Cuando una última pieza está en su sitio y la figura del lobo resplandece frente a ella, La Huesera se sienta junto al fuego y piensa qué canción va a cantar. Una vez que se decide, levanta los brazos sobre el esqueleto y empieza su canción. A medida que canta, los huesos se van cubriendo de carne y la carne de cuero y el cuero de pelos. Ella sigue cantando y la cristura cobra vida y comienza a respirar, su cola se tensa, abre los ojos, pega un salto y sale corriendo de la choza. En algún momento de su vertiginisa carrera, ya por la velocidad, ya porque se mete en aguas de un arroyo para cruzarlo, ya porque la luna le hiere en un costado, el lobo se transforma en una mujer que corre libremente hacia el horizonte, riéndose a carcajadas
“Chicas muertas” de Selva Almada














