Diálogos corregidos, y bore la antigua publicación por... complicaciones XD
Me daba ansiedad las comillas así que...
BUENO, yo dejo esto acá y... cha *zale koriendo, ce tropesa, se lebanta i segue korriendo*
Capitulo 1 《 Compras Que Salen Mal... ¿O Bien? 》
La cálida luz del sol ya se filtraba a través de las cortinas blancas, reflejándose en el suelo de madera de la casa. Aún quedaban cosas por desempacar, algunas cajas abiertas y otras cerradas, cada una con una notita adhesiva con un nombre e instrucciones un tanto... curiosas.
Era bastante temprano, alrededor de las 6:58 a. m. El lugar estaba tranquilo y apacible mientras nuestras tres niñas favoritas dormían profundamente. Había una atmósfera tranquila y apacible que...
-¿POR QUÉ EL SECADOR DE PELO LLEVA UNA MASCARILLA, RODAJAS DE PEPINO Y UN TRAPO QUE PARECE UNA TOALLA? -gritó Margarett, con la fuerza y la ira de una madre soltera despertada por las travesuras de sus hijos. Aunque, pensarlo así hacía cierta gracia, considerando que odia a los niños.
Retiro lo dicho...
-¡Hermenegildo estaba estresado!
Morren abrazó el secador, cubriéndolo con su cuerpo como para protegerlo de la ira de su amiga. Las rodajas de pepino cayeron al suelo por el agarre. El ceño fruncido de Margarett se acentuó al verlo.
-¿Por qué tantos gritos?... No puedo funcionar sin mis trece horas de sueño reparador -se quejó Adhelia entre bostezos desde la puerta, con un camisón negro desordenado y el pelo despeinado. Apenas podía mantenerse despierta, cerrando los ojos y dormitando brevemente antes de despertarse de nuevo.
Por suerte, no se cayó de bruces.
-¡ESTO ES INACEPTABLE! ¡VOY A POR LA CAFETERA Y RESULTA QUE SE ESTÁ HACIENDO LA MANICURA CON LA ESCOBA! ¡ESTO ES UN MALDITO MANICOMIO! -Margarett despotricó, despertando a casi todo el vecindario con sus gritos.
-¡Basta, quiero desayunar!
Margarett agarró bruscamente a Adhelia por el cuello de la bata, haciéndola palidecer y despertar por completo.
-¡Y YO QUIERO REVENTARTE LA CABEZA A HOSTIAS!
Morren prestó poca atención al dúo, más preocupada por consolar al secador de pelo, cubriéndole "ojos y oídos", diciendo algo sobre peleas de adultos y que los niños no deberían estar cerca.
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II
El comedor, más tranquilo y ordenado que nunca gracias a Margarett, era donde se sentaban los tres. Desayunaban en un tenso silencio, mirándose de vez en cuando, pero apartando la vista rápidamente en cuanto sus miradas se cruzaban.
Morren comía panqueques con miel, chocolate, crema, frutos rojos y bombones. A su lado había una taza de café con leche y un brownie de chocolate con chocolate derretido por encima. Justo a su lado estaba el Sr. Medianoche, "desayunando": lo mismo, pero en miniatura.
Adhelia tomaba un capuchino con crema batida y unos pasteles de chocolate. Margarett, en cambio, solo tenía un café negro, fuerte, sin azúcar y ligeramente quemado. Le gustaba esa abominación que llamaba y defendía como "café".
-Yyyy... -Adhelia decidió romper el hielo primero, removiendo su bebida con una cuchara negra con orejas de gato, que claramente le había quitado a otra persona. Margarett suspiró, frotándose las sienes con el dedo corazón y el pulgar, preparada para el nuevo dolor de cabeza que su amiga estaba decidida a provocarle.
-¿Qué vamos a hacer hoy? Ya le he enviado a Jeanna como veinticinco mensajes y no ha contestado -dijo con indiferencia, provocando el suspiro de Margarett por novena vez. Morren observó la escena un segundo, frunciendo el ceño mientras agarraba al Sr. Medianoche, acercándolo más a ella para alejarlo de Adhelia. La antes mencionada resopló molesta, murmurando algo sobre que "la compañía de peluches raros y feos no era lo suyo".
-Deja a tu ex en paz, por Erías. Lo lamento tanto por esa pobre alma -dijo Margarett, dando un largo sorbo a su café cargado y mirando con desaprobación a Adhelia, quien sonrió inocentemente.
-Jeanna era tan guapa y genial, es una lástima que te haya dejado... -dijo Morren con calma, sentando al Sr. Medianoche a su lado antes de ser interrumpida abruptamente por Adhelia.
