Filking de Obsesión, por Labala Rodríguez y Monserrat Acuña.
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Presentaciones en Querétaro, marzo de 2019.
Su cuerpo dejarán, las intimidades de nuestras abuelas
Anaclara Muro
Texto leído en Querétaro, Qro., el 21 de marzo de 2019
Alguna vez tuve una abuela. Solo una. Y alguna vez me fui a vivir con mi abuela. Yo pasaba por un momento difícil y esa fue la salida. Y la entrada a un mundo de rutinas y obsesiones. A sus hijos les pareció bien porque ya se estaba volviendo peligroso que ella viviera sola. Por eso, cuando yo llegué, comenzaban las restricciones y su rebeldía; y es que ella siempre había sido independiente, iba a conciertos, al cine, a comprar el pan. Todavía manejaba, sí, en la ciudad más caótica de este país. Vi mi vida pasar un par de veces, porque si de por sí siempre había sido muy alocada al volante (los domingos no valían los semáforos, decía), sin reflejos, con su admirable sentido de la ubicación desorientado, con los edificios nuevos y los arreglos a las calles, con su vista sumamente disminuida, era imposible que ese fuera un viaje agradable, seguro o siquiera que cumpliera su objetivo. Claro, cuando la policía la paraba usaba su carta de viejita, ni modo que el señor oficial le dijera algo. Nada le importaba, todo lo quería hacer sola y no le gustaba depender de nadie. Siempre fue así, autosuficiente y arriesgada. Pero comenzaron los regaños, las caídas y las preocupaciones de todos.
Una vez me dijo, hoy voy a llegar tarde, voy a un concierto. A mí no se me ocurrió decirle nada, era su casa, era su vida. Pero cuando llegué en la tarde el teléfono estaba sonando, era mi tía, me preguntó por mi abuela, despreocupada dije que había ido a un concierto, no hubiera dicho eso, me gritó por el teléfono que cómo podía ser, que cómo era tan irresponsable por irse así nada más, colgué aturdida y esperé. Todavía mi tía alcanzó a marcar varias veces antes de que llegara mi abuela, feliz, quitada de la pena, emocionada porque le había gustado mucho el concierto. Tuve que interrumpirla para decirle que era urgente que le marcara a mi tía. Esa llamada no salió bien.
Mi lugar ahí siempre fue ambiguo, oscilaba entre cuidar y ser cuidada. Mi abuela claramente pensaba que me cuidaba. Se preocupaba por mi alimentación, mi estado emocional, mi tiempo libre, mi seguridad en la vía pública. Nunca nadie ha observado tanto lo que comía, lo que hacía, cómo guardaba mi pijama.
Y es que cualquier cambio que alterara el orden en esa casa la alteraba a ella. Un día, por ejemplo, no llegaba Elena, la mujer que se preocupaba por todos esos detalles importantes para mi abuela y todos quienes la rodeaban, mi tía, mi mamá, el doctor, el cuidador. Elena barría la calle, como lo hizo mi abuela a las 5 de la mañana como por 40 años. ¡La calle no se ha barrido! Qué vamos a hacer. Mi abuela estaba pegada a la ventana, angustiada por la calle. Y yo pude haber sido acomedida e irme a barrer la calle, pero había dos impedimentos, que ahora es fácil de entender como pretextos. El primero es que cuando yo me ponía a hacer algo que no me correspondía en su organigrama mental, entonces sí, mi abuela se desvivía por decirme que no tenía importancia, que no lo hiciera, que ya luego, había cosas que podía pedirme y otras que simplemente era imposible que hiciera. La otra, mucho más pesada en mi desidia por ofrecerme: yo no lograba comprender la importancia de que la calle se barriera, porque bueno, es la calle, tiene tierra y algunas hojas, pero bueno, no es una tragedia, mi abuela ni siquiera tenía a qué salir, no es como fuera a resbalarse con una hoja cuando pasara. Esto era una tragedia que yo no entendía y que nunca iba a entender. A mi abuela y a mí, a diferencia de otras abuelas con otras nietas, que van mucho más rápido por la vida, nos separaban más de 50 años.
