Cuando era chica me caían mal las mujeres. Me parecían unas boluditas.
Siempre fijándose en la ropa. Siempre peleadoras, conflictivas, histéricas. Con bebitos de acá para allá. Con peinados cuidados. Con que me dijo que le diga que si es mi amiga no se junta más con la otra. Que hay que escuchar Luis Miguel y vestirse de blanco, de rosa y usar esos cuellos con volados. Hay que pensar en el vestido para los quince y la fiesta y a quién le das la vela por cada cosa. Levantar la mesa mientras los hombres charlan y esperan el café. Que el casamiento viene después y los hijos y la casa y saber cocinar. Ser prolijita y ordenada, porque sino parecés un varón.
Nadie es libre, ya lo sabemos. Pero mirando al mundo como se me presentaba, los hombres estaban mucho más cerca de la libertad y eso me daba bronca. Ellos podían hacer lo que quisieran, o casi. Volver tarde a la noche, mirar fútbol, jugar a los jueguitos, estar en zapatillas y roñosos. Hablaban de juegos todo el tiempo que quisieran, se reían hasta que a uno le salía jugo por la nariz, podían tener el cuarto desordenado y no tener carpeta en el colegio.
Yo miraba fútbol, escuchaba metal, me gustaban las computadoras y siempre me atraían las novedades en tecnología. En primero y segundo grado iba a una escuela estatal y quería usar el delantal de varón, porque me lo podía abrochar sola (el de mujer siempre necesitaba de otro que te asista) y volver sola del colegio a los 7, como mi amigo Ariel de la otra cuadra.
- ¡Qué varonera! Andá a jugar a la casa de Fernanda que ya te invitó como tres veces y la mamá me pregunta.
Mi vieja estaba pasada de cosas. Al principio laburaba hasta tarde mientras terminaba la facultad. Después dejó de hacerlo y tenía que cuidar a tres hijos, mientras digería la pérdida de mis abuelos, sus padres. Mi viejo también laburaba hasta tarde pero después o los fines de semana se iba a jugar al fútbol, a recitales, a cenar con amigos y le quedaba tiempo para hacer alguna actualización de su profesión, de la misma que habían elegido ambos cuando se conocieron en la facultad. Son los dos de esa generación que se rebeló contra el mundo en un montón de cosas pero quiso que sus hijos no sufran. Condición que además de inevitable es un poco necesaria para poder crecer. Capaz no lo pensaron, o sí.
Dadas las condiciones convengamos que no era muy atractivo lo que se me ofrecía en el campo femenino y el masculino tenía un montón de ventajas. Así que fui armando así los anteojos por los cuales iba a mirar al mundo. Ni una amiga del colegio de mujeres me quedó, e insistí hasta el cansancio para que me pasen al colegio mixto al que iba mi hermano. Tuve una suerte enorme ahí. Conocí a las amigas mujeres que me iban a acompañar toda la vida. Las que tenían mil contradicciones como yo, como todas y se reían de las mías y las de ellas. Fui cruzándome a lo largo del camino mujeres luchadoras, enormes, amigas, gritonas y rebeldes. Mujeres que rompían cadenas, que se enojaban con esos mandatos, que querían los mismos derechos y las mismas libertades. Que peleaban por igualdad y que no les importaba tanto el qué dirán o si pero lloraban un rato, después nos reíamos y después pasaba.
Pude ver a mi vieja también con otros ojos más tarde. Su dolor, sus luchas y su amor cuando yo le hacía este tipo de planteos cada tres o cuatro días, plantada en mis zapatillas sin cordones y con una seguridad de hierro. Ella también se llevó puestos mil mandatos y con otros hizo lo que pudo porque hay que elegir las batallas, dicen.
"Yo no pienso casarme, ni tener hijos, ni todo eso”, sentenciaba a los 14 años y quedó guardado en un cassette. Más de veinte años después envidio la certeza aquella porque hoy no tengo la menor idea.
Encontré amigas rockeras, ñoñas tecnológicas, futboleras y trabajadoras que me abrazan aunque no me gusten mucho los abrazos. Pero lo más importante es que me di cuenta que todo eso no era incompatible con querer verse linda y comprarse pilcha o ir a la peluquería a hacerse reflejos. También que las que van al gimnasio no son frívolas: una va para curarse la rodilla, otra porque es lo más cómodo para hacer con los horarios de mierda de sus 2 trabajos, otra porque le gusta correr en la cinta y escuchar música, otra porque la clase de bachata la divierte como loca.
Muchas siguen siendo las que cocinan y limpian en sus casas y me sigue dando odio aunque ahora no es hacia ellas que lo direcciono y por eso fui al Congreso ayer. Porque ahora sí sé contra quién hay que pelearla. La pelea es contra esos roles instituidos del patriarcado y es contra nosotras mismas, porque se nos metió adentro y hay que laburar para sacarlo.
Ayer fui al Congreso por y con todas: con algunas en el corazón, con otras físicamente y con otras no me encontré porque eramos muuuuuuuuuuuuuuuuuuchas en las calles.
Feminista se hace, no se nace.