-N-no me dejó, YO ERA DEMASIADO PARA ELLA. ¡SÍ, ESO ES! -exclamó, sonrojada de vergüenza y rabia, dando un puñetazo a la mesa. Durante unos segundos, todo pareció ir en cámara lenta cuando la mesa se sacudió ligeramente, tirando al Sr. Medianoche y su pequeña taza al suelo, derramándose el café encima.
Morren observó la escena horrorizada, como si acabara de presenciar un homicidio en primera persona. Se levantó rápidamente, agarró al Sr. Medianoche y se giró tan rápido que casi se podía oír un crujido en su cuello.
-¿Cuál es tu maldito problema? ¡¿Quieres matarlo?! -exclamó con cierto pánico, agarrando el peluche como si acabara de ser víctima de un terrible atentado de muerte. Adhelia simplemente arqueó una ceja, mirándola como si acabara de decir la mayor estupidez posible.
-¿Me estás tomando el pelo? ¡Es un peluche! ¡Solo lávalo y problema resuelto! -señaló, como si fuera superobvio, restandole importancia con un gesto de la mano-. Y si tanto te quejas, te puedo conseguir uno nuevo y más... -hizo un gesto vago hacia el Sr. Medianoche, mirándolo con cierto desprecio-... bonito.
Morren se aferró aún más al escucharla, moviendo su cabeza de un lado a otro en un "no" rotundo.
-¿No pueden comportarse ni dos minutos? SOLO DOS MINUTOS?... Apenas nos mudamos antes de ayer y ya van a hacer que nos echen otra vez -Margarett se removió en su asiento, murmurando un par de maldiciones ininteligibles. Adhelia resopló, ignorando a Morren, que se sentó con la mirada fija en ella, con un desprecio casi palpable.
-¿Comportarme? Ja. Eso es para los fracasados desafortunados -Adhelia repitió la palabra «desafortunados» una vez más, riendo como si fuera lo más gracioso que hubiera oído en su vida.
-Fracasados desafortunados... -Morren saboreó las palabras, sentándose y olvidando momentáneamente su enfado-. Desafortunados -dijo ahora con una leve risa, provocando un suspiro en Margarett.
-Nah, sos una desafortunada -dijo Adhelia con un acento extraño, cambiando su voz para que sonara más aguda y, por lo tanto, más irritada.
-¡Desafortunada!
Pronto el comedor se llenó de esa frase y risas, repitiéndolas como dos niñas de primaria aprendiendo una nueva expresión.
Margarett no sabía qué pensar. ¿Cómo podían encontrar gracioso decir lo mismo una y otra vez?
Le recordaba a cuando era maestra.
-¡Fracasada!
-¡Desafortunada!
Vale, esto tiene que parar.
-¡¿PUEDEN CERRAR LA BOCA?!
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III
9:25 a. m. marcaba el reloj en la pared, siendo hace casi una hora desde que Adhelia y Morren estaban sentadas en la esquina. Ambas regañadas por Margarett, quien las miraba desde el respaldo del sofá dándole otro sorbo a su café que parecía interminable.
-¿Ya puedo salir? ¡No siento el trasero! -se quejó miserablemente Adhelia, mas la albina no se movió de su lugar asignado.
-Creedme, falleceré del aburrimiento -masculló la morena, Morren. Imitando el acento español de Margarett de forma casi caricaturesca. Tenía un lápiz entre los labios, como si fuera una pipa, y una mirada solemne.
-¡Espera! ¡¿Hoy no teníamos que comprar ropa nueva?! -saltó Adhelia de la nada, dándose la vuelta en su silla y apoyando su barbilla en esta.
-Oye, espera. Es verdad -Morren salió de su papel, quitando el lápiz entre sus labios y tirándolo.
-Jaja... se iba a fumar un lápiz la pobre. ¿No tenés plata, indígena? -preguntó sarcásticamente Adhelia, con una sonrisa jocosa y un tono burlón.
-¿Por qué me dices eso? -Morren se volteó hacia su contraria, confrontándola directamente con indignación y los brazos cruzados. Adhelia soltó una risa, rodando los ojos mirándola como si fuera estúpida.
-Te estoy haciendo bullying, ¡dah!
-¡Margarett, Adhelia me está haciendo bullying de nuevo!
-No empiecen, solo lo mencionaste porque quieres salir de tu castigo -se bajó Margarett del respaldo con un ruido sordo. Estirándose, provocando que casi todos los huesos de su cuerpo crujieran.
