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letâs go to McDonalds for ice creams at 2am
te mereces un amor que no te hiera
te mereces amigos que no te fallen
te mereces a alguien que se quede
Te mereces una familia que no se rompa
Te mereces personas que te extraĂąen
Te mereces la mejor autoestima.
Te mereces dĂas felices
Te mereces sanar.Â
Te mereces puras cosas bonitas
Te mereces lo mejor siempre.
Te mereces a ti mismo
Te mereces todo lo que puedas imaginar.
Te mereces tanto , pero te sientes tan poco..
Te mereces todo el amor que les das a los demĂĄs.
Te mereces un amor que no le haga daĂąo a tu corazĂłnâ¤.
Te mereces todo lo que crees no merecer.
Te mereces ser queridx y no usadx.
Te mereces sexo todos los dĂas
Te mereces un âtranquilx, todo va a estar bienâ :(
Te mereces vivir sin remordimientos :)
EL LIBRO
Jorge Luis Borges
De los diversos instrumentos del hombre, el mĂĄs asombroso es, sin duda, el libro. Los demĂĄs son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el telĂŠfono es extensiĂłn de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensiĂłn de la memoria y de la imaginaciĂłn.
En CĂŠsar y Cleopatra de Shaw, cuando se habla de la biblioteca de AlejandrĂa se dice que es la memoria de la humanidad. Eso es el libro y es algo mĂĄs tambiĂŠn, la imaginaciĂłn. Porque, ÂżquĂŠ es nuestro pasado sino una serie de sueĂąos? ÂżQuĂŠ diferencia puede haber entre recordar sueĂąos y recordar el pasado? Esa es la funciĂłn que realiza el libro.
Yo he pensado, alguna vez, escribir una historia del libro. No desde el punto de vista fĂsico. No me interesan los libros fĂsicamente (sobre todo los libros de los bibliĂłfilos, que suelen ser desmesurados), sino las diversas valoraciones que el libro ha recibido. He sido anticipado por Spengler, en su Decadencia de Occidente, donde hay pĂĄginas preciosas sobre el libro. Con alguna observaciĂłn personal, pienso atenerme a lo que dice Spengler.
Los antiguos no profesaban nuestro culto del libro âcosa que me sorprende; veĂan en el libro un sucedĂĄneo de la palabra oral. Aquella frase que se cita siempre: Scripta manent, verba volant, no significa que la palabra oral sea efĂmera, sino que la palabra escrita es algo duradero y muerto. En cambio, la palabra oral tiene algo de alado, de liviano; alado y sagrado, como dijo PlatĂłn. Todos los grandes maestros de la humanidad han sido, curiosamente, maestros orales.
Tomaremos el primer caso: PitĂĄgoras. Sabemos que PitĂĄgoras no escribiĂł deliberadamente. No escribiĂł porque no quiso atarse a una palabra escrita. SintiĂł, sin duda, aquello de que la letra mata y el espĂritu vivifica, que vendrĂa despuĂŠs en la Biblia. El debiĂł sentir eso, no quiso atarse a una palabra escrita; por eso AristĂłteles no habla nunca de PitĂĄgoras, sino de los pitagĂłricos. Nos dice, por ejemplo, que los pitagĂłricos profesaban la creencia, el dogma, del eterno retorno, que muy tardĂamente descubrirĂa Nietzsche. Es decir, la idea del tiempo cĂclico, que fue refutada por San AgustĂn en La ciudad de Dios. San AgustĂn dice con una hermosa metĂĄfora que la cruz de Cristo nos salva del laberinto circular de los estoicos. La idea de un tiempo cĂclico fue rozada tambiĂŠn por Hume, por Blanqui... y por tantos otros.
