Oyarzabal-san!
Mikel y tĂş os conocĂŠis desde que tenĂŠis memoria, y por supuesto que quieres que cumpla sus sueĂąos. Entonces, Âżpor quĂŠ de repente te duele tanto que se vaya a Madrid tan solo unas semanas?
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ÂĄÂĄHola!! Una pequeĂąa advertencia antes de empezar: con este fanfic no pretendo afirmar nada de la vida del jugador, y mucho menos privar en su vida personal. Mis mayores respetos tanto a ĂŠl como a su mujer y familiares, ÂĄescribo esto por puro ocio y por funsies! No tengo mucha idea de fĂştbol ni de clubes, pero gracias de antelaciĂłn a todas las que me leĂŠis.
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Mikel y tĂş os conocĂŠis desde que tenĂŠis memoria. No ha habido verano en el que no os pasarais corriendo uno en casa del otro o comiendo los macarrones con tomate de su madre despuĂŠs de pasar la tarde entera jugando al fĂştbol en el parque. Al principio era divertido y siempre te animabas a jugar con ĂŠl y con vuestros amigos del cole, pero con los aĂąos y gracias a sus entrenamientos cada vez mĂĄs intensos, empezĂł a superarte, asĂ que te limitaste a observar desde el banco grafiteado con una bolsa de pipas Tijuana en la mano.
En el instituto os pasabais los patios juntos, incluso en la distancia. No habĂa dĂa que no le vieras el balĂłn en los pies y una sonrisa triunfante cuando regateaba con ĂŠxito al pringado de turno que le tocara hoy ser su vĂctima. Entrabais de vuelta a clase rodeados de chavales saludĂĄndoos con los ojos muy abiertos y en alabanza a las capacidades que seguro que en un futuro brotarĂan en fruto. Se te acercaba al borde de la valla con el pelo aĂşn hĂşmedo del sudor, pero no le podĂas negar el abrazo que implicaban sus brazos, ni la sonrisa que te sacaba el susurro en tu oreja: "ÂżTe vienes hoy a comer?" Le mirabas con complicidad. ÂżLo dudabas?
Por mĂĄs cansada que estuvieras aquel dĂa de estudio, toda fatiga se evaporaba de tu cuerpo cuando veĂas a su madre abriros la puerta, la sonrisa radiante y de donde te asegurabas que la habĂa sacado su hijo. La casa era acogedora, y con los aĂąos (y la insistencia de la familia) aprendiste a dejarte llevar y no preguntar antes de ir a la cocina o al baĂąo, a echarte encima del sofĂĄ con un suspiro, o a subir directamente a la habitaciĂłn de Mikel a esperar mientras ĂŠl se duchaba antes de comer. Para ti esos dĂas eran momentos de paz y tranquilidad; no habrĂa mejores palabras para definirlo. Bajabas la guardia, te sentĂas como en casa, como una mĂĄs. Para ĂŠl, tu casa era igual. Tus padres adoraban enormemente al chaval; incluso en ocasiones creĂas que lo querĂan mĂĄs a ĂŠl que a ti con los WhatsApps que decĂan "ÂżViene Mikel ya a casa?" en lugar de "ÂżVuelves ya?".
En los dĂas que no habĂa nada que hacer y ĂŠl se encontraba muy fatigado para bajar a la plaza, os quedabais en casa viendo alguna peli que encontrarais en el videoclub local; cuanto mĂĄs chorra, mejor. Esos dĂas, pensabas en la intimidad; eran de los mejores para ti. Se hacĂa tarde fuera y la casa parecĂa que os dejara solos, compartiendo una manta y el silencio que os envolvĂa por encima de la televisiĂłn. Muchas maĂąanas os encontraban en una esquina del sofĂĄ, posiblemente babeĂĄndole el pecho, su brazo protegiĂŠndote del frĂo o de lo que sea que estuviera soĂąando. Y eso no lo cambiarĂas por nada. Evidentemente, vuestras madres no tardaron muchos aĂąos en darse cuenta de que vuestra amistad era especial. No forzaron nada, ni mucho menos; pero con cada cumpleaĂąos, cada despedida con un beso en la mejilla y cada "ÂĄBajo a ver al Miki!" que salĂa por tu boca, entendieron que las palabras sobraban.
Para ti, Mikel era tu mejor amigo. No recuerdas un momento en el que ĂŠl no estuviera ahĂ, con su serenidad y hasta timidez que te encantaba chinchar de vez en cuando, sobre todo cuando notabas que le gustaba una amiga tuya. Admirabas su talento para el futbol, pero tambiĂŠn la capacidad de tener las cosas claras y el rumbo que querĂa tomar con su vida, su familiaridad y positividad hasta cuando las cosas salĂan mal.
Para ĂŠl, tĂş eras su mejor amiga. No recuerda un momento en el que tĂş no estuvieras ahĂ, con tu presencia y carĂĄcter que compaginaba tan bien con el suyo. Admiraba tu seguridad y agradecĂa que estuvieras a su lado para, de vez en cuando, darle un choque de realidad cuando lo necesitaba, para recordar dĂłnde estaba su hogar. No fallabas a ningĂşn partido, ni amistoso ni en la plaza, y le encantaba escucharte la primera vitorear sus goles como si del mundial se tratara. Erais inseparables.
Hasta que lo inevitable tuvo que ocurrir.
Con tan solo 17 aĂąos y sin saber dĂłnde meterte, a Mikel lo aceptaron en el Real Sociedad. En esos instantes te diste cuenta de lo grande que iba a ser tu mejor amigo