-¡P-pero realmente necesitamos ropa! ¡Sobre todo tú, sigues usando los mismos conjuntos iguales desde que...! eh... -Adhelia miró a todas partes, buscando una comparación que hiciera entender lo "grave" que ella creía que era la situación-. ¡Desde que Mirtha Legrand va al jardín!
-¿Pero Mirtha Legrand no se había muerto? -preguntó Morren inocentemente, observando la interacción entre ambas con creciente curiosidad.
-¡No, y ese no es el punto! El punto es que -Adhelia apuntó acusadoramente a Margarett, cosa que hizo que la antes mencionada la mirara de mala manera- parece una indigente.
-¡¿DISCULPA?!
-Los indigentes son geniales -dijo Morren, como si eso mejorara la situación.
-Sí, tía. Mola y es la moda -Adhelia asintió, pero más para irritar a la híbrida de gato de cabellos grises, Margarett, que por realmente estar de acuerdo con Morren.
Adhelia jadeó, haciendo una expresión -no, mueca- graciosa cuando Margarett la agarró del cuello como una muñeca de trapo. Levantándola como si no pesara nada.
-¡JURO QUE TE VOY A-
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IV
-Bien, ya estamos aquí -gruñó Margarett, enfrente de aquel shopping en el centro de la ciudad. No pudo decir nada más porque ambas chicas a su lado chillaron como locas, prácticamente empujándola solo para poder entrar.
-¡Oigan! ¡¿A dónde creen que van?!
Parecía una madre soltera tratando de criar sola a dos engendros del infierno.
Una persona que pasaba por casualidad a su lado le sonrió, saludando amistosamente.
-Lindo cosplay, señorita.
Margarett se dio la vuelta, interrumpiéndolo bruscamente al agarrarlo del cuello de la camisa. El pobre chico palideció, viendo la furia marcada en cada rasgo de la híbrida delante suyo.
-¡TE VOY A DAR UNA HOSTIA!
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V
-¿A dónde vamos?
-No sé... a comprar ropa, ¿no?
Morren soltó una carcajada fácil y ligera, abrazando por los hombros a Adhelia.
-No, no, no. Y NO. Eso sería demasiado simplista. ¿No ves el mundo de posibilidades ante nosotros? -preguntó, obligando a la otra a mirar frente a ella. Moviendo las manos como si le estuviera revelando un nuevo y secreto mundo.
-Pero ese es el baño -Morren no pudo terminar de hablar cuando Adhelia le puso un dedo en los labios, callándola moviendo el dedo contra ellos.
-Shh... ¡SHHHH!... oi, oi. No digas eso, pequeña. Eres... ¡pequeña!
Morren quitó el dedo de Adhelia de sus labios, empujándola con confusión e irritación.
-Podemos hacer lo que nosotras querramos... bueno -Adhelia se rascó nerviosamente la nuca, bajando la mirada al piso antes de subirla nuevamente-. Excepto quemar el lugar, obviamente.
-¿Lo que querramos?
-Lo que querramos.
-¡¿Lo que querramos?!
-¡Lo que querramos!
-¡LO QUE QUERRAMOS!
-¡SÍ, LO QUE QUERRAMOS!
Ambas idiotas comenzaron a dar saltitos en círculos, celebrando que ya no estaban bajo la supervisión de cierta peligris. Y la gente que pasaba a su lado las miraba como si hubieran enloquecido. Ciertamente no se equivocaban.
-Mami, ¿qué hacen esas señoritas?
-Aléjate de ellas.
-Vaya raritas...
Ningún comentario detuvo a la chica de dudosa edad y a su peor influencia, Adhelia. Parecían más que decididas a pasarla bien.
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VI
-¿Y? ¿Qué tal me veo? -preguntó Adhelia, probándose un top negro de encaje sin hombros, posando delante del espejo del vestidor. Por supuesto, eran mujeres. Iban primero a probarse ropa o a comer, por supuesto.
-Horrible, con cualquier color pareces Gasparín después de las doce en Navidad -Morren ni siquiera la volteó a ver, más concentrada viendo los pijamas de peluche y zapatillas rosas.
-Ah, bueno. ¡Gracias!
Adhelia cruzó sus brazos sobre su pecho, dándose una rápida mirada al espejo y sonriendo. Se puso un mechón detrás de la oreja y se guiñó el ojo a sí misma.
-Dijiste que esto sería divertido, y solo te veo chuleándote a ti misma como Narciso -Morren murmuró quejumbrosamente entre dientes, lanzándose de lleno al sofá que había allí entre montones de ropa. Adhelia la miró con indignación, apuntándose a sí misma en el espejo.
