¿Y qué declaman los amantes? ¿Cuál es su suplicio? ¿Cuál su regocijo? ¿Cuál es el motivo que enciende su corazón y a qué lugar extravían la razón?
Tal vez aquellos que solo se dejan mover por la atracción conozcan el regocijo, pero ignoren el motivo. Empiezan livianos, par a par, genuinamente felices el uno en el otro, aunque esa dicha sea breve, construida a base de días contados en los que se suspendió, por un instante, la costumbre de la distancia.
Estos amantes habitan el goce lejos de la razón. Ríen juntos, comparten alguna comida; tal vez ambos son artistas, cada cual a su manera. Y hasta el roce de sus labios, solo hasta ahí alcanza su conexión.
Conocen el disfrute: placentero, sí, pero inevitablemente efímero. Están destinados apenas a sonreírse si el destino los cruza, pues su atracción es tan fugaz como el hilo que alguna vez los unió.
Luego están aquellos a quienes el suplicio les toma el pecho. Amantes que se encontraron en cuerpo y alma, para quienes el paso de los años nunca fue obstáculo para seguir descubriéndose. No hace tanto, incluso, sus sonrisas aún sabían responderse.
Hoy, sin embargo, ya no solo comparten la causa de su herida. Sus almas cargan nostalgia: por los encuentros buenos, por las diferencias conocidas, por todo aquello que fueron cuando aún eran nosotros.
Saben —mejor que nadie— que olvidar lo bueno es una tarea imposible. Pero el tiempo, siempre cruel y piadoso a la vez, abraza con más fuerza a quien más duele; y para desconsuelo del otro, uno de los amantes deja de ofrecer el mismo calor que la piel recuerda.
Se busca, y solo responde el vacío. Y es entonces cuando uno de los dos aprende a decir adiós.
Esta clase de amantes está hecha para añorarse, solo si así lo decide. Profundos conocedores del suplicio, no conciben otro final para su pena que enterrar los recuerdos y no volver a profanar esa tumba.
Finalmente, existen aquellos cuyo corazón habla antes que la razón. Su sentir es tan vivo que se atreve a desafiar al tiempo, convirtiéndolo en su más grande enemigo.
El corazón los guía, pero la razón no los ha abandonado. Su historia, tejida de luces y sombras, les ha enseñado el embrujo del amor; y como buenos hechiceros, en nombre de la cordura, aprenden a elegir su antídoto.
Mas el corazón no entiende de cordura.
Estos amantes tuvieron una historia escrita alguna vez. Tan embelesados por su encanto mutuo que no supieron leer el anuncio del final. Y, aun así, ese final no es del todo amargo, porque prefieren acompañarse de algún modo antes que perderse por completo.
Son, en esencia, compañeros hechos para compartir la existencia, pero no el corazón.
Son estos los amantes;y aunque quizá existan muchos más,tal vez todos declamen lo mismo:ayuda para encauzar su regocijoy compasión por su travesía a travésdel enredado camino del sentir.