PitĂĄgoras no escribiĂł voluntariamente, querĂa que su pensamiento viviese mĂĄs allĂĄ de su muerte corporal, en la mente de sus discĂpulos. AquĂ vino aquello de (yo no sĂŠ griego, tratarĂŠ de decirlo en latĂn) Magister dixit (el maestro lo ha dicho). Esto no significa que estuvieran atados porque el maestro lo habĂa dicho; por el contrario, afirma la libertad de seguir pensando el pensamiento inicial del maestro.
No sabemos si iniciĂł la doctrina del tiempo cĂclico, pero sĂ sabemos que sus discĂpulos la profesaban. PitĂĄgoras muere corporalmente y ellos, por una suerte de transmigraciĂłn âesto le hubiera gustado a PitĂĄgorasâ siguen pensando y repensando su pensamiento, y cuando se les reprocha el decir algo nuevo, se refugian en aquella fĂłrmula: el maestro lo ha dicho (Magister dixit).
Pero tenemos otros ejemplos. Tenemos el alto ejemplo de PlatĂłn, cuando dice que los libros son como efigies (puede haber estado pensando en esculturas o en cuadros), que uno cree que estĂĄn vivas, pero si se les pregunta algo no contestan. Entonces, para corregir esa mudez de los libros, inventa el diĂĄlogo platĂłnico. Es decir, PlatĂłn se multiplica en muchos personajes: SĂłcrates, Gorgias y los demĂĄs. TambiĂŠn podemos pensar que PlatĂłn querĂa consolarse de la muerte de SĂłcrates pensando que SĂłcrates seguĂa viviendo. Frente a todo problema ĂŠl se decĂa: ÂżquĂŠ hubiera dicho SĂłcrates de esto? AsĂ, de algĂşn modo, fue la inmortalidad de SĂłcrates, quien no dejĂł nada escrito, y tambiĂŠn un maestro oral. De Cristo sabemos que escribiĂł una sola vez algunas palabras que la arena se encargĂł de borrar. No escribiĂł otra cosa que sepamos. El Buda fue tambiĂŠn un maestro oral; quedan sus prĂŠdicas. Luego tenemos una frase de San Anselmo: Poner un libro en manos de un ignorante es tan peligroso como poner una espada en manos de un niĂąo. Se pensaba asĂ de los libros. En todo Oriente existe aĂşn el concepto de que un libro no debe revelar las cosas; un libro debe, simplemente, ayudarnos a descubrirlas. A pesar de mi ignorancia del hebreo, he estudiado algo de la CĂĄbala y he leĂdo las versiones inglesas y alemanas del Zohar (El libro del esplendor), El SĂŠfer Yezira (El libro de las relaciones). SĂŠ que esos libros no estĂĄn escritos para ser entendidos, estĂĄn hechos para ser interpretados, son acicates para que el lector siga el pensamiento. La antigĂźedad clĂĄsica no tuvo nuestro respeto del libro, aunque sabemos que Alejandro de Macedonia tenĂa bajo su almohada la IlĂada y la espada, esas dos armas. HabĂa gran respeto por Homero, pero no se lo consideraba un escritor sagrado en el sentido que hoy le damos a la palabra. No se pensaba que la IlĂada y la Odisea fueran textos sagrados, eran libros respetados, pero tambiĂŠn podĂan ser atacados.
PlatĂłn pudo desterrar a los poetas de su RepĂşblica sin caer en la sospecha de herejĂa. De estos testimonios de los antiguos contra el libro podemos agregar uno muy curioso de SĂŠneca. En una de sus admirables epĂstolas a Lucilio hay una dirigida contra un individuo muy vanidoso, de quien dice que tenĂa una biblioteca de cien volĂşmenes; y quiĂŠn âse pregunta SĂŠnecaâ puede tener tiempo para leer cien volĂşmenes. Ahora, en cambio, se aprecian las bibliotecas numerosas.