-¡¿Y perderse la oportunidad de ver en vivo y en directo mi belleza?! ¡Ni hablar! Solo mírame, soy un maldito bombón.
Era cierto que Adhelia tenía la figura, la cara, y ser albina solo la hacía más linda todavía y los rasgos para presumir así pero... ¿su personalidad? Era un caso aparte. Morren hizo una mueca, optando por no seguir para no caer en una discusión estúpida.
-Lo que tú digas, Lady Heart -se levantó, dejando sin preocupación el desastre detrás de ella para irse. Había visto un arcade cerca de ahí, con batallas de pistolas láser. Benditos sean los dioses, Morren no se lo iba a perder ni por la pomposa de su amiga.
Adhelia estaba muy concentrada en su reflejo antes de darse cuenta de las intenciones de marcharse de su acompañante, quedándose quieta unos segundos antes de darse la vuelta.
-¡¿A dónde vas?! ¡Yo también QUIEROOOOOO!
Fue rápidamente detrás de la más baja, poniéndose a su lado mientras hacía aparecer su interfaz en forma de corazones rosas, apretando unos botones aquí y allá. Morren no le prestó mucha atención a esto último, tomando unos cuántos pijamas y peluches mientras salía del pequeño establecimiento.
-¿No vas a pagar? -cuestionó Morren, ya pasando la puerta con confusión. Los escáneres de la puerta habían detectado que se habían ido con cosas sin pagar, y no sonaron las alarmas.
-Déjale eso a los fracasados desafortunados. Yo, Adhelia, no necesita... -dijo, desapareciendo su interfaz rápidamente para que nadie viera. Dentro del lugar donde habían entrado se escucharon personas nerviosas, frases como "error técnico" y "hackeo" se oían.
-Si Margarett se entera se va a enojar -Morren le lanzó una mirada severa, claramente disgustada por su mal uso de habilidades. Adhelia solo le dio una sonrisa inocente, sus pestañas revolotearon como alas de mariposa en un vuelo frenético. Puso un dedo sobre sus labios, soltando un suave "shhh".
-Pero estas pobres cosas se sentían SOLAS, y Margarett no tiene por qué enterarse...
El tono persuasivo y meloso, junto a sus palabras, tuvieron un efecto inmediato en Morren. Como si hubieran apretado un interruptor, pasó de tener una expresión totalmente disgustada a una gran sonrisa de oreja a oreja.
-Bueno, si lo pones así. ¿Cómo estar en desacuerdo?
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VII
-Quiero decir, las batallas con pistolas láser son meh, pero... ¿alguna vez te has preguntado si las limpian? O sea, tú podrías estar usando una que, por alguna extraña razón, no limpiaron, que pasó entre manos de pubertos y niños de la primaria todos meados y feos.
Adhelia fue parloteando desde la salida del arcade al que habían entrado, por sugerencia de Morren, quejándose en cada oportunidad de TODO. Incluso se quejó de que los trajes de los empleados no estaban a la "onda" con el lugar y que el servicio era horrible.
-Además, el combate no es lo mío. No es que sea débil, es que arruinaría mi credibilidad y mi personalidad -explicó, como si fuera necesario realmente darle un "porqué" a toda cosa.
Incluso si decía no haberle gustado la experiencia, habiendo dejado una reseña digna de una Mili Pili de manual, las bolsas de mercancía en sus brazos contaban una historia distinta.
Morren apenas pudo ignorarla, sobre todo cuando se vio obligada a hacer equipo con ella para ganar. Peor aún, después de que al último minuto la traicionara para ganarse el peluche "Capitán Gato Espacial", y presumírselo más de diez minutos en su cara. Al menos ya había aprendido la lección: nunca volver a ir a un arcade con Adhelia nunca más.
-Aunque siento que deberías ir por más ropa...
Adhelia se detuvo de golpe, y Morren, que iba distraída detrás de la más alta, se chocó contra ella. Adhelia se dio la vuelta, con la expresión de alguien que recuerda algo.
-¿Y Margarett?
Morren miró hacia todos lados, sin encontrar a la antes mencionada. Se encogió de hombros, restandole importancia al asunto.
-No, es que pensé que nos buscaría... aunque no me guste -Adhelia miró en su muñeca su reloj de Hello Kitty, abriendo los ojos con cierta preocupación al ver que marcaban las 5:42 p. m.
-Ya debería habernos encontrado y llevado a casa -Morren asintió en acuerdo, viendo cómo Adhelia mordía su labio inferior con nervios y preocupación.
-Yo voy de este lado, y tú del otro. Así la encontramos más rápido.
