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Generación 1886 - Capitulo 18
Fue en una mañana fría, con la escarcha aún posada sobre los campos, cuando un inesperado llamado resonó en la puerta de los Ellington. Sadie, que se había levantado temprano para recoger los huevos del gallinero y calentar el agua para el desayuno, no alcanzó a llegar, pues fue Evangeline, recién despierta, quien abrió la puerta.
—¿Puedo ayudarles? —preguntó con recelo, al ver las imponentes siluetas de dos caballeros.
—Buscamos la casa de Víctor Ellington —respondió uno de ellos con voz firme.
Eva los observó de pies a cabeza. Llevaban trajes elegantes, de telas finas y cortes propios de la alta sociedad, tan ajenos a la modestia de aquel hogar. No comprendía qué hacían hombres de tal porte en su puerta. Entonces, escuchó claramente cómo uno de ellos murmuró al otro:
—Es idéntica…
Evangeline contuvo el aliento; aquel comentario había sido apenas un susurro, pero bastó para helarle la sangre.
—Sí, este es el domicilio de mi padre, Víctor Ellington —respondió, con un nudo en la garganta.
—¿Podemos pasar? —replicó uno de ellos, inclinando levemente la cabeza.
Eva, nerviosa, los condujo a la cocina, donde no estaría sola. Una vez allí, los hombres se presentaron con solemnidad:
—Perdona nuestra intromisión sin previo aviso. Somos Arthur y Henry Belmont, hermanos de Ophelia. Acudimos tan pronto supimos de la desgracia.
Evangeline quedó atónita.
—¿Hermanos?… Madre jamás nos habló de su familia. No sabía que tenía tíos. Mi nombre es Evangeline, soy la mayor de sus hijos. Ella falleció la semana pasada, al dar a luz a mi hermano Harry. Somos cuatro en total.
Los caballeros se miraron con pesar. Henry, con expresión dolida, se volvió hacia su hermano:
—Te lo dije, Arthur… debimos venir antes.
Eva pidió un momento y fue en busca de su padre. Lo que ella no sabía era que Víctor, desde la sala, había escuchado cada palabra. No le sorprendía: en lo más profundo de su ser siempre supo que, tarde o temprano, los Belmont tocarían su puerta.
Ophelia, antes de unir su vida a la de Víctor, había pertenecido a una de las familias más influyentes de la aristocracia: los Belmont. Sus antepasados ostentaban títulos de nobleza concedidos por la misma corona de Windenburg. Sin embargo, cuando la joven decidió fugarse para casarse con un humilde hombre, su nombre fue borrado de los registros familiares.
El escándalo había sido mayúsculo en los salones de la alta sociedad, y su padre, hombre implacable y orgulloso, ordenó que jamás volviera a pronunciarse su nombre bajo aquel techo. Pero Arthur y Henry, sus hermanos mayores —gemelos idénticos y compañeros inseparables— nunca dejaron de recordarla en silencio.
Tras la muerte de sus padres, la fortuna, las tierras y el prestigio de la familia recayeron en los hermanos. Arthur, nacido apenas diez minutos antes que Henry, fue proclamado titular de la herencia, pues era considerado el más maduro y sensato. Henry, en cambio, había ganado fama por su carácter jovial y su afición a las fiestas, siendo muy querido en los círculos sociales.
La noticia de la muerte de su hermana los golpeó con fuerza. En especial a Henry, que siempre había tenido con Ophelia una cercanía especial, propia de almas gemelas en la infancia. Recordaban sus risas, sus travesuras, sus sueños de libertad. Ahora, al estar frente a su sobrina Evangeline, la sangre de Ophelia viva ante sus ojos, comprendieron que había llegado el momento de recuperar lo que el tiempo y la distancia les habían arrebatado.
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Generación 1886 - Capitulo 17
La vida en la casa Ellington ya no fue la misma tras la partida de Ophelia. El vacío que dejó era tan hondo, que las paredes mismas parecían llorar en silencio. Victor, incapaz de sobrellevar el peso de la ausencia, buscó refugio en la bebida, hundiéndose cada vez más en un estado de abandono.