En la antigĂźedad hay algo que nos cuesta entender, que no se parece a nuestro culto del libro. Se ve siempre en el libro a un sucedĂĄneo de la palabra oral, pero luego llega del Oriente un concepto nuevo, del todo extraĂąo a la antigĂźedad clĂĄsica: el del libro sagrado. Vamos a tomar dos ejemplos, empezando por el mĂĄs tardĂo: los musulmanes. Estos piensan que el CorĂĄn es anterior a la creaciĂłn, anterior a la lengua ĂĄrabe; es uno de los atributos de Dios, no una obra de Dios; es como su misericordia o su justicia. En el CorĂĄn se habla en forma asaz misteriosa de la madre del libro. La madre del libro es un ejemplar del CorĂĄn escrito en el cielo. VendrĂa a ser el arquetipo platĂłnico del CorĂĄn, y ese mismo libro âlo dice el CorĂĄnâ, ese libro estĂĄ escrito en el cielo, que es atributo de Dios y anterior a la creaciĂłn. Esto lo proclaman los sulems o doctores musulmanes.
Luego tenemos otros ejemplos mĂĄs cercanos a nosotros: la Biblia o, mĂĄs concretamente, la TorĂĄ o el Pentateuco. Se considera que esos libros fueron dictados por el EspĂritu Santo. Esto es un hecho curioso: la atribuciĂłn de libros de diversos autores y edades a un solo espĂritu; pero en la Biblia misma se dice que el EspĂritu sopla donde quiere. Los hebreos tuvieron la idea de juntar diversas obras literarias de diversas ĂŠpocas y de formar con ellas un solo libro, cuyo tĂtulo es TorĂĄ (Biblia en griego). Todos estos libros se atribuyen a un solo autor: el EspĂritu.
A Bernard Shaw le preguntaron una vez si creĂa que el EspĂritu Santo habĂa escrito la Biblia. Y contestĂł: Todo libro que vale la pena de ser releĂdo ha sido escrito por el EspĂritu. Es decir, un libro tiene que ir mĂĄs allĂĄ de la intenciĂłn de su autor. La intenciĂłn del autor es una pobre cosa humana, falible, pero en el libro tiene que haber mĂĄs. El Quijote, por ejemplo, es mĂĄs que una sĂĄtira de los libros de caballerĂa. Es un texto absoluto en el cual no interviene, absolutamente para nada, el azar.
Pensemos en las consecuencias de esta idea. Por ejemplo, si yo digo:
Corrientes aguas, puras, cristalinas,
ĂĄrboles que os estĂĄis mirando en ellas
verde prado, de fresca sombra lleno
es evidente que los tres versos constan de once sĂlabas. Ha sido querido por el autor, es voluntario.
Pero, quĂŠ es eso comparado con una obra escrita por el EspĂritu, quĂŠ es eso comparado con el concepto de la Divinidad que condesciende a la literatura y dicta un libro. En ese libro nada puede ser casual, todo tiene que estar justificado, tienen que estar justificadas las letras. Se entiende, por ejemplo, que el principio de la Biblia: Bereshit baraelohim comienza con una B porque eso corresponde a bendecir. Se trata de un libro en el que nada es casual, absolutamente nada. Eso nos lleva a la CĂĄbala, nos lleva al estudio de las letras, a un libro sagrado dictado por la divinidad que viene a ser lo contrario de lo que los antiguos pensaban. Estos pensaban en la musa de modo bastante vago.
Canta, musa, la cĂłlera de Aquiles, dice Homero al principio de la IlĂada. AhĂ, la musa corresponde a la inspiraciĂłn. En cambio, si se piensa en el EspĂritu, se piensa en algo mĂĄs concreto y mĂĄs fuerte: Dios, que condesciende a la literatura. Dios, que escribe un libro; en ese libro nada es casual: ni el nĂşmero de las letras ni la cantidad de sĂlabas de cada versĂculo, ni el hecho de que podamos hacer juegos de palabras con las letras, de que podamos tomar el valor numĂŠrico de las letras. Todo ha sido ya considerado.