Pese haberlo acordado, Adhelia se quedó quieta en su lugar, mirando a Morren caminar en sentido contrario.
Una vez que se aseguró de que se fue, su rostro cual máscara cambió, burlándose de su amiga por caer. Una sonrisa triunfante apareció en sus labios, tarareando en voz baja con un paso alegre.
-Sí, claro. Como si fuera a buscar a la amargada esa -habló para sí misma, entrando a la primera tienda de ropa que vio.
Su caminata fue interrumpida cuando al abrir la puerta -que para su desgracia o suerte, no eran automáticas- chocó contra el pecho de alguien. Se quejó, agarrándose la nariz y cayendo de trasero al piso.
-Oye, qué te... -cortó sus propias palabras al ver cómo el contrario le extendía la mano, y al alzar la vista lo vio. Un moreno alto de cabellos negros-... pasa.
Y su tono cambió de enojado a uno dulce, suave y rozando lo coqueto.
-Disculpa, ¿estás bien?
Incluso ante el intento del empleado de sonar cordial, la sonrisa de Adhelia no titubeó, se agrandó. El pobre hombre la miró ligeramente consternado, sintiendo como sus dedos se deslizaban entre los suyos casi acariciándolos para aceptar la ayuda.
-Estoy mejor que nunca.
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VIII
Morren realmente había intentado no distraerse, realmente lo intentó. Pero cada tienda, sección y pasillo parecían una trampa meticulosamente planeada por el sistema más maquiavélico del planeta tierra.
El capitalismo.
Claro, no era ajena a su propósito original. Encontrar a Margarett y volver a casa. Fácil. Simple. Solo tenía que preguntar por una mujer de cabellos grises, camisa verde con una carita feliz negra dibujada a mano. Y ya, eso era todo.
Pero... cada objeto, cada peluche detrás de mostradores y vidrieras era... atrayente.
Aunque lo negaba, se encontraba a sí misma rondando como abeja a la miel lugares con gran presencia de juguetes. Específicamente, peluches.
Bueno, Margarett puede esperar unos minutos.
Y más pronto que nunca había entrado, viendo con fascinación todos esos peluches. Se sentía en el paraíso terrenal.
Ni lenta ni perezosa, comenzó agarrando aquellos peluches que le llamaban la atención.
Tiburones, gatos, focas, rocas, mariposas, Pou, y sepa Erías qué más.
La última vez que vio tantos peluches tan diferentes fue en su visita a Arlands, en Arlans Lands World. El parque temático.
... aunque gracias a Adhelia fueron vetadas de por vida.
Pero no es momento de lamentarse por ello.
Tenía mucho para elegir, mucho tiempo y cero ganas de volver. Además, tendría más invitados para la próxima fiesta de té.
-Cerramos esta sección dentro de media hora -alguien se acercó, quien por su traje y placa que decía "Cashier", supuso rápidamente que era un empleado.
-Claro, solo compraré un par de cosas y me voy.
El chico frunció el ceño, con una cara de pocos amigos y unas ojeras que daban a entender lo poco que dormía. Se inclinó ligeramente para ver a la más baja, acomodando su gorra con un movimiento rápido y fluido.
-Bueno, tampoco me cuentes tu vida, eh. Vine a avisarte, no a hacer sociales. Compra y vete.
El tono brusco dejó a Morren sin palabras, viendo cómo aquella figura se marchaba en silencio. Por Erías, ¡eso fue realmente grosero!
Aunque, sinceramente, se le hacía conocido. Pero no recordaba de dónde lo conocía.
No importa, si tuviera que detenerse a sobrepensar en personas que se le cruzaban y se le hacían conocidas estaría todo el día. Y en realidad no tenía TANTO tiempo... o sea, sí pero no.
La actitud de ese empleado no le iba a amargar la tarde, ni mucho menos. Iba a pasársela bien SÍ o SÍ. Incluso si era a costa de la paciencia de ese tipo.
Espera...
¿A costa?...
Oh.
Definitivamente Margarett tenía razón cuando dijo que juntarse mucho con Adhelia, tarde o temprano, te pega un par de actitudes suyas.
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IX
-¿Estás soltero?
El pobre chico que atendía a Adhelia ya estaba perdiendo la cuenta de las veces que le había hecho tal pregunta, y pese a tener siempre la misma respuesta seguía.
-Perdón, tengo prohibido hablar de eso en horario de trabajo -dijo, otra vez, tratando de quitarse a la albina de encima. No podía negar que una parte suya quiso responder a la pregunta porque, demonios, era linda, pero su... forma de comportarse era un caso de estudio serio. Trató de fingir estar ocupado, acomodando un par de cosas ahí y allá, aún con la sensación de una mirada sobre él. Al levantar la cabeza entre los estantes, la vio, disimulando su claro interés viendo el primer artículo que encontró.