De un día para otro me encontré viviendo con alguien que ya había vivido todos los problemas que alguien puede tener, y que sin embargo, buscaba una forma de ayudarme a sobreponerme a mis propios problemas. Mi abuela, que había vivido una realidad completamente distinta a la mía, me entendía de una forma extraña. Tenía una extraña facilidad para saltarse todos esos años que se nos separaban y acercarse a mi realidad, adivinar mis intereses y mis preocupaciones.
Mi abuela me cuidó, yo la cuidé también, ahora lo sé con certeza. No es fácil vivir con una anciana, siempre corre el peligro de caerse, a veces despierta y le duele todo, a veces tiene que ir al doctor, a veces tiene que acompañarla a un concierto, a veces tienes que llegar temprano porque si no se preocupa, a veces amanece de malas y puede llegar a ser despiadada con sus comentarios hirientes, a veces tienes que comer de más en señal de agradecimiento y muchas veces tienes que escuchar las mismas historias.
¿Y qué tienen que ver las abuelas con este libro? Todo, por supuesto. Las abuelas son el eje sobre el que giran la mayoría de las familias, las abuelas reúnen, causan conflictos, nos provocan todo tipo de emociones. Las abuelas están para regañarnos y ser regañadas, para cuidar y ser cuidadas. Las abuelas existen en nuestras vidas, desde el cariño, el rencor, la necesidad y el agradecimiento, todo mezclado y hecho bolas. Porque así son las vidas y así somos las personas.
El libro de Ale llegó como una revelación de que lo que yo había vivido no era una sinrazón, que mis sentimientos no estaban mal, que podía querer muchísimo a mi abuela, pero estar cansada de ella, enojada y hasta harta, que podía disfrutar o sufrir según amaneciéramos las dos.
El libro Su cuerpo dejarán es un libro necesario para todes porque todes tenemos un cuerpo que envejecen y vivimos rodeados de personas con cuerpos que envejecen. Y necesitamos crear estrategias para vivir los finales de nuestras vidas de forma digna y, con suerte, placentera. Necesitamos estrategias para sobreponernos a la precariedad de nuestros trabajos y crear una comunidad de apoyo en la que no tengamos que cargar unos más que otros, soportar unos más que otros ni disfrutar unos menos que otros o descansar unos menos que otros.
Es un libro personal y es un libro político, es un libro que está ahí como una puerta a la intimidad de Autora, pero también como una puerta a nuestra propia intimidad. Es un libro que nos enfrenta con nuestras abuelas, nuestras madres, nuestras migradas, nuestros tíos que se sientan en el sillón a platicar y no mueven ni un dedo; nos enfrenta con nuestra necesidad de poner límites en algunas ocasiones y ceder en otras, con la certeza de que lo único que tenemos es esa comunidad que estamos construyendo para vivir la vida cuando se ponga difícil, pero también cuando puede ser sumamente feliz y amorosa. Su cuerpo dejarán es un recordatorio de que el tiempo pasa, y sí, envejecemos, pero mientras tenemos que encontrar la forma de disfrutarlo con las personas que queremos.
Presentación de Su cuerpo dejarán: Alaíde Ventura
Marzo, 2019
AVM presenta a AMV
Página 35 de la nueva edición. Página 31 de la vieja. Perdón por el narcisismo, pero esa soy yo: A. A de Amiguiz o de Alaíde. Alejandra me convierte en un personaje de su narración. Sería más acertado decir que en personaje me convertí yo misma desde el primer momento en que me conecté a internet.
En el apartado en el que, generosamente, Ale me permite figurar, ella dice que soy una persona joven. Me gusta que me perciba así. Yo no me siento tan joven, y esto me causa infelicidad. Una de las más grandes ironías de mi vida es que he dedicado años de estudio a desmenuzar las categorías negativas que rodean a la vejez, tales como decadencia, enfermedad, pasividad y obsolescencia, pero no he logrado desarraigarlas adentro, en mi propia percepción, en mi día a día. En mi cora, dirían los chavos, sector al que, por supuesto, yo me adscribo. No me molestan mis canas, pero me aterra la posibilidad de perder la memoria en un futuro no tan lejano. Depender de otros. Que alguien me cuide. O peor: que nadie lo haga.
Quizá sea buen momento para advertirles que yo vine aquí a entristecerlos. No, mejor: a aterrorizarlos.