El segundo gran concepto del libro ârepitoâ es que pueda ser una obra divina. QuizĂĄ estĂŠ mĂĄs cerca de lo que nosotros sentimos ahora que de la idea del libro que tenĂan los antiguos: es decir, un mero sucedĂĄneo de la palabra oral. Luego decae la creencia en un libro sagrado y es reemplazada por otras creencias. Por aquella, por ejemplo, de que cada paĂs estĂĄ representado por un libro. Recordemos que los musulmanes denominan a los israelitas, la gente del libro; recordemos aquella frase de Heinrich Heine sobre aquella naciĂłn cuya patria era un libro: la Biblia, los judĂos. Tenemos entonces un nuevo concepto, el de que cada paĂs tiene que ser representado por un libro; en todo caso, por un autor que puede serlo de muchos libros.
Es curioso âno creo que esto haya sido observado hasta ahoraâ que los paĂses hayan elegido individuos que no se parecen demasiado a ellos. Uno piensa, por ejemplo, que Inglaterra hubiera elegido al doctor Johnson como representante; pero no, Inglaterra ha elegido a Shakespeare, y Shakespeare es âdigĂĄmoslo asĂâ el menos inglĂŠs de los escritores ingleses. Lo tĂpico de Inglaterra es el understatement, es el decir un poco menos de las cosas. En cambio, Shakespeare tendĂa a la hipĂŠrbole en la metĂĄfora, y no nos sorprenderĂa nada que Shakespeare hubiera sido italiano o judĂo, por ejemplo.
Otro caso es el de Alemania; un paĂs admirable, tan fĂĄcilmente fanĂĄtico, elige precisamente a un hombre tolerante, que no es fanĂĄtico, y a quien no le importa demasiado el concepto de patria; elige a Goethe. Alemania estĂĄ representada por Goethe.
En Francia no se ha elegido un autor, pero se tiende a Hugo. Desde luego, siento una gran admiraciĂłn por Hugo, pero Hugo no es tĂpicamente francĂŠs. Hugo es extranjero en Francia; Hugo, con esas grandes decoraciones, con esas vastas metĂĄforas, no es tĂpico de Francia.
Otro caso aĂşn mĂĄs curioso es el de EspaĂąa. EspaĂąa podrĂa haber sido representada por Lope, por CalderĂłn, por Quevedo. Pues no. EspaĂąa estĂĄ representada por Miguel de Cervantes. Cervantes es un hombre contemporĂĄneo de la InquisiciĂłn, pero es tolerante, es un hombre que no tiene ni las virtudes ni los vicios espaĂąoles.
Es como si cada paĂs pensara que tiene que ser representado por alguien distinto, por alguien que puede ser, un poco, una suerte de remedio, una suerte de triaca, una suerte de contraveneno de sus defectos. Nosotros hubiĂŠramos podido elegir el Facundo de Sarmiento, que es nuestro libro, pero no; nosotros, con nuestra historia militar, nuestra historia de espada, hemos elegido como libro la crĂłnica de un desertor, hemos elegido el MartĂn Fierro, que si bien merece ser elegido como libro, Âżcomo pensar que nuestra historia estĂĄ representada por un desertor de la conquista del desierto? Sin embargo, es asĂ; como si cada paĂs sintiera esa necesidad.
Sobre el libro han escrito de un modo tan brillante tantos escritores. Yo quiero referirme a unos pocos. Primero me referirĂŠ a Montaigne, que dedica uno de sus ensayos al libro. En ese ensayo hay una frase memorable: No hago nada sin alegrĂa. Montaigne apunta a que el concepto de lectura obligatoria es un concepto falso. Dice que si ĂŠl encuentra un pasaje difĂcil en un libro, lo deja; porque ve en la lectura una forma de felicidad.
Recuerdo que hace muchos aĂąos se realizĂł una encuesta sobre quĂŠ es la pintura. Le preguntaron a mi hermana Norah y contestĂł que la pintura es el arte de dar alegrĂa con formas y colores. Yo dirĂa que la literatura es tambiĂŠn una forma de la alegrĂa. Si leemos algo con dificultad, el autor ha fracasado. Por eso considero que un escritor como Joyce ha fracasado esencialmente, porque su obra requiere un esfuerzo.