-¿No tienes nada más qué hacer? -ya no pudo morderse la lengua, y aunque se controló, su respuesta seguía siendo muy directa. Seca. Rozando lo grosero sin llegar a serlo.
-No, ¿y tú?
Era sorprendente la calma con la que hablaba, como si comentara casualmente sobre el clima. Y la pregunta en sí misma era muy estúpida.
-Trabajando.
-¿Y te gusta tu trabajo?
¿En serio le estaba preguntando ESO?
-Bueno, normalmente la gente ODIA su trabajo -le replicó ya con la irritación escapándose en cada pausa, volviendo al mostrador al ver que solo tendría que lidiar con esta rara. Aunque claramente prefería lidiar mil veces con un niño haciendo un berrinche.
-Bueno, normalmente. Eso depende de a quién le preguntes. No hay que juzgar un libro por su portada, dicen -caminó en su dirección, apoyando sus codos en la mesa y su barbilla en sus manos. Mirándolo atentamente, prestando cada segundo de su atención.
Alguien tiene que quitar ese refrán del bingo de las comedias románticas.
-No digas tonterías, ¿para qué estaría la tapa si no es para juzgar?
Ella soltó unas pequeñas e imperceptibles risas entre dientes, acercándose más y más lentamente contra el mostrador. Si hubiera sido en otro contexto, él le hubiera seguido el juego, mas estaba en horario laboral. No podía arriesgar su paga solo por una cara bonita.
-Hay buenos libros con portadas horribles, no todo es blanco y negro.
Espera, ¿en serio una persona daltónica hablando sobre blancos y negros?
-¿No vas a comprar nada? Estás por cruzar una línea peligrosa -viendo el pequeño reloj minimalista al lado de la caja registradora. 7:00 p. m. clavadas. Parecía que no tenía intención de irse pronto.
-Siempre y cuando el peligro tenga una linda cara a la que mirar, no me molestia verla de frente.
O sea, ¿qué demonios con esa frase? Esta tipa debió practicarla anteriormente... o tener demasiada imaginación.
-¿Qué insinúas? -el chico inclinó su rostro hacia un costado, tratando de entender a la chica delante suyo. O ella era muy mala con las indirectas o él era muy malo captándolas. Sea cual sea, realmente quería que su turno acabara ya.
-Sal conmigo esta noche.
-¿Disculpa?
Quiso oír mal, muy mal. Darse la vuelta y pedir que alguien más cubriera su turno. No por lo extraño de la situación, sino por la gran insistencia que ella mostraba. Y eso que seguía sin saber su nombre.
-Dime tu nombre -dijo, tratando de cortarla de raíz, pero su mensaje fue malinterpretado. Ahora se veía mucho más motivada. Genial.
-Sal conmigo y te lo diré.
No, ¿qué demonios?
-Dime tu nombre y te daré mi número -contraatacó él, manteniéndose firme. Bastante gracioso, su belleza sí que le estaba afectando bastante pero no iba a ceder. Le daría cualquier número menos el suyo.
-Sal conmigo y te diré mi nombre, mi número y trataré de no molestarte... mucho, si no te gusta la cita.
Y de ahí todo se descontroló.
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X
-¿Qué es crotolamo?... -se detuvo ante su propia pregunta, ahora consciente del juego de palabras que la morena de baja estatura le había hecho decir. Frotó el puente de su nariz con tres dedos, suspirando y pidiéndole a Erías paciencia.
-No vendemos... ¡lo que sea que sea eso! ¡Ahora lárgate antes de que te eche yo mismo!
-La mesa no está limpia y no se logra apreciar el color blanco -resaltó Morren, pasando un dedo por la superficie del mostrador al lado de la caja registradora. Al alzar su mano se mostró una fina capa de polvo en su dedo índice.
-Quéjate con el encargado de la limpieza, y no me molestes -Cashier se cruzó de brazos, sentado descuidadamente en la silla detrás del mostrador. Ahora mismo estaba siendo lo más agradable que podía llegar a ser.
-Y los colores de la pared no quedan con la temática. Los muebles, como los estantes, son demasiado simples y desencajan.
No sabía en qué momento ella se había vuelto decoradora profesional de interiores a tiempo parcial, pero la cara del hombre delante suyo valía cada segundo. Igual, sería la última vez que iría ahí.
