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Gotye & Kimbra — Somebody that I used to know

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Lo realmente trágico es cuado una relación muere y el amor aún no se ha acabado
Soltera otra vez
En la oscuridad, sumida en la desesperación y en la "no-capacidad" de poder hacer algo en mi propia vida. Pienso en posibles soluciones, pero todas son realmente escapes, solamente sirven para evadir, no me sirven.
Lloro, lloro, tratando de liberarme.
Y en cierta parte lo consigo, en cierta parte se alivian aquellos sentimientos, pero...
me doy cuenta que no era tan fuerte como creía, que la soledad puede ser dolorosa,
que he estado sola toda mi vida
Así he vivido, y creo que así viviré, porque no me puedo aferrar a nadie, la gente viene y va, pero necesito algo duradero, garantías.
Javier: Odio a la gente que dice que Santiago es una mierda
Sofía: No es tan raro que digan eso, de partida lo cruza un río lleno de caca
Javier: Bueno pero, Nueva York tiene ratones en el metro y todo el mundo lo encuentra lo más cool que hay. Paris, París está pasado a meao, si, y todo el mundo lo encuentra la ciudad más romántica del mundo. Lo que pasa es que es imposible que un chileno encuentre lindo Santiago, somos tan acomplejados
Sofia: Santiago es lindo, si, pero ¿contra París o Nueva York?
Javier: A lo que voy es que cada uno se arma su ciudad, y Santiago es hermoso, a pesar de su mierda
Sofia: Santiago es hermoso, el mapocho es bonito… ¿qué te pasa?
Javier: Bueno, es que quizás lo que hace tan lindo santiago, es que tú vivai aca
me he cortado el pelo, por un arranque de locura...
oh sí.
pero bueno, el pelo crece, ¿no? :3

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La mayoría de mis amigos heterosexuales conocen todos los puteríos de Buenos Aires y sus esposas (salvo vos que me estás leyendo, no te preocupes) son cornudas. Cuando uno de mis amigos me contó que había ido por primera vez a un club swingger y empezó a describirme con lujo de detalles sus nuevas y apasionantes aventuras, no me aguanté más:
—Y después ustedes dicen que los promiscuos somos nosotros, ja ja
Yo estaba de novio en ese momento y no necesitaba a nadie más que a mi chico, y con eso no quiero decir que eso esté bien, mal, mejor o peor. Nada. Le pregunté entonces a mi amigo:
—¿Pero en los swingger no tenés que ir con tu mujer? ¿Cómo la convenciste?
—No, boludo. ¿Cómo voy a llevar a la mamá de mis hijos a un lugar así? ¿Estás en pedo? Levanté a una puta y llegamos a un acuerdo: le pagué y después, adentro, cada uno hacía la suya, pero tenía que decir que era mi novia —me explicó. Su novia terminó en la cama con otra que decía ser la esposa de alguien. Mi amigo hubiese querido que lo dejaran participar.
—Yo la quiero, vos sabés. Es la mujer de mi vida. Pero el hombre necesita variedad, ¿entendés? —me dijo otro amigo, como si pidiera disculpas (¿a mí?) por cornearla a la esposa, mientras me explicaba por qué se volteaba a una compañera del trabajo y a una minita que había conocido en el cumpleaños de otro amigo y a una ex novia del secundario y a…
Imaginate: cuando escucho que los gays somos promiscuos, me da mucha risa.
Hay cosas que no pueden negarse. En muchos boliches gays hay un dark room, túnel, pasillo, baño o algún lugar destinado pura y exclusivamente a tener sexo. Pagamos la entrada del boliche, bailamos un poco y, antes de que la noche entre en decadencia, estamos ahí. La pista de baile comienza a vaciarse y la testosterona llama a la testosterona, allá, donde está oscuro y nadie sabe cómo se llama el otro. He ido cientos de veces a boliches hétero y no conozco ninguno que tenga túnel. Quizás haya alguno, pero sería una rareza. Es un hecho.
Sin embargo, también es un hecho que la mayoría de los boliches gay sin túnel son casi exclusivamente gay: hay hombres que buscan hombres, una que otra lesbiana, una que otra mejor amiga, una que otra hermana, algún hétero-con-dudas y pensando qué hacer. Los boliches gay que tienen túnel, en cambio, están llenos de hombres y mujeres heterosexuales. Cada día hay más, al punto que uno ya no sabe a quién se puede encarar. Y ahí están, una pareja gay al lado de una pareja hétero, compartiendo el cogedero sin prejuicios de ningún tipo. Pagan la entrada para eso. A veces, los de un grupo se pasan de cerveza y quieren experimentar un poco cómo es del otro lado, pero eso es ooootro tema. El dark room de Amerika es todo un experimento sociológico, sobre todo después de Cromañón, cuando cambió de lugar y dejó de ser exclusivo para hombres. Si nunca lo viste, ni te lo imaginás.
Después de un tiempo, he llegado a la conclusión de que entre un varón gay y un varón heterosexual hay menos diferencias que lo que mucha gente piensa. Ellos ven a la rubia tetona y las hormonas les explotan. Nosotros vemos al chongo con cuerpo de futbolista y nos lo queremos comer. Ellos piensan en sexo. Nosotros pensamos en sexo. Ellos saben que si se acercan a la rubia tetona y le proponen ir al telo, así, de una, quizás termina mal, por más que la rubia se muera de ganas. Nosotros sabemos que si el chongo se muere de ganas, nos va preguntar si vamos en auto o en taxi, nada más.
La diferencia, al final, es que a las mujeres les enseñan desde chicas a resistirse al embate sexual de los hombres, como si fuera peligroso y sucio. Las cosas cambiaron mucho en el último siglo, pero aún queda una barrera importante, que cuesta atravesar. Es parte del ritual que a ellos tanto les molesta y, a la vez, tanto los tranquiliza. Ellas muestran que no son “fáciles”. Ellos hacen de cuenta que las respetan y quieren algo más que sexo. Ellas fingen que les creen. Simulación, machismo, ceremonial y protocolo. Hoy es más fácil que hace una generación, pero todavía sigue habiendo una distancia entre el hombre y la mujer heterosexual. Entre dos tipos es más fácil. No hace falta fingir: los dos queremos lo mismo y queremos que el otro lo sepa.
—A mí las minas fáciles no me gustan. No me casaría con una que se entrega al toque —me dijo otro amigo una vez, el mismo que conoce puteríos y clubes swingger por toda la ciudad. Cuando se encara a una mina está desesperado por llevársela a la cama, pero si ella le dice que sí sin dar vueltas, le pierde el respeto. Necesita que ella se resista y, después de mucho trabajo, convencerla.
¡Y ellos dicen que las histéricas son ellas!
Admitámoslo, nos gusta variar de camas, a héteros y gays. Algunos preferimos llevar chicos y otros prefieren llevar chicas, pero la parada final es la misma. A nosotros se nos hace más fácil, porque nuestros eventuales blancos de cacería también están ahí queriendo cazar; sólo hace falta que las miras se crucen. La famosa promiscuidad gay no es otra cosa que promiscuidad masculina.
Pero los gays también queremos, a veces, ser Susanita. Nos enamoramos y hacemos cosas que pensábamos que no haríamos, como escribir cartas de amor o llevarle flores a nuestro chico. Cosas que mis amigos heterosexuales también hacen con sus novias. Y cuando nos enamoramos somos celosos, somos fieles, somos celosos, somos infieles, somos celosos. Y queremos pasar la Navidad juntos y cenar en la casa de sus padres y tomarnos vacaciones en una playa semivacía y rodeada de verde y soñar cómo sería estar juntos toda la vida y casarnos y ser felices y comer perdices y todas esas cosas. A veces, pese a todas las piedras en el camino a contramano, conseguimos algo parecido. Y entonces no necesitamos ir a los túneles — o vamos juntos, ¿cuál es el problema? El amor también nos iguala, así como el sexo, a héteros y gays. Somos más parecidos de lo que mucha gente piensa. Pero convengamos que nuestra ruta no está en las mismas condiciones, aunque en los últimos tiempos haya mejorado mucho, al menos en nuestro país. La autopista heterosexual viene con papá y mamá recibiendo a su futura nuera con fideos con tuco.
“¿El año nuevo lo pasamos juntos?”, “No puedo, lo paso con mis viejos. Me gustaría que vengas, pero sabés que ellos no saben”. “Si querés podés venir a la fiesta, pero sos mi amigo, eh”. “Cuando lleguemos al barrio, disimulá”. Todavía me acuerdo de esa noche, en casa de mi amigo. En el departamento que compartía con su novio desde hacía dos años y pico. Era el cumpleaños. “Si querés venir con tu novio, todo bien, pero no seas evidente, eh, que están los amigos del negro que no saben. Oficialmente, soy un compañero con el que comparte el alquiler”, me dijo. Y ahí estaba mi amigo, muriéndose de ganas de darle un beso a su novio en su cumpleaños. Y los amigos del novio sabían, ¡obvio!, y se cagaban de risa. La cama matrimonial era indisimulable.
Algunos, pese a todo, lo consiguen. Se bancan las miradas hasta que desaparezcan por acostumbramiento o las desafían con miradas más fuertes, orgullosas, o mantienen una rutina de disimulos y engaños cotidianos que les permitan preservar su intimidad de los prejuicios de los demás. Otros siguen navegando por la noche, eternamente jóvenes. Y están los que se rebelan contra ambos mandatos: el del armario y el de la monogamia, y arman parejas abiertas o tripejas o relaciones múltiples, o lo que tengan ganas.
—Él sabe que yo tengo sexo con otros y yo sé que él también lo hace, pero la regla es no contarnos nada.
—Él sabe que yo tengo sexo con otros y yo sé que él también lo hace, pero la regla es contarnos todo.
—Nunca dos veces con el mismo. Nunca doy mi teléfono. Novio tengo uno solo, lo demás es diversión.
—Fuimos al boliche, nos levantamos un chongo y lo llevamos a casa.
—Nosotros somos fieles a las reglas de fidelidad que establecimos entre los dos.
¿Cuál es el problema?
Muchos de mis amigos heterosexuales no hacen esas cosas con su mujer sólo por dos razones: porque es “la madre de sus hijos” (¿…?) y debe, por lo tanto, ser una santa —sea lo que sea que eso signifique— y porque ella jamás aceptaría. (Eso creen ellos. Eso esperan. Porque a ellos les gustaría que ella aceptara, pero si ella aceptara no se lo bancarían). Por eso buscan otras que estén dispuestas a hacer lo que a la esposa le está vedado — por ellos. Manga de histéricos.
Dicen que los gays somos promiscuos. Yo creo que somos varones que no necesitan fingir.
Dicen que los gays somos promiscuos. Yo creo que somos varones que no necesitan fingir.
-- Bruno Bimbi