Aquella confusa mezcla de presentimientos y de sueños, aquella sucesión de decepciones y esperanzas, aquellas aspiraciones incesantemente rechazadas por una odiosa realidad, encontraron al fin su intérprete en el hombre incomparable al que la conciencia universal ha concedido, con toda justicia, el título de Hijo de Dios, puesto que ha hecho dar a la religión un paso al que ningún otro pudo ni podrá probablemente ser comparado.
Ernest Renan