Fue Evangeline quien, con apenas quince años, tomó sobre sí la carga del hogar. Sus manos pequeñas se hicieron fuertes al cuidar de sus hermanos, y sus noches se tornaron largas y silenciosas, aguardando que su padre volviese en sí. Pasados algunos meses, halló valor para hablarle con firmeza: —Padre, no podemos continuar de este modo. La casa nos necesita, y nosotros a vos.
Victor, aún con el corazón destrozado, comprendió que debía al menos intentar sostener a su familia. Retomó su labor como maestro, esta vez sin salir del pueblo, pues sabía que no podía abandonar a Evangeline después de lo sucedido.
Tiempo después, llegó una mujer desconocida a la puerta de los Ellington. De nombre Sadie Harris, tenía el semblante marcado por la pena, y en su mirada se adivinaba un pasado doloroso. Había perdido a su esposo y a sus hijos, y ahora ofrecía sus servicios para subsistir. Traía consigo recomendaciones que hablaban de su honradez y trabajo duro. Su llegada fue, para Evangeline, un alivio inmenso: por fin alguien compartía con ella el peso de las labores.
No así para Frederick, que vivía su propio luto con rebeldía. Se portaba mal, desobedecía y parecía buscar en la ira una forma de gritar su tristeza. Benjamin, por su parte, cumplió años en medio del silencio de la casa, pues ya no había fuerzas ni ánimo para celebrar.
En medio de ese ambiente sombrío, un rayo de luz llegó con Alan Redmond. Una tarde, pidió a Evangeline salir a caminar como lo hacían en los días más felices. Juntos recorrieron los campos verdes, pero el semblante de Alan revelaba que algo quería confesar.
—Eva, he de decirte algo importante —murmuró con voz entrecortada. —¿Qué sucede, Alan? ¿Está todo bien? —He de marcharme… debo dejar la Villa Gallina por un tiempo.
El corazón de Evangeline se estremeció. —¿Irte? ¿Cómo? ¿A dónde? —Los señores Herbert han decidido pagar mis estudios en la universidad. Es una oportunidad única, y debo aprovecharla.
Eva intentó sonreír, mas las lágrimas nublaron sus ojos. —Es una gran noticia, Alan… siempre supe que merecías algo más. Pero será extraño no encontrarte aquí, ni al pasar frente a tu casa.
Él tomó sus manos con suavidad. —No me aparto de ti, Eva. Volveré, y mientras tanto te escribiré. ¿Me responderás? —Claro que sí —susurró ella—. No dejes de contarme todo.
Al regresar a casa, Evangeline no pudo contenerse. Cerró la puerta de su cuarto y, en la soledad de la noche, lloró como nunca antes. Se sentía cada día más sola, como si el mundo entero le arrebatara, uno a uno, todos los afectos que la sostenían.
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Ellington —
Generación 1886 - Capitulo 16
En cuanto Victor recibió el telegrama anunciando el nacimiento de su hijo, emprendió viaje de inmediato hacia casa. Durante todo el trayecto, imaginaba la sonrisa cansada de Ophelia con el niño en brazos, el calor del hogar renovado con la llegada del nuevo miembro de la familia. Jamás pensó que lo aguardaba la mayor de las tragedias.
Al llegar, apenas se asomó a la puerta, fue recibido por Leonor. Su rostro reflejaba un dolor contenido. —Ophelia… no resistió el parto, Victor. —dijo con la voz quebrada.
El mundo pareció desmoronarse a su alrededor.
En el interior, Evangeline permanecía junto al féretro de su madre, con los ojos enrojecidos, sin poder asimilar lo sucedido. No se despegaba de allí, como si al hacerlo aceptara una realidad que su corazón rechazaba.
Victor, en estado de shock, pidió ver a su hijo. Lo tomó entre sus brazos con la esperanza de hallar un poco de consuelo, pero en su interior sintió algo extraño: el nacimiento que debía traerle alegría ahora era inseparable del dolor más grande de su vida.
—Ella quiso llamarlo Harry, como su padre —susurró Evangeline con ternura.