-Mira, no fui yo quien se encargó de la decoración -su mano se apoyó en el mostrador, encorvándose para poder mirar a los ojos a la más pequeña. Su respuesta racional no la convenció ni la desmotivó.
Por unos segundos, hubo un silencio incómodo, y Morren dirigió su mirada al piso. Estaba cabizbaja. Pero cuando ya parecía a punto de rendirse volvió a levantar la cabeza, agarrando un bolígrafo de color rosa neón.
-Es una estafa, no brilla en la oscuridad.
-¡Pero si serás una...!
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XI
-Si sales conmigo te diré mi nombre y te pagaré -no sabían cómo llegaron a esta situación, cada vez más cerca del otro como si se estuvieran desafiando mutuamente.
-Bien, pero me tendrás que pagar quinientos en efectivo y me vas a llevar exactamente trescientos gramos de chocolate casero con maní -Adhelia no retrocedió ante el pedido tan descabellado, en cambio, se inclinó más hacia él hasta que sus narices se rozaron.
-¿Hecho por mí o por otra persona?
Su sonrisa no vaciló, se agrandó como si estuvieran jugando a un juego de dar y poder muy divertido. Esto solo frustró a nuestro pobre trabajador, quien intentaba imitar su sonrisa. No podía, esta mujer le estaba poniendo de los nervios y su sonrisa se deformaba en una mueca de frustración.
-Cualquiera me sirve, pero si no los haces tú tienen que ser el triple de lo que te pedí.
-Sin maní porque soy alérgica, y puedes irte en medio de la cita cuando quieras.
-Mejor el cuádruple, y cinco ramos de rosas rojas.
-¿De papel, naturales, compradas o de mi jardín?
Adhelia se acercó un poco más, ya a punto de subirse al mostrador. Él no retrocedió, también se acercó más poniendo sus manos encima de la mesa y poniéndose de puntillas.
-De tu jardín.
-Entonces mejor te doy diez y pago la cena.
-Que sea en el restaurante LUXX0's en la capital principal de Arlanslands. Tú pagas y reservas la mesa en la VIP. No estoy disponible los martes ni los jueves.
-¿Miércoles?
-No, mejor el lunes.
-Bien, entonces el lunes. ¿A qué hora?
El chico fingió pensar un momento, manteniendo el contacto visual sin pestañear ya desde que comenzaron con esta discusión estúpida. Mala idea, ya le dolían los ojos.
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XII
-La estructura es poco llamativa, el lugar es apartado y tienes que peinar cada esquina para encontrarlo. Y su servicio al cliente es tan horrible como la calidad de los bolígrafos que venden -no hubo recoveco o rincón de esas cuatro paredes que Morren no haya recorrido, observado y criticado. Cashier no podía creer que debía aguantar a una niña de menos de 1,50 m de altura quejándose de todo.
-Si no te gusta la calidad de los productos, ve a hablar con mi jefe, fenómeno -murmuró entre dientes, mirando con resentimiento cómo Morren se movía por aquí y por allá. Quería echarla a patadas tan rápido cerrara, y no faltaba mucho.
-Dicen también vender papelería pero lo que yo veo aquí apenas llenaría la cartuchera de un niño de primaria. Además de todo ser básico, nada llamativo ni variado.
Desacomodó a propósito papeles, libretas y lápices. Los dejó en el mostrador, mostrándolos y abriendo sin pensar cajas y envoltorios, probando cada uno de ellos. Cashier observó esto con incredulidad, esperaba que al menos pagara eso.
-Es como la gran depresión... en papelería. Solo mira esta hoja, parece un folio. Quiero dibujar, NO calcar. ¿Cuánto te pagan? ¿Diez la hora?
¿Qué le pasaba?
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XIII
-¡¿Te parece bien a las nueve?!
-¡No me parece bien, me parece EXCELENTE!
-¡¿Vas solo o te llevo yo?!
-¡Llévame TÚ!
Comenzaron a alzar la voz, tan cerca uno del otro que el concepto del espacio personal parecía no existir. Todo aquel pobre transeúnte que pasaba y tenía la desgracia de presenciar tal escena cambiaba sus planes a último momento.
-¡Si vamos a pie no, y tienes que conducir tú!
-¡¿Bien?!
-¡BIEN!
Ambos se dieron la mano, dándose un fuerte apretón de manos, como si acordaran un trato. Asintieron, separándose bruscamente uno del otro, y la cercanía entre ambos desapareció en cuanto Adhelia decidió darse la vuelta y marcharse.
Él tardó unos segundos en darse cuenta de lo que había hecho, y cuando la figura de la contraria no se logró ver, se dio cuenta. Varias cosas faltaban, y la máquina registradora tenía "error fatal" escrito en la pantalla con corazones y un "te veré luego, bebé".