Un libro no debe requerir un esfuerzo, la felicidad no debe requerir un esfuerzo. Pienso que Montaigne tiene razĂłn. Luego enumera los autores que le gustan. Cita a Virgilio, dice preferir las GeĂłrgicas a la Eneida; yo prefiero la Eneida, pero eso no tiene nada que ver. Montaigne habla de los libros con pasiĂłn, pero dice que aunque los libros son una felicidad, son, sin embargo, un placer lĂĄnguido.
Emerson lo contradice âes el otro gran trabajo sobre los libros que existeâ. En esa conferencia, Emerson dice que una biblioteca es una especie de gabinete mĂĄgico. En ese gabinete estĂĄn encantados los mejores espĂritus de la humanidad, pero esperan nuestra palabra para salir de su mudez. Tenemos que abrir el libro, entonces ellos despiertan. Dice que podemos contar con la compaĂąĂa de los mejores hombres que la humanidad ha producido, pero que no los buscamos y preferimos leer comentarios, crĂticas y no vamos a lo que ellos dicen.
Yo he sido profesor de literatura inglesa, durante veinte aĂąos, en la Facultad de FilosofĂa y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Siempre les he dicho a mis estudiantes que tengan poca bibliografĂa, que no lean crĂticas, que lean directamente los libros; entenderĂĄn poco, quizĂĄ, pero siempre gozarĂĄn y estarĂĄn oyendo la voz de alguien. Yo dirĂa que lo mĂĄs importante de un autor es su entonaciĂłn, lo mĂĄs importante de un libro es la voz del autor, esa voz que llega a nosotros.
Yo he dedicado una parte de mi vida a las letras, y creo que una forma de felicidad es la lectura; otra forma de felicidad menor es la creaciĂłn poĂŠtica, o lo que llamamos creaciĂłn, que es una mezcla de olvido y recuerdo de lo que hemos leĂdo.
Emerson coincide con Montaigne en el hecho de que debemos leer Ăşnicamente lo que nos agrada, que un libro tiene que ser una forma de felicidad. Le debemos tanto a las letras. Yo he tratado mĂĄs de releer que de leer, creo que releer es mĂĄs importante que leer, salvo que para releer se necesita haber leĂdo. Yo tengo ese culto del libro. Puedo decirlo de un modo que puede parecer patĂŠtico y no quiero que sea patĂŠtico; quiero que sea como una confidencia que les realizo a cada uno de ustedes; no a todos, pero sĂ a cada uno, porque todos es una abstracciĂłn y cada uno es verdadero.
Yo sigo jugando a no ser ciego, yo sigo comprando libros, yo sigo llenando mi casa de libros. Los otros dĂas me regalaron una ediciĂłn del aĂąo 1966 de la Enciclopedia de Brokhause. Yo sentĂ la presencia de ese libro en mi casa, la sentĂ como una suerte de felicidad. AhĂ estaban los veintitantos volĂşmenes con una letra gĂłtica que no puedo leer, con los mapas y grabados que no puedo ver; y sin embargo, el libro estaba ahĂ. Yo sentĂa como una gravitaciĂłn amistosa del libro. Pienso que el libro es una de las posibilidades de felicidad que tenemos los hombres.
Se habla de la desapariciĂłn del libro; yo creo que es imposible. Se dirĂĄ quĂŠ diferencia puede haber entre un libro y un periĂłdico o un disco. La diferencia es que un periĂłdico se lee para el olvido, un disco se oye asimismo para el olvido, es algo mecĂĄnico y por lo tanto frĂvolo. Un libro se lee para la memoria.