Victor guardó silencio. Recordó entonces al señor Belmont, aquel hombre sabio y bondadoso que en el pasado conoció cuando le daba clases a Ophelia y sus hermanos. Un nudo se formó en su garganta. Aquel niño era lo único que le quedaba de su amada esposa, junto con Frederic, Benjamin y Evangeline. Su vida entera se reducía ahora a ellos.
El funeral se llevó a cabo de manera austera y rápida. Los Redmond acudieron con respeto, acompañando el dolor de la familia. Leonor y Victor pronunciaron unas palabras de despedida, cada uno ahogado en lágrimas. Evangeline, en cambio, no pudo articular palabra alguna; la pena le oprimía el pecho demasiado fuerte.
Pero al ver a Alan entre los presentes, sintió un alivio que le sostuvo en pie. Su sola compañía fue un bálsamo silencioso en medio de tanta desolación.
Siempre te recordaremos Ophelia Ellington
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ÁRBOL GENEALÓGICO
Generación 1886 - Capitulo 15
Los meses siguientes no fueron como esperaban. El embarazo de Ophelia resultó mucho más difícil que el anterior. A diferencia de cuando llevó en su vientre a Benjamin, esta vez el cansancio, los mareos y los dolores la dejaban casi imposibilitada para atender su hogar y, sobre todo, para cuidar de su pequeño hijo.
Evangeline, comprendiendo la gravedad de la situación, se hizo cargo de las labores domésticas, del cuidado de Benjamin y Frederick, mientras Victor, ocupado en constantes viajes de su oficio, apenas podía estar presente. Cada vez que regresaba, encontraba a su esposa pálida, con el semblante apagado, muchas veces dormida o postrada en cama.
Finalmente, llegó el día del nacimiento. Pero la desgracia quiso que Ophelia estuviera sola, con Evangeline a su lado. Al ver el sufrimiento de su madre, la joven corrió a pedir ayuda: mandó a Frederick a buscar a la buena amiga de la familia, Leonor, pues la partera más cercana no alcanzaría a llegar a tiempo.
Ophelia luchó con todas sus fuerzas, y con la torpe pero valiente ayuda de Evangeline, trajo al mundo a un niño. Exhausta, con los ojos entornados, lo tomó en sus brazos y besó suavemente su frente.
Minutos después, Leonor llegó apresurada para asistir a su amiga.
—Es un hermoso niño, Ophelia… —le dijo con ternura—. ¿Cómo lo llamarás? —Como mi padre dijo… Harry. —Hermoso nombre —asintió Leonor, y luego se volvió hacia Evangeline—. Debes escribirle a tu padre, Eva. Dile que venga lo más rápido que pueda.
Evangeline salió rumbo al pueblo para dejar la carta, mientras Leonor regresó a su casa por hierbas medicinales que pudieran ayudar a la debilitada Ophelia. Pero algo oscuro ya se cernía sobre la habitación.
Sola, Ophelia comenzó a delirar. Juró escuchar la voz de Victor llamándola desde la puerta. Se levantó tambaleante, se vistió como si fuese a recibirlo… y entonces, con un suspiro apenas audible, se desplomó contra el suelo.
Cuando Leonor regresó, encontró la escena desgarradora: el recién nacido lloraba con todas sus fuerzas en la cuna improvisada, mientras Ophelia yacía en el suelo, fría al tacto, inmóvil.
Ya no pertenecía a este mundo.
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Ellington —

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Generación 1885 - Capitulo 14
El cumpleaños de Evangeline llegó, transformándola en toda una señorita. Con apenas trece años cumplidos, tuvo de abandonar la escuela, pues el costo de la educación secundaria se hallaba muy por encima de las posibilidades de la familia. No obstante, su espíritu curioso y perseverante no se vio doblegado por aquel obstáculo; antes bien, continuaba instruyéndose en secreto, oculta entre los campos, devorando los libros que su padre traía de sus viajes a las aldeas donde impartía sus lecciones.