Sabía que las personas con habilidades extraordinarias eran extrañas y problemáticas, pero no se imaginó toparse cara a cara con una. No debió haber bajado la guardia.
Su supervisor lo iba a matar.
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XIV
-¡VETE Y NO VUELVAS MÁS!
Cashier recién se vio enojado cuando la mercancía se vio afectada. Después de todo, se lo iban a descontar del sueldo. Así que empujó a Morren fuera apenas tuvo la chance.
-¡ESTÁS VETADA DE POR VIDA!
-¡TAMPOCO PLANEABA VOLVER!
La puerta se le cerró en la cara, pero no estaba enojada ni triste. Todo lo contrario, estaba contenta. Lo había sacado de sus casillas, lo hizo enojar y explotar. Eso ya era un logro en sí mismo, y también la primera vez que molestaba deliberadamente a alguien.
Definitivamente había aprendido de la mejor.
Cuando estuvo lo suficientemente lejos del lugar pudo divisar que varias secciones ya habían cerrado. Y ahí se acordó: tenía que buscar a Margarett.
El problema era que el shopping era grande, y como era la primera vez que iba, no lo conocía y no sabía dónde ir.
Estaba a punto de empezar a caminar cuando oyó unos gritos particularmente agudos y, sobre todo, irritantes, muy cerca. Ni siquiera tuvo que pensarlo. Reconocería esos chillidos parecidos a los de un chihuahua al que castran sin anestesia.
-¡Suéltame, me duele, me duele!
Margarett prácticamente arrastraba a Adhelia, sujetándola de la oreja. La regañaba.
-¿Quieres meternos en problemas, idiota? -exclamó Margarett, soltando a la mujer más alta. Adhelia se enderezó a regañadientes, frotándose la oreja como si se hubiera hecho una herida grave.
-¡Margarett, te estaba buscando!
Morren caminó alegremente, casi trotando, hacia las dos mujeres que parecían haber tenido una pelea digna de un espectáculo de lucha libre. Se detuvo frente a ellas y las abrazó en un repentino abrazo grupal. Estaba realmente asustada, pensando que se había perdido.
-¡Me estás aplastando el pelo, india! -se quejó Adhelia, intentando acomodarse en el abrazo, chocando accidentalmente con Margarett.
-¿No puedes quedarte quieta o tienes hormigas en el culo?
Ambas se movieron incómodamente en los brazos de la otra, sin ponerse de acuerdo sobre cómo abrazarse. Morren suspiró, esperando que terminaran su última discusión estúpida del día... con mucha suerte.
-¡Ay, no! ¡Ya no quiero nada, YA NO QUIERO NADA! -chilló, intentando en vano zafarse, mientras Margarett, fiel a su terquedad y para seguirle la contraria, la abrazaba con más fuerza. Morren no sabía cómo salir de entre las dos mujeres, que no parecían muy contentas.
-Más te vale no haber hecho nada más que usar tus habilidades porque...
Adhelia finalmente se separó, alisándose el pelo con una sonrisa que, aunque alegre y victoriosa, solo presagiaba problemas.
-¡TENGO UNA CITA! -exclamó, llevándose una mano a la cadera, levantando la otra y señalando con el índice como si acabara de decir algo importante.
-¡Genial! ¡Voy a tener otra tía... o tío! -Morren se alegró en parte de separarse del abrazo, pero también por Adhelia. Margarett no estaba nada contenta, sabiendo lo distorsionada que era la percepción de la realidad de su amiga.
-Mierda...
Otro tic -si es que eso es humanamente posible- apareció en su ojo. Se pasó la mano por la cara, imaginando mil escenarios: y todos salían mal.
-¡Lo supe en cuanto vi sus preciosos ojos, esto es una historia de amor!
Adhelia juntó las manos y entrelazó los dedos, perdida en sus pensamientos, con un rubor bastante visible en las mejillas.
Morren la observó con confusión, intercambiando una rápida mirada con Margarett.
-¿Y dónde encajamos nosotras en todo esto?
Adhelia se giró, aún rebosante de alegría. Las señaló, repitiendo la pregunta como si fuera obvia.
-¿Ustedes? -dijo, poniendo las manos en las caderas y entrecerrando los ojos con una amplia sonrisa-. ¡Ustedes son los extras homosexuales, obviamente!
-Aquí vamos otra vez... -murmuró Morren, viendo cómo Margarett se abalanzaba sobre Adhelia para estrangularla.
















