“Simbolismo animal en un paisaje etéreo.”
Construcción de espacios oníricos como escenarios para la ternura y la inocencia en tiempos de realidad hostil
Desde el uso de la técnica de litografía y dibujo tradicional, y tomando como referentes visuales a Odilon Redon, Franz Marc y las animaciones de mundos fantásticos de Studio Ghibli, mi proyecto propone la construcción de espacios oníricos como escenarios para la ternura y la inocencia en tiempos de realidad hostil.
La propuesta se sitúa en un contexto contemporáneo atravesado por múltiples crisis y escenarios desalentadores: un mundo marcado por la desigualdad, la sobreexigencia y la desconexión emocional. En este sentido dialoga con lo planteado por Byung-Chul Han en torno al libro “La sociedad del cansancio”, donde el sujeto se encuentra sometido a dinámicas de autoexplotación, agotamiento y sobrecarga constante. A esto se suma un estado de desencanto contemporáneo, caracterizado por la pérdida de sentido y el debilitamiento de los vínculos.
En este contexto, el espacio construido representa un territorio interior simbólico que encarna la posibilidad de la pausa, del no hacer y del no saber, evidenciando una crisis asociada al anhelo de ternura. Lo animal aparece como una forma de recuperar una sensibilidad y serenidad que se perciben cada vez más ajenas a lo humano. La referencia a Franz Marc permite vincular esta idea de distanciamiento respecto de la humanidad, donde los seres no humanos aparecen como portadores de contemplación, vulnerabilidad y sensibilidad.
Las imágenes funcionan como una respuesta a un estado hiperneurótico e hiperactivo, donde la saturación de estímulos e información dificulta la experiencia de pausa, silencio y contemplación. En este universo, la ternura no se plantea como ingenuidad, sino como una postura de permanencia y supervivencia emocional. Es una forma de sostener la sensibilidad en un contexto que constantemente amenaza con corromperla.
La ternura puede entenderse como una cualidad afectiva y una disposición relacional basada en la apertura y la vulnerabilidad, que permite la posibilidad del vínculo. Implica una forma de exponerse al otro y al entorno y, en un contexto marcado por la sobreexigencia, el aislamiento y la desconexión emocional, propone modos de relación alejados de la lógica de la dureza y la productividad. La ternura no evade la fragilidad, la habita y la sostiene.
Por otra parte, la inocencia es entendida como un estado previo a la conciencia del daño, donde aún no existe sospecha ni percepción clara del peligro. Ambas nociones se articulan dentro de imágenes donde la calma y la amenaza conviven de manera ambigua.
La litografía aporta la suavidad del dibujo y la vaporosidad de las transiciones, permitiendo construir atmósferas etéreas y estados de suspensión. A su vez, la mancha, las aguadas y los accidentes propios del proceso introducen elementos de inestabilidad y tensión. Las transiciones entre claridad y oscuridad refuerzan la fragilidad de estos espacios indefinidos, retomando aspectos visuales presentes en la obra de Odilon Redon.
La suavidad aparece suspendida frente a una realidad hostil como una forma de resistencia sensible. El peligro no se presenta de manera explícita, sino insinuado a través de la atmósfera, la distancia y la tensión entre los cuerpos y el espacio. A medida que la serie avanza, estas atmósferas comienzan a contaminarse progresivamente por elementos de caos e inestabilidad, sin perder por completo su cualidad tierna y contemplativa.
Esta coexistencia entre ternura y amenaza encuentra un referente importante en las obras de Hayao Miyazaki, donde lo sensible y lo fantástico conviven con escenarios de crisis y transformación. En estas narrativas, la ternura no evade el conflicto, sino que lo atraviesa y persiste a pesar de él.
De esta manera, estos territorios no representan una evasión de la realidad, sino un espacio simbólico donde aún es posible sostener la sensibilidad, incluso cuando esta se encuentra expuesta a la incertidumbre y a las tensiones del mundo contemporáneo.
Visualmente trabajo con figuras animales como corderos, conejos y búhos, así como también con procesos de hibridación. Estos animales funcionan como símbolos de distintos estados de sensibilidad. El cordero representa la inocencia y la vulnerabilidad; el conejo, la alerta y la vigilancia; y el búho, la observación silenciosa y la conciencia. A través de estas figuras se construye una narrativa visual que transita desde la inocencia hacia una percepción más consciente del entorno sin abandonar completamente la ternura. Las hibridaciones permiten tensionar estas transiciones, mostrando cómo la sensibilidad se transforma y adapta frente a una realidad cada vez más inestable.
En este sentido, la obra no busca representar la realidad de forma directa, sino construir un espacio donde aún sea posible sostener lo sensible.