Evangeline era sin duda una joven de entendimiento vivo, distinta de sus amigas, pues no se ocupaba de cortejos ni frivolidades. “Prefiero quedarme aquí contigo, madre”, solía decirle, dedicándose al cuidado de sus hermanos o entregándose a las páginas de su inseparable diario. Allí plasmaba las experiencias de su mundo interior, aquellas que apenas comprendía. Y es que, en la penumbra de la noche, voces extrañas la llamaban con súplicas de ayuda; voces que intentaba acallar escondiéndose bajo las sábanas, como si el paño pudiera resguardarla de lo invisible.
Fue tras uno de los viajes de Víctor cuando Ophelia, con el corazón oprimido por el temor, resolvió confiarle una nueva noticia: se hallaba nuevamente encinta. Creyó que la noticia despertaría inquietud en su esposo; mas, para su sorpresa, Víctor recibió la revelación con júbilo. Aquellos viajes comenzaban al fin a rendir fruto y traían mayor sustento al hogar, por lo que él confiaba en que esta vez las cosas serían distintas.
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ÁRBOL GENEALÓGICO ELLINGTON 1885
Generación 1885 - Capitulo 13
Los días comenzaban a colmarse de venturosas oportunidades para Víctor, y aquel respiro en medio de tantas fatigas le llenaba de gozo. Fue así que, por primera vez en largos años, resolvieron celebrar su natalicio. Con gran empeño, se organizó una reunión sorpresa en la que los buenos vecinos y entrañables amigos de la familia, los Redmond, se hicieron presentes para la ocasión.
Ophelia, junto a su fiel amiga Leonor Redmond, pasaron la jornada entera preparando un delicado pastel, mientras que los niños, con risas y entusiasmo, se ocuparon de engalanar la estancia con flores y cintas, procurando dar a la velada un aire más festivo. Evangeline, en virtud de ser la mayor, quedó a cargo del pequeño Benjamin, velando con ternura por su hermanito.
Al llegar la hora señalada, todos se ocultaron en silencio, aguardando expectantes la entrada de Víctor. Cuando este traspasó el umbral de la casa, un clamor de júbilo estalló a su alrededor, y el maestro, sorprendido hasta las lágrimas, no hallaba palabras con que agradecer tan gentil detalle. Rodeado de su familia y amigos, se dejó conmover por aquel canto de cumpleaños que resonó cálido en su hogar, como un eco de gratitud por los años vividos.
Víctor cumplía sesenta años, edad poco común en aquellos tiempos, lo que en lo íntimo le llenaba de cierta aprensión. Bien sabía que su esposa era todavía mucho más joven, y que sus hijos se hallaban en tierna edad, por lo que la idea de su propia ausencia se presentaba como una sombra inquietante en su corazón. Había de procurar, pensaba, alguna forma de asegurar el porvenir de los suyos, por si el destino se mostraba cruel.
No obstante, en medio de la dicha de aquel día, otra preocupación comenzaba a germinar en silencio. Desde hacía algunos días, Ophelia venía sintiéndose indispuesta; un malestar conocido que prefería callar para no inquietar a su esposo. En lo más hondo de su ser, temía que aquella sensación fuese presagio de lo que ya había experimentado en el pasado, aunque aún no se atrevía a pronunciar palabra.
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Autora:
Hola a todos!! Con este nuevo capitulo les traigo actualización del árbol genealógico! para no perderse con los integrantes de la familia, se vienen cositas! jeje
Susu!
ÁRBOL GENEALÓGICO
Generación 1885 - Capitulo 12
El pequeño Benjamin crecía a pasos agigantados; era un infante risueño y de carácter vivaz, siempre dispuesto al juego, en clara diferencia con sus hermanos mayores, cuyas naturalezas eran más serenas y sosegadas. Ophelia consagraba sus jornadas enteras al cuidado de benjamin, mientras que Víctor, con el peso de la responsabilidad sobre sus hombros, buscaba sin descanso la manera de proveer lo necesario para el sustento del hogar. Al parecer, tanto esfuerzo comenzaba al fin a dar sus frutos, pues su nombre se escuchaba ya en las aldeas vecinas, donde con frecuencia le requerían para impartir sus lecciones. Aquello le permitía sostener con mayor holgura a su familia, aunque no sin fatiga.