El concepto de un libro sagrado, del CorĂĄn o de la Biblia, o de los Vedas âdonde tambiĂŠn se expresa que los Vedas crean el mundoâ, puede haber pasado, pero el libro tiene todavĂa cierta santidad que debemos tratar de no perder. Tomar un libro y abrirlo guarda la posibilidad del hecho estĂŠtico. ÂżQuĂŠ son las palabras acostadas en un libro? ÂżQuĂŠ son esos sĂmbolos muertos? Nada absolutamente. ÂżQuĂŠ es un libro si no lo abrimos? Es simplemente un cubo de papel y cuero, con hojas; pero si lo leemos ocurre algo raro, creo que cambia cada vez.
HerĂĄclito dijo (lo he repetido demasiadas veces) que nadie baja dos veces al mismo rĂo. Nadie baja dos veces al mismo rĂo porque las aguas cambian, pero lo mĂĄs terrible es que nosotros somos no menos fluidos que el rĂo. Cada vez que leemos un libro, el libro ha cambiado, la connotaciĂłn de las palabras es otra. AdemĂĄs, los libros estĂĄn cargados de pasado.
He hablado en contra de la crĂtica y voy a desdecirme (pero quĂŠ importa desdecirme). Hamlet no es exactamente el Hamlet que Shakespeare concibiĂł a principios del sigio XVII, Hamlet es el Hamlet de Coleridge, de Goethe y de Bradley. Hamlet ha sido renacido. Lo mismo pasa con el Quijote. Igual sucede con Lugones y MartĂnez Estrada, el MartĂn Fierro no es el mismo. Los lectores han ido enriqueciendo el libro.
Si leemos un libro antiguo es como si leyĂŠramos todo el tiempo que ha transcurrido desde el dĂa en que fue escrito y nosotros. Por eso conviene mantener el culto del libro. El libro puede estar lleno de erratas, podemos no estar de acuerdo con las opiniones del autor, pero todavĂa conserva algo sagrado, algo divino, no con respeto superticioso, pero sĂ con el deseo de encontrar felicidad, de encontrar sabidurĂa.
Eso es lo que querĂa decirles hoy.
Jorge Luis Borges, Borges oral. Alianza Editorial.
nadie me elegirĂa a mi jaja

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Took a break in-between working on different projects to draw a picture of art kidâ . The picture I used as a reference is hers.Â
En este punto, ya me arden mucho los ojos y los labios, la cabeza me duele un montĂłn y tengo nĂĄuseas. Pero, nada va a hacer que me rinda, yo sigo luchando porque a mĂ sĂ me duele mi paĂs.
#Seguimosenpiedelucha
- Alejandra RodrĂguez.
El paro continĂşa
#23N
Solo siento un vacĂo inmenso que me estĂĄ consumiendo. Solo eso.
ThomĂĄs.
Que te diga cosas lindas porque si porque le gustas porque le nace.
ajĂĄ

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QuizĂĄ maĂąana cuando estemos viejos, y se nos arrugue un poco el corazĂłn, sabre querer mejor.
LeĂ nuestras antiguas conversaciones
LeĂ nuestras antiguas conversaciones
Con cada palabra, me encerrĂŠ en un cĂrculo de dolor y desesperanza-de nuevo-, recordando lo que pudimos ser pero no quisimos.
No quise, no lo intente.
Me asuste tanto al pensar que perderĂa mi libertad que terminĂŠ perdiendo mi esencia.
Lo siento, realmente, por haberme cerrado a nuestra oportunidad.
Se desvanecieron mis ganas de intentarlo de nuevo despuĂŠs de que te deje ir... Lo siento
Es tan lindoooo y yo tan iug

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mi propia actitud me estresa a veces
i just want a girl who touches me distractedly. like sitting watching a movie and she just kinds of drags her fingers over your skin while watching and she doesnât have a motive sheâs not trying to tickle you or be sexual with you sheâs just touching your skin and feeling the shape of your bones under that skin like itâs physically comforting for her to know that youâre there right under her fingertips