--¡Spinaci, vuelve aquí! --exclamó el muchacho, agotado de perseguir al can por todo el parque. El animal ni tan siquiera era suyo, y por el simple hecho de convivir con su dueño, el que era su primo, le tocaba la mayoría de veces sacarlo a la calle. Eso no supondría un problema si no fuera porque el pequeño cachorro insistía en seguir su propio camino sin molestarse en seguir las indicaciones que él le daba. Al final, su fuerza era tan grande que lograba desatarse de su correa y eso llevaba siempre a una carrera en la que Blake nunca ganaba. La mayoría de veces, esperaba sentado en uno de los bancos a que el perro se cansara de correr, pero no iba a permitir que esta vez se saliera con la suya, menos aún con lo atestado de gente que se encontraba el recinto.
Después de una larga persecución --o eso creía el joven--, la mascota parecía detenerse, pero no del modo que él buscaba; el galgo se abalanzó sobre un perro y su amo, provocando que este se sobresaltara, como si no le hubiera visto venir. Su reacción sorprendió a Blake, pero optó por no darle más importancia de la que pudiera tener. La prioridad ahora era atrapar al pintoresco corredor. --¡Te voy a dar para el pelo! --voceó regañándolo, volviendo a amarrar al animal. --Perdona. Es pequeño aún y no para quieto. --su tono disminuyó a uno más sereno. Probablemente la víctima del exceso de energía de Spinaci estaría mucho más molesto que él.