Entretanto, la pequeña Evangeline comenzó a manifestar un mal que inquietaba a su madre: noche tras noche era turbada por pesadillas espantosas, de las cuales despertaba con un terrible semblante y el corazón desbocado. En una ocasión, tal fue su espanto, que hubo de despertar a su hermano Frederick, convencida aún de hallarse presa en aquel sueño tormentoso. Al principio, Víctor y Ophelia restaron importancia a tales sucesos, atribuyéndolos a fantasías propias de la infancia. Sin embargo, Eva guardaba consigo un secreto más profundo: en el refugio de su diario personal, dejaba constancia de cada visión nocturna, asegurando que en aquellos sueños se le presentaban figuras de personas que ya habían abandonado este mundo.
Consciente de lo insólito de sus palabras, no osaba confiarlas a nadie, temerosa de ser tenida por desvariada. Así, cargaba en silencio con el peso de aquel don misterioso, que pronto habría de marcarla con un destino singular.
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ÁRBOL GENEALÓGICO
Generación 1885 - Capitulo 11
El día llegó en una mañana serena. Un parto rápido trajo al mundo al nuevo integrante de los Ellington: un niño al que llamaron Benjamin Ellington. Al igual que su hermano Frederick, unos suaves rizos cobrizos —herencia de Ophelia— asomaban en su pequeña cabeza.
Para Ophelia, este embarazo, aunque al inicio estuvo marcado por la distancia emocional de Victor, resultó en general tranquilo y sin grandes malestares. Aquello la hizo sentirse más fuerte, más capaz. Al recibir a Benjamin en sus brazos, supo que su fortaleza había dado fruto.
Sus pequeños hermanos, llenos de entusiasmo, rodearon la cama: Eva, con dulzura, colmó a su madre de caricias, mientras Frederick, fascinado, no tardó en acercar sus juguetes de madera para compartirlos con su nuevo compañero. Y entre besos y risas, Ophelia encontró en ellos un refugio de amor incondicional.
Víctor, abrumado por el arrepentimiento, al contemplar aquel prodigio hecho realidad, suplicó perdón a su amada Ophelia por las ásperas maneras con que se condujera en el pasado. Con voz quebrada, juró que jamás les faltaría sustento ni amparo, pues el amor habría de ser, desde entonces y para siempre, el cimiento más sagrado entre ellos.
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Generación 1885 - Capitulo 10
Víctor se hallaba preparándose con diligencia para la llegada de aquella nueva vida que, aun sin haber llegado, ya se sentía latente en el hogar. No solo se dedicaba con empeño a sus clases, sino que, al regresar con el caer de la tarde, entregábase a la faena de la huerta, sembrando hortalizas y frutales que habría de vender en los días de mercado.
Ophelia, tomó los pinceles y colores, y con paciencia fue llenando lienzos de delicadas escenas, confiando en que su esposo las ofreciese a buen precio. Aquel esfuerzo compartido, más que fatigarlos, acercó sus almas; y en el silencio de esas jornadas, Víctor halló claridad en su corazón, comprendiendo que jamás debía permitir que la dulce Ophelia se sintiera culpable.
Porque, al fin y al cabo, ¿qué mayor gracia puede otorgar la Providencia que la de un nuevo hijo? Un infante, siempre y para siempre, sería una bendición.
El pequeño Frederick, habiendo ya dejado atrás aquellos días de fragilidad y quebranto, se tornó en un niño de vigor notable, convirtiéndose en el predilecto de doña Ophelia.
Evangeline, por su parte, mostraba cada jornada un afecto más estrecho hacia el buen Alan, quien con noble disposición se ofrecía siempre a socorrer a la madre en su delicado estado. Era, pues, cosa común hallarle en la casa prestando ayuda a la familia. Y no dejaba de advertir Ophelia el resplandor con que los ojos del joven brillaban al posar su mirada sobre la dulce Eva, lo cual avivaba en su corazón la esperanza de contemplar algún día a su pequeña en el seno de su propio hogar.
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Generación 1884 - Capitulo 9
La distancia entre Ophelia y Victor era lo bastante evidente para alarmar, ambos sentían la quietud de sus pensamientos. Victor se entregaba con empeño a su labor, consciente de la pesada carga que les aguardaba; la situación, ya de por sí complicada, se tornaría mucho más ardua con la llegada de un nuevo hijo. Para Ophelia, en cambio, el consuelo residía en los niños: ahora más crecidos, pasaban las tardes bordando junto a Evangeline, mientras Frederick se entretenía con juguetes de madera tallada, cuya sencillez parecía encantarlo sin fin.
Las tardes transcurrían con lentitud y sosiego. Mientras Victor y Evangeline se dirigían a la escuela del pueblo, Ophelia se dedicaba a pasear con Frederick, visitando a los vecinos Redmond. Allí, ella y Leonor compartían las horas entre charlas y risas, intercambiando experiencias sobre la maternidad y la vida en el campo. Entre conversación y confidencias, la amistad se consolidaba con cada jornada, y pronto se volvieron inseparables confidentes.
Al volver a casa, con frecuencia Alan, el hijo mayor de los Redmond, acompañaba a Ophelia hasta la puerta para ver regresar a Evangeline desde la escuela. Fue en esos instantes cuando la niña y el joven se encontraron por primera vez. Al principio, su relación fue tímida y cautelosa; sin embargo, pronto descubrieron las muchas afinidades que los unían. Así, lo que para Alan debía ser un mero deber de cortesía se tornó en placer, pues cada paseo hasta la casa de los Ellington era la oportunidad de volver a encontrarse con la pequeña Evangeline.
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Generación 1884 - Capitulo 8
El invierno se presentó con sus fríos rigurosos, y con él llegó el cumpleaños de Frederick. Aquel niño frágil, que en su primer año estuvo tan cerca de la muerte, había crecido con más vigor, aunque sin dejar de ser enfermizo.
Era el vivo reflejo de su madre, tanto en el cabello rojizo como en la dulzura de su carácter. Sin embargo, Frederick parecía percibir, con la sensibilidad propia de los niños, que algo turbaba el ánimo de Ophelia.
Ella, hacía pocas semanas, había descubierto que nuevamente se hallaba en cinta. La noticia, lejos de traerle alivio, la llenó de preocupación. El recuerdo de su penúltimo embarazo, tan riesgoso para su vida como para la del pequeño Frederick, aún se mantenía fresco en su memoria. Ahora, con dos hijos que reclamarían siempre sus cuidados, el temor a que su salud no resistiera volvió a hacerse presente. Procuró disimular su estado, guardando silencio para no preocupar a Victor, mas él, atento a cada gesto de su esposa, pronto notó la distancia en su semblante y la pesadumbre en su mirada.
Mientras tanto, Victor se empeñaba en instruir a Frederick con la misma paciencia con que antes lo había hecho con Evangeline. Mas el niño, distraído y soñador, rara vez seguía el hilo de las lecciones, lo que provocaba no poca frustración en su padre. Evangeline, en cambio, crecía sabia y observadora, demostrando desde muy temprano la inteligencia heredada de ambos progenitores.
El día llegó en que Ophelia ya no pudo ocultar más su secreto. Con voz temblorosa confesó a Victor su embarazo. El golpe fue duro: sabía bien lo que aquello implicaba, tanto en lo económico como en los riesgos para la vida de su esposa. Una sombra de distancia se interpuso entre ambos.
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Generación 1884 - Capitulo 7
Con el crecimiento de los niños, también crecieron las necesidades del hogar, y la casa de los Ellington comenzó a sentir el peso de los gastos. Aun cuando en las escuelas se había establecido la educación universal para los pequeños, ello supuso para Victor un aumento considerable de trabajo, sin que su salario, recibiese el incremento que tanto esperaba. De tal modo, en el hogar fue necesario ajustar aún más el presupuesto, cuidando cada moneda con prudencia.
