Se despierta de a poco, con la sensación de no haber dormido nada asida a los párpados. Tiene los rizos castaños enredados delante de la cara, húmedos por el sudor y la noche de verano, tan cargada como lo suele ser entre el pavimento y los edificios de la ciudad. Con un esfuerzo sobrehumano, echa un vistazo al reloj sobre la mesita de noche, los números verdes que cambian un momento después de que él posa su ojos claros sobre ellos. Pasan de las cinco y cuarto. Es temprano, demasiado incluso para levantarse “con tiempo”. Y si bien hoy es un día común y corriente (va a ir al trabajo, volver, le va a robar besos a Vincent con la excusa de que es mi cumpleaños. La temperatura será la misma que el día anterior y durante la madrugada el cielo estará igual de despejado, una bóveda lisa de un negro infinito que lo va a resguardar cuando vaya a dormir con las ventanas abiertas y Trent entrando al dormitorio a hurtadillas cuando estén dormidos), a los nervios que perturbaron su sueño los atribuye a otra cosa totalmente diferente. Finalmente, es veintidós. Es veintidós y no cree que nadie lo entienda muy bien, ese desagrado que la fecha le genera. Veintidós de junio y cumple veintiséis años... sin apartar los mechones de la frente, cierra los ojos con fuerza. Decide, en lugar de darle un pensamiento a nada más, avanzar hasta el otro lado de la cama. Moviéndolo con cuidado, se acomoda bajo su brazo. Percibe el calor de su piel y su respiración acompasada al acercarse, todavía un poco más, en busca de un tanto de alivio y otro poco de esconderse por completo del mundo cuando está a su lado. Así, guarecido entre su piel y las sábanas cálidas, la brisa del verano que se cuela por las ventanas abiertas del departamento, permanece un buen rato más. Por obra de un milagro, o de la mismísima presencia de Vincent, vuelve a dormirse. Es la alarma del despertador la que lo insta a alejarse de ese ínfimo pedazo de paraíso, del lugar en el que más le gusta estar, con un chillido apremiante. El deseo de quedarse ahí, enredado en la ropa de cama y su cuerpo, familiar y tibio, refugio, vuelve de golpe, arremetiendo con las mismas ganas de antes.
Madeline lo encuentra después del trabajo y le pasa, más bien a las apuradas, la caja maltratada que contiene la máquina para tatuar casera. Antes de irse (pero únicamente después de repetirle mil veces pero siempre con idéntica emoción las mismas dos palabras que Evan ha estado oyendo desde muy temprano en la mañana) le dice con una sonrisa que se verán en la noche. Viéndolo reticente, y lo cierto es que Evan estaba pensando ya en una manera sutil de escaparse del compromiso, la mayor suelta, totalmente calma, que no se preocupe por que ya todo está arreglado y lo verá, quiera o no, más tarde. Al subir al transporte, que viene prácticamente vacío por primera vez en una eternidad, Evan se pregunta si Vincent sabrá, o tendrá algo que ver con eso. El ansiado regreso a casa le lleva poco menos de media hora, aliviado el trayecto por el aire del final de la tarde que empieza a enfriarse gracias al descenso de la temperatura. Al abrir la puerta es lo mismo de siempre, dejar el manojo de llaves en la cerradura y avisar en voz alta (ese “ya llegué” al que se ha acostumbrado desde que Vincent está ahí con él) y al dar un paso hacia adentro Trent lo recibe con la misma felicidad de siempre. Mueve la cola (ese movimiento casi espasmódico que hace que tiemble todo su cuerpo y que golpee, en el venir corriendo desde su lugarcito en un rincón de la sala, todos los muebles que se le cruzan por delante) y salta, sentándose sobre los cuartos traseros cuando Evan se agacha para darle un beso en el hocico húmedo. Piensa que tendría que sacarlo a dar una vuelta antes de la noche, para aprovechar que todavía queda a disposición algún rezago de luz solar, y mira así la hora. El reloj marca que es todavía bastante temprano, que tiempo para fumar un cigarrillo en paz, sentado junto a la ventana, le sobra. Llevándose al final una mano a la cara, restriega la mejilla con los dedos (hallándola mojada por los besos recibidos, Trent como único responsable, levanta la camiseta y se limpia con torpeza)— ¿Vi? —inquiere en voz alta, dejando caer la mochila a un costado del refrigerador. A la caja, la tapa que se desprende y cae también sobre la superficie, exponiendo el contenido del paquete, la deposita con cuidado sobre la mesa de la cocina. Como si las extremidades estuviesen hechas de cemento, los movimientos pesados, patea la mochila y toma del refrigerador una lata de cerveza. “¿No vas a comer nada primero?” diría Loise y, lo cierto es, ahí va de nuevo la excusa, único propósito al que sirve este día: es mi cumpleaños.