¿Como olvidarme?
Han pasado muchos años ya. Siete, ocho, nueve, la verdad es que no me acuerdo. Me gustaría saberlo.
Pues ese día estaba yo como siempre, en mi rincón, tumbado en una esquina pensando en mi cosas. Cosas de perros. Un poco, como decirlo, hasta los cojones. De la vida. De mi vida.
Y apareció ella.
Preciosa. Con sus ropitas de colores. Sus ojitos brillantes y su sonrisa de niña.
Cada vez que alguien venía a la perrera era siempre lo mismo. Verles caminar por el pasillo mirándonos a todos como si fuéramos paquetes de cereales en el Mercadona. Y nosotros, como tontos con pelota nueva. Y con la esperanza moviéndose con tu cola. La puta esperanza. Una esperanza tan gastada que no sé porque seguía ahí agazapada como fotógrafo del corazón. Guiño. Guiño.
Y si alguien se acercaba. No había forma de evitar que el corazón saltara. Ese corazón de perro. Tonto. Corazón tonto.
Esta vez era diferente. Sabía que era diferentes desde que vi sus ojos. Ella seguía avanzando entre las jaulas. Yo veía una vida perfecta. Grandes paseos por un campo verde lleno de margaritas, ella con una bicicleta roja, y yo corriendo y saltando por la orilla de un río azul enorme. O infinitas tardes de domingo los dos tumbados en el sofá durmiendo o haciendo el perro hasta el anochecer.
Dejé de soñar, cuando vi que se acercaba. Sentí su perfume. One. Lo sé soy un poco friki de los olores. Me paralicé cuando la ví frente a mí. Ensayé mi mejor cara de pena para conquistar su corazón y que por fin me sacaran de ese pozo negro
Pero esta vez era diferente. Tenía que ser diferente. No podía engañarla. Tenía que ser yo mismo. Como dice Bruce Lee. Sé perro.
Había algo en esa chica. Algo que solo yo podía ver. Algo que yo solo podía sentir. Algo que me gustaría poder explicarlo, pero no puedo. Cuando sentí sus manos creo que perdí la noción del tiempo y todo. Había alguien más con ella pero yo solo veía sus ojos, su sonrisa y sentía sus manos por primera vez.
Y quería que no me soltara nunca más. Mi corazón empezó a latir tan deprisa que pensé que me iba a salir por el culo. Madre mía que mal lo pasé en esos momentos. Tenía que ser yo. En lo profundo de mi ser sabía que sería yo. Y al mismo tiempo temblaba de miedo.
Pero de pronto algo paso y me sentí parte de ella. Todo se convirtió en una nube de excitación, saltos, amor, jamón ibérico, felicidad. Quería correr, saltar. Quería ladrar y decirle al mundo lo feliz que era, pero las personas nunca han entendido nuestros ladridos de felicidad. Pero os juro que sentía una felicidad de la puta hostia.
Eso no. Lo siguiente.
Hoy es el cumpleaños número 40 de mi niña y no tengo palabras (ni dinero) para agradecer todo lo que ha hecho por mí todos estos años. Me ha querido más de lo que se merece un perro callejero como yo. Ella es todo amor. Tiene un amor que va más allá de salchichas y salchichones. De paseos y caricias. Es un amor animal. Difícil de explicar. Dificil de que lo entendais.
Te quiero mucho Cris. De verdad. Como nadie.
