Ophelia, que en sus días de doncella había hallado gozo en la pintura, comenzó a pensar en volver a aquel arte querido para generar ingresos, mientras sugería a Victor que retomase con igual empeño la jardinería. Sin embargo, eran escasas las horas que él podía dedicar a tal oficio. Con frecuencia, las tardes lo hallaban retenido en la escuela, corrigiendo lecciones o preparando las clases del día siguiente. Así, la mesa de la cena quedaba a veces aguardando su llegada, mientras Ophelia se ocupaba del hogar y de los niños con paciencia, aunque en su corazón guardaba nostalgia por aquellos días en que el tiempo juntos parecía más abundante.
Los meses pasaron y, con ellos, Evangeline dejó de ser infante para convertirse en una niña hecha y derecha. Su cumpleaños fue celebrado con sencillez, mas con la dicha de estar todos reunidos. Eva mostraba un carácter sosegado y una inteligencia que se hacía notar en cada palabra y cada mirada. Victor, orgulloso de su hija, no podía dejar de inquietarse: sabía que pronto debería asegurar mayores recursos para que la niña prosiguiese sus estudios en un buen instituto. Para él, maestro por vocación, nada resultaba más importante que ver a sus hijos instruidos y con acceso al conocimiento que tanto valoraba.
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Generación 1883 - Capitulo 6
Frederick cumplía su primer año de vida y, sin duda, ya se había ganado el corazón de los Ellington. Era un niño de cabello rojizo, casi una copia de su madre Ophelia. Su fragilidad lo marcó desde muy pequeño, pues durante su primer invierno estuvo a punto de morir a causa de los fríos que azotaban la ciudad.
Ophelia, aún con el recuerdo vivo del difícil parto que había enfrentado, se consagró por completo a su cuidado. Apenas salía de casa, dedicando cada hora de sus días y noches a protegerlo, con la determinación férrea de una madre que sabe que la vida de su hijo pende de un hilo.
A pesar de aquel comienzo complicado, Frederick era un niño de temperamento suave y apacible. Su presencia era tan serena que a veces parecía invisible, un pequeño que irradiaba calma. Se convirtió en la sombra más fiel de Ophelia, mucho más cercano a ella de lo que Evangeline lo era. La niña, en cambio, crecía más unida a su padre. Victor, consciente de ese lazo, dedicaba largas horas a enseñarle a leer y escribir, instruyéndola personalmente con el orgullo de un padre que veía en su hija la promesa de un espíritu curioso e inteligente.
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Hola!! Como les comente en el capitulo anterior, ya tenemos árbol genealógico, si quieren pueden ir a darse una vueltita para conocerlo, saludos!
Generación 1883 - Capitulo 5
La llegada de los hijos trajo para los Ellington un antes y un después en la vida familiar. Para Victor, aquellos pequeños se convirtieron en la razón de todo esfuerzo, en el motivo que lo impulsaba a trabajar con renovado empeño para sostener a los suyos. Ophelia, entretanto, dedicaba sus jornadas al cuidado de los bebés, y en medio de aquellas atenciones apenas notaba cuán deprisa su primogénita, Evangeline, dejaba de ser un tierno infante para transformarse en una niña llena de vitalidad.
Eva, como la llamaban en casa, era criatura curiosa y despierta. Aprendió a caminar con rapidez gracias a la paciencia de su padre, y pronto no hubo campo que no recorriera con sus pasos ágiles, imposible de contener. Su carácter resuelto se manifestaba desde temprano, expresando con claridad aquello que deseaba y lo que rechazaba. Al caer la tarde, cuando sus juegos la habían dejado cubierta de polvo y barro, concluía siempre el día en un baño de espuma, rito ya indispensable en la rutina del hogar.
Victor, maestro por vocación y oficio, hallaba en su hija la discípula más fervorosa. Con esmero le enseñaba las primeras letras, logrando que reconociera algunas palabras y supiera trazar las suyas propias. Su inteligencia sorprendía a todos, y Ophelia contemplaba con gratitud el progreso de la niña. Si bien en su juventud ella había contado con una institutriz, ahora, en tiempos más humildes, veía en Victor al mejor de los preceptores, pues para él la educación de sus hijos era deber sagrado.
Con el correr de los meses, Victor fue ganando estima en el pueblo. Su nombre se volvió conocido como el maestro de los niños de la escuela, y en ese círculo trabó amistad con la familia Redmond. Algunos de los hijos de Ralph Redmond, siendo alumnos suyos, acudían a menudo a la casa de los Ellington: unas veces para repasar sus lecciones, otras para consultar dudas. Victor y Ophelia los recibían siempre con gozo, pues encontraban deleite en la presencia de niños y en el bullicio alegre que llenaba su hogar.
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Hola!! :) Ya tenemos árbol genealógico de la Familia Ellington, les comparto el link, Saludos!!

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Generación 1882 - Capitulo 4
El nuevo embarazo de Ophelia no fue nada sencillo. A pesar de que se cuidaba con esmero y seguía cada recomendación, la mayor parte del tiempo tuvo que permanecer en reposo. Aquello inquietaba a Victor, quien, con el corazón dividido entre la preocupación por su esposa y la necesidad de sostener el hogar, se vio obligado a dar clases extras en el colegio para compensar los recursos escasos que apenas alcanzaban para mantenerlos.
Era pleno invierno, un amanecer helado de enero, cuando finalmente llegó al mundo Frederick, el tan esperado varón de los Ellington. El parto fue largo y mucho más complejo de lo que habían imaginado. Fue necesario llamar al médico del pueblo para que asistiera a Ophelia, cuyo estado tras las horas de dolor resultó muy delicado. La angustia se apoderó de Victor durante aquellas horas, pero la recompensa fue inmensa: el niño nació sano, fuerte, con una piel sonrosada y mechones rojizos que recordaban de inmediato al cabello de su madre.
La recuperación de Ophelia fue lenta, pero semana tras semana sus fuerzas fueron regresando. La familia entera se llenaba de gratitud, conscientes de que la vida les había regalado la bendición de tener a ambos, madre e hijo, con salud.
Por lo delicado de la situación, no pudieron celebrar como hubieran querido el cumpleaños de Evangeline. Sin embargo, la pequeña, con sus cabellos cobrizos como los de su padre y aquellos ojos azules que había heredado de su madre, iluminaba la casa con su sola presencia. Su ternura y alegría eran la prueba viviente de la unión entre ambos padres, y aunque no hubiera festejo, bastaba con verlos juntos, resguardados del frío, para sentirse felices y esperanzados por el futuro.
Frederick era un bebé tranquilo, cuyo llanto se calmaba al instante en brazos de Ophelia, y Victor, aunque llegaba cada noche exhausto y con el cuerpo rendido por tantas horas de trabajo, encontraba en su familia la razón de su esfuerzo. Mirar a sus hijos dormidos y a Ophelia recuperándose a su lado le daba la certeza de que, pese a todas las dificultades, la vida les sonreía en lo más esencial: estaban juntos, y estaban vivos.
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Generación 1881 - Capitulo 3
El ansiado momento para la familia Ellington llegó tras largas y angustiantes horas. Los muros de la casa fueron testigos de la valentía de Ophelia, quien, pese al cansancio y al dolor, trajo al mundo a una niña de delicada hermosura. Victor, conmovido, la nombró Evangeline. En lo profundo de su ser había albergado la esperanza de un heredero varón, mas al contemplar a madre e hija a salvo, sintió que todo anhelo quedaba colmado en gratitud.
Los primeros meses fueron de silenciosos sacrificios y nuevas rutinas. La llegada de Evangeline trajo consigo noches de desvelo, temores y aprendizajes, pero también ternura y un amor hasta entonces desconocido. Ophelia, aunque frágil tras el parto, se aferraba con dulzura al cuidado de la pequeña, hallando en cada sonrisa un motivo para resistir. Victor, por su parte, sostenía el hogar con entereza, procurando ser faro y amparo, aun cuando el peso de las responsabilidades amenazaba con doblegarlo.
Y justo cuando la calma parecía abrirse paso en el horizonte, Ophelia, con voz temblorosa pero llena de dicha, confió a su esposo un secreto sagrado: el amor que los unía había obrado nuevamente, pues aguardaban otra vida en su seno. Una revelación que, lejos de inquietarlos, los unió más, convirtiéndose en el preludio de un nuevo capítulo para la familia Ellington.
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