La obra escrita es Dios mismo en cierto sentido —porque lo que Dios es en el diálogo oral, es lo escrito en el pensamiento. Lo escrito no es un Dios de Antes (cuya eternidad lo precede). El libro no es un Eterno (cuya ley lo juzga). Cuando se entreabren las páginas lo que surge es Alter. En la Ética, Spinoza en Voorburg se comunicaba un poco consigo mismo. Luego escondía el manuscrito, para que nadie lo viese, en un pequeño armario, como los romanos, antaño, sus imágenes, que eran las cabezas de muertos de sus padres. La obra es la interlocución inhallable del pensamiento. Escribir piensa. En un determinado grado de pensamiento ya no podemos distinguir esos verbos sino solamente su orden. Pensar no escribe. Escribir piensa. Escribir encuentra lo que aquel que escribió no podría pensar sin la obra escrita.
Pascal Quignard, Morir por pensar. Último reino IX














