La tarde de un lunes, lleno de árboles reverdesiendo con la primavera...
Acompañados de un cielo gris blanquesino, con la puesta del sol muy nítida.
Y yo, caminando entre la nostalgia de las casas inhabitadas...
Siento raro el corazón.
Siento que la vida es extraña a cada paso que doy.
La incertidumbre de tenerlo a él en mi corazón, me hace ahondar en cicatrices del pasado; que ciertamente ya no duelen, pero inevitable es que el sentimiento del amor, me traiga a colación los desaciertos del pasado.
Y me detengo un segundo, para sentir como pega el viento en mi rostro,
Para observar como se comienzan a aclarar las nubes del sol, pero este se esconde ya.
Y juro que no sé si me privo demasiado de sentir,
O es que realmente mi alma aun se encuentra tan flajelada para creer en alguien más.
Y es que, de pronto el ir transitando con esta calma temerosa, más que pacífica, me hace darme cuenta que de nuevo veo la vida con melancolía.
Con anhelo de algo de lo que no me siento con seguridad.
Lo único que me transmite esa bugambilia rojiza, ese sonido de las aves, es... concentrarme en su memoria, en su imagen.
Sus ojos castaños y llenos de pestañas. Sus labios rosados y cálidos. Su olor, su cabello negro alborotado.
Y nuevamente llega a mi ese dolor en el pecho, esa sensación de inseguridad...
Pero si algo sé, y he aprendido por experiencia. Es que la melancolía y la tristeza es algo que no es para siempre...
Como TODO...





















