Las palabras brotan y los segundos transcurren, convirtiendo aquella conversación en una situación dañina y tóxica que comienza a palpitar en el pecho del moreno. Sus ojos se enfocan en los de Suyeong y mientras lo hace comienzan a perder el mismo brillo de siempre, se vuelven opacos y apagados, tan solo un fantasma de la emoción, anhelo y amor con la que usualmente observan las ahora duras y frías facciones de su novio. El amor no se enfría, lo sabe, pero ahora más que nunca se siente alejado del chico frente a él. Como si con cada vocablo y mirada una barrera creciera entre ambos, alta y dolorosa; imponente. Aprieta los puños sobre sus rodillas, cierra la boca con fuerza y rechina los dientes unos contra otros por que la rabia se comienza a hacer de él, pues aquel montón de reproches son cosas que Moonsik jamás quiso que pasaran, por que en primer lugar no fue su idea formalizar aquella relación ni presentarse como si nada a la casa de los padres de Suyeong. Él no quería esa vida, él no pidió todo aquello pero aun así lo aceptó por que venia incluido en la vida del mayor, a quien sin rechistar ni poner resistencia dejó entrar en su ahora apretujado corazón. Cierra los ojos, frotándose con el dedo índice y pulgar el puente de la nariz en un intento de contenerse pero entonces las últimas oraciones llegan a sus oídos, haciéndolo ponerse de pie de manera abrupta incluso. ‘ ¡¿Y tú crees que yo pedí eso?! ¡¿Crees que yo me arrastré y les pedí que lo hicieran?! ¡No, no lo hice! Yo no pedí que me vieran de esa forma, yo no pedí que me adoptaran como nada y mucho menos que hicieran las cosas que hicieron por nosotros, ¡carajo! ’ Enojado y totalmente fuera de si, Moonsik patea con su gruesa bota la mesita de centro de la sala, misma que cruje y se tambalea dejando caer en el acto un florero que habían colocado antes ahí. El cristal resuena al estrellarse contra el piso y romperse en mil pedazos, pero eso ni lo inmuta por que sus ojos enloquecidos y ardiendo en llamas solo se fijan en Suyeong. ‘ ¿Y sabes por qué? ¿Sabes por que carajo no lo quería? ¡Por que yo no te podía ofrecer lo mismo de vuelta! Así que ahora lo sabes, maldita sea. Ahora lo sabes y ni siquiera te puedes detener a pensar un momento en eso, ¿verdad? Por que al final siempre todo se trata de ti. ’ Lo último no lo dice del todo enserio, pero es su ansiedad y su rabia, su tristeza y desespero, la que le hacen decir esas cosas de las que más tarde va a arrepentirse. ‘ Mis padres no son como los tuyos. Ahora ya lo sabes. ’ Dice, fulminándolo con la mirada antes de enfocarse en la ventana.
Sin pensarlo, y por inercia, se retira un par de centímetros sobre el sofá, hundiéndose más en la esquina que ha sido su refugio por los pasados minutos. Intenta enfocar la vista, quizá pestañear un par de veces, para terminar de convencerse que esa persona gritando frente a él es su novio, con quién ha compartido los últimos meses de su vida, con quién duerme todas las noches y despierta con un suave beso en la frente, y que no es el hombre alzándole la voz como nadie ha hecho. “¿Y por qué no dijiste nada? ¿Por-¿Por qué dejaste que sucediera todo eso, si no lo querías?” La voz le tiembla, pero gracias al grave tono que posee, la fragilidad en su timbre puede pasar desapercibida. No tiene idea de donde está sacando la fuerza para contestar siquiera, su yo del pasado se habría echado a llorar sin pensarlo dos veces, pero ahora se esfuerza para replicar. “¿Por qué no seguiste siendo el mismo de siempre, ah? Pudiste mandarlos a la mierda, ¡mandarme a mi a la mierda si es que no querías nada esto!” Y entonces, con los ojos ardiendo como los mismos campos del infierno y la respiración un tanto conflictiva, lo peor llega.
Nada pudo prepararlo para lo siguiente. El ruido del cristal rompiéndose retumba en el pequeño apartamento, una de sus mascotas salta del sillón por el estruendo y la otra simplemente ladra al aire, a la nada misma, porque no se ha dado cuenta que el causante de tal disturbio fue uno de sus dueños. Inevitablemente –y dios, vaya que quería tener la fuerza necesaria para evitarlo –sus ojitos se le llenaron de lágrimas, las cuáles apartó bruscamente en el mini segundo que Moonsik parpadeó. No tarda un segundo en ponerse de pie, importándole poco la posibilidad de encajarse un pedazo de cristal en la planta de sus pies. El silencio se prolonga y las lágrimas continúan acumulándose en sus bonitos ojos, esos que apenas ayer observaban con amor interminable al pelinegro, los mismos que ahora no expresan más que dolor y poco de miedo. “Ya veo que no son como los míos.” Contesta, seco, tragándose el enorme nudo que desgarra su garganta. “Y también veo que existe toda una faceta tuya que no conozco... Y estoy seguro que no quiero conocer.” A pesar del torbellino de emociones que tiene por el momento, toma su teléfono del sofá, limpia su rostro con las palmas de sus manos, como si no hubiera estado al borde de llorar, y se aleja de Moonsik. “L-Limpia eso, por favor, antes que alguien se lastime con los vidrios rotos.” Con eso dicho, se va. Ahora es que se da cuenta de la importancia de las habitaciones separadas, de los seguros en las puertas, de los múltiples pisos en las casas familiares, porque sin importar a donde voltee, a donde intente escapar dentro del departamento, todo le recuerda al muchacho en la sala de estar y lo que menos quiere ahora es pensar en su- en Moonsik.