...Claudine se sentó en su asiento, intentando hacerse pequeña. El ambiente tranquilo del aula contrastaba con el torbellino de pensamientos en su cabeza. Tanta gente, tantas perspectivas… y la certeza de que la clase de Filosofía, al igual que la de Ciencias Naturales, probablemente desafiaría de frente todo lo que su padre le había enseñado a creer sobre el mundo y su lugar en él. El miedo a esa confrontación intelectual, a ser forzada a pensar de maneras que su padre consideraría pecaminosas, se sumaba a su ansiedad habitual. Sacó su cuaderno, lista para intentar, una vez más, procesar un tipo de conocimiento que venía de un mundo completamente diferente a las rígidas “reglas” de su padre.
Sentado a su lado encontró a Aziz, hijo de Aladdín y Jasmín, y a otro alumno que no reconoció.
Todos los ojos se dirigieron hacia Rafiki, el mandril sabio y anciano que, según los murmullos, sería su profesor. No estaba usando la pizarra ni abriendo un libro. Tenía un bastón nudoso en la mano y había sido él quien había golpeado suavemente el suelo de madera, creando ese sonido singular en el aula silenciosa.
Rafiki no sonreía de la manera jovial de Pin ni de la cálida de Terímaco. Su rostro, arrugado por los años y la sabiduría, tenía una expresión seria, pero sus ojos brillantes y penetrantes parecían ver más allá de la superficie. Dejó caer el bastón en el suelo con otro golpe suave.
—Hmm —musitó Rafiki, su voz rasposa y profunda, resonando ligeramente en la sala—.
Se tomó su tiempo, escaneando los rostros de los estudiantes, deteniéndose un instante en Claudine con una mirada que no era de juicio, sino de profunda observación. Claudine sintió un escalofrío, como si él viera directamente el miedo incrustado en su alma...



