En fin. Que Alejandra me perciba como una persona joven me alegra. Leo el libro con más gusto. Mientras recorro las páginas, voy recordando con nitidez cómo fue aquel primer encuentro que tuvimos ella y yo. Qué es el recuerdo sino una mera verosimilitud. Algo que pudo o no haber ocurrido, pero que encaja a la perfección con el resto de las piezas y nos otorga cierta paz. Cotejo entonces mi propio recuerdo con el de ella, al estilo de las primeras dos temporadas de The Affair.
Esta sería la versión de Alaíde. Digo, de A:
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Es el año 2016. Leo regularmente la columna de una escritora que firma como Alejandra Eme Uve. Ella no lo sabe todavía, pero la admiro. Envidio esa manera suya de ensayar, trenzando lo personal con lo público a través de una cierta etnografía de lo doméstico.
Un día, ella escribe una columna muy fuerte que me conmueve hasta las lágrimas y me decido a mandarle un mensaje privado. Comenzamos entonces una amistad fundada en el llanto, en el humor y el chisme, como todas las buenas amistades, o eso creo en aquel entonces. Sellamos la relación confesando un par de odios bastante íntimos, que creo que todavía nos siguen uniendo.
Un día de verano, para entonces ya estamos en 2017, de pronto el chat comienza a parecer limitado para tantas palabras que intercambiamos. Así que quedamos para comer. Le digo que me muevo por la zona centro sur de la ciudad y ella me sugiere que nos veamos en Coyoacán. “Cuido a mi abuela y me desocupo como a las tres”, me dice, y yo me quedo pensando en estas palabras durante horas, hasta que llega el momento de verla.
Mientras pedaleo hacia la cita, pienso en las preguntas que quiero hacerle, y en todas las connotaciones de la frase que ha dicho: “Cuido a mi abuela”. Sé que ella es especialista en lo doméstico, durante varios meses ofreció un curso gratuito en la biblioteca Vasconcelos, al que nunca pude ir porque en aquella época todavía tenía trabajo.
“Cuido a mi abuela”.
Inevitablemente, pienso en la mía. En doña Eva y su memoria extraviada. En sus cuidadoras de tiempo completo. Y en mi mamá, que absorbe la carga económica y emocional de coordinar sus cuidados casi por completo. Y en cómo un buen cuidador acaso sea como un buen mesero: que si desempeña correctamente su trabajo, este resulta imperceptible.
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Lo primero que le pregunto a Ale es cómo se llama su abuela y en qué consiste su trabajo de cuidarla. Entre abuelósofas nos entendemos. Ella me cuenta algunas cosas que pasarían a formar parte del libro. Por ejemplo, su dinámica en la cocina, y cómo su abuela adquirió el don de la ventriloquia, erigiéndose ella misma en titiritera. De Ale, de quien más.
Página 53 de la primera edición:
Abuela decía: “¿Y si hago un chilito verde con verdolagas?” A lo que Ale respondía: “No, Abuela, hoy no puedo”. “Entonces otro día lo hago”. “Sí, Abuela, otro día lo haces”.
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Durante aquella lejana cita en Coyoacán, este libro era apenas un proyecto. Una idea que Ale tenía en su cabeza y que, como todos los textos, tan solo necesitaba ser escrito. (Porque, claro, escribir sobre un trabajo invisibilizado y precario, cercano al mito de Sísifo y a ratos acaso más solitario, ha de ser cualquier cosa).
Recuerdo que en aquella ocasión yo le dije que ese libro que ella estaba imaginando era necesario. Que en el mundo hacía falta un texto que integrara el estado actual de los cuidados domésticos como parte de un sistema económico y laboral, y que al mismo tiempo pusiera el foco en la experiencia personal de las cuidadoras.
¿Y quién mejor que Ale para escribirlo, con esa facilidad suya para enlazar lo público y lo que en apariencia es privado? “Yo trabajo cuidando a mi abuela”, dice en la página 24. Cuidando. A mi abuela. Trabajo. Yo.
