Bloqueo, como Old Spice
Hace días – casi un mes – no tengo nada en la cabeza que escribir.
Nada. Silencio total. Mi mente es como un pueblo fantasma en el que el único sonido es el de una campana solitaria, que con cada tañido me dice: “Cam, quieres ser escritora, ¿no? Pues vas mal”. A veces le doy la razón a esa voz – ese a veces es todo noviembre – y no escribo nada.
Esa falta de neuronas e impulsos de redacción se llama “bloqueo” y más de una vez he escrito sobre él. Le he dedicado párrafos enteros. Sin importar cuánto le escriba no deja de atormentarme.
Lo más frustrante – lo más importante – es que no deja de ser un mal necesario. No importa cuánto lo odie.
¿De verdad? ¿Necesarios…?
Sí, lo son. De mis peores y más largos bloqueos han salido las mejores ideas. Después de días – a veces semanas – de ver episodio tras episodio en Netflix cargada de culpa. Creo que ese proceso de sufrimiento, culpabilidad y frustración es una forma extraña de recargar energías. Borrar y volver a empezar. Soy tan experta en mis propios bloqueos que cuando llegan me resigno, dejo que el tiempo pase y eventualmente vuelvo a intentarlo.
Hoy es uno de esos días en los que lo hago, esperando que el tiempo necesario haya transcurrido.
¿Han pasado más de 20 días? Sí. ¿He visto más de tres temporadas de una o más series? Sí. ¿Me quedé sin películas de navidad que ver y aún seguimos en noviembre? Sí. Es la hora.
Después llego aquí. Escribo, escribo y escribo sin parar – de verdad, no se imaginan cuántos párrafos he tenido que borrar –. Al final el bloqueo se va, las ideas regresan y mi mente vuelve a ser un parque de diversiones colorido, un carrusel incoherente.









