió un anciano maquillado, de cabello largo, canoso y algo despeinado, cantando cual estrella de rock. Vestido, en un principio, con un esmoquin y unas gafas gigantes, saludó a quien sería su entrevistador con un efusivo abrazo y lamiéndole su cabeza calva.
Los espectadores tenían claro que no iba a ser una entrevista aburrida cualquiera. Fue más bien como ver a un niño que no sabe quedarse quieto por un largo período de tiempo. Durante lo que se supone iba a ser un entretenido diálogo con el actor colombiano, terminó convirtiéndose en un performance lleno de humor y hasta una cátedra de cómo ser un verdadero payaso de una noche.
Bayona lanzó su primera pregunta, y Edwards, aparentemente evadiendo el interrogante, estrelló un vaso de plástico contra su frente y lo único que respondió fue que estaba esa noche en Barranquilla por una sola razón: hacer a la gente feliz. Cuando veía que se avecinaba una pregunta seria, rápidamente se defendía tirándose al piso, lanzándose al público, o simplemente caminando por todo el teatro.
Desde el primer instante, Jango prometió no mostrar su ‘butifarra’, aunque confesó que le encantaba desnudarse. Lo que sí hizo fue aprovechar cada mínima cosa que le pasaba por enfrente. Su capacidad de improvisación es increíble.
A sus 63 años, 42 dedicados a su carrera artística, manifestó que se siente como si su edad mental fuera de siete. Hablaba inglés, por lo que su compañera Cristina sería la traductora simultánea. Pero no fue necesario. La conexión con el público era tal que en los momentos en los que el payaso hablaba muy rápido o simplemente Cristi no entendía lo que decía, las personas se reían como porque sí.
De los pocos momentos en los que Edwards se mantuvo sentado durante la hora y media que duró el espectáculo, fue cuando pretendió enseñarle al público cómo convertirse en payaso en sencillos pasos.
En una clase de una noche, por la cual le pagan hasta 2.000 euros, Jango ordenó en tono imperante Put your hands up!, y entonces, como si fuera un juego de niños, el público vibró de la emoción y todo el teatro terminó presentado un número que incluía piano en el aire y mímica de canto.
A medida que pasaba el tiempo, Jango se iba quitando sus prendas de vestir. De tener un esmoquin cuasi elegante, pasó a unos pantalones estampados de leopardo con una camiseta, la camisa de una pijama de cuadros sin pantalones.
Pero más allá de su desnudez y su ‘mamadera de gallo’, el mensaje del rey de los payasos fue claro: “Ser clown se ha malinterpretado, sirve para ayudar a otros. Está en la mente y el corazón”.
Finalmente, cubierto solo por una tanga narizona fucsia con una carita sonriente estampada en la parte trasera, subió a varios espectadores para que lo acompañaran a cantar All you need is love, de los Beatles, y todo el teatro se puso en pie.
Las cortinas se cerraron, las luces se apagaron y los organizadores nos echaron, pero la sonrisa de quienes asistieron esa noche a la sesión con el rey de los clowns, de seguro, fue permanente.
Por: Salomé Llanos López
