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Su cuerpo dejarán es un texto académico pero con un lenguaje empático y común, que entre otras cosas busca responder a una pregunta en apariencia inocua, que al mismo tiempo sintetiza muchas de las problemáticas más graves a las que nos enfrentamos hoy en día: ¿de qué hablamos cuando hablamos de cuidar?
¿Quién cuida? ¿Quién es cuidado? ¿Quién cuida al que cuida? Quiero decir: ¿a la que cuida?
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Y sí, este libro tenía que ser escrito por una feminista porque la vejez en México y en términos globales es femenina.
Les dije que yo había venido aquí a aterrorizarlas.
En México hay más mujeres ancianas (51.29 por ciento) que hombres (48.71 por ciento). Pero aunque las mujeres vivan más, ello no necesariamente significa que lo hagan en mejores condiciones. Las mujeres ancianas son vulnerables por su menor participación en actividades remuneradas a lo largo de su vida, su bajo nivel educativo, la falta de pareja durante la vejez y la pérdida económica y de protección institucional que ello puede representar. Generalmente, las mujeres están expuestas a enfermedades asociadas a su rol reproductivo y de cuidadora de la unidad familiar. Aunque están más familiarizadas con los servicios de salud (y aquí estoy citando a Salgado, 2005), se enfrentan con más dificultades para obtener la asistencia sanitaria que necesitan.
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Cuando le dije a Ale que su libro hacía falta en el mundo, no estaba exagerando como es mi pasatiempo. La vejez en México es un tema urgente, y las condiciones de vida de las ancianas deberían preocuparnos a todos. No hablo de la empatía caritativa, no podría obligarlos a ello. Hablo en términos meramente prácticos e incluso egoístas desde cierta perspectiva. Estamos acercándonos a la fase final del proceso de envejecimiento demográfico, que constituye el incremento del número de personas mayores de sesenta años en términos porcentuales y relativos. Cada vez hay más ancianos que cada vez son más ancianos y cada vez son más las ancianas. Las poblaciones envejecen a nivel global, y para el caso de México se aventura la predicción de que en el 2050 uno de cada cuatro mexicanos será anciano. Están hablando de nosotros, amigos, si es que no nos morimos antes. Y si tres de cada cuatro adultos mayores no cuentan con una pensión, y un porcentaje importante ni siquiera percibe ingresos suficientes para la alimentación… bueno, pues hagamos cuentas. Gran parte de los cuidados recae en los núcleos familiares y en los sistemas de cuidado remunerado. De los cuales Ale nos habla en este libro que hoy, por fortuna, existe.
Felicidades, Ale. Pero más que felicidades, gracias.
**
Soy la Alaíde del futuro. Te escribo desde 2050. Ya somos muy viejas y somos la mayoría. Seguimos tuiteando y odiando las mismas cosas. Nuestros esposos murieron o a lo mejor nunca existieron. Nuestro hijos tampoco. Pero si hoy estamos bien atendidas es quizá, en cierta medida, gracias a ti y a este libro.

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Lanzamiento editorial: 9 de marzo de 2019
Casa Tomada, CDMX
Presentadoras: Alaíde Ventura y Alejandra Quiroz
Ese día tomamos la Casa. Alaíde y Alejandra hablaron sobre trabajo, vejez y cuidados; también cantaron. Estuvieron nuestras tres editoriales: Kaja Negra, de CDMX; El Periódico de las Señoras, que vino desde Querétaro; y Enjambre Literario, presente desde Madrid. Mejor estreno, ni con Vel Rosita.
Su cuerpo dejarán Ale Eme Vázquez Próximamente Kaja Negra #ENJAMBRELITERARIO El Periódico de las Señoras #QueHablenLasSeñoras
Fragmento del capítulo II, “Un libro de cuidado(s)”, en voz de la autora.
Su cuerpo dejarán, se titula. Es un ensayo sobre una nieta que cuida a su abuela y de pronto adquiere un universo tan potente que la obliga a replantearse, a pensar, a leer y finalmente a escribir, en un trance que nunca creyó vivir. Este libro ganó el premio Dolores Castro 2018 en la categoría de ensayo, aunque por poquito no lo gana: uno de los jurados dijo que el aparato crítico era una tomadura de pelo. Y tenía razón.
Léelo, es gratis.
Y si lo quieres impreso, aquí mismo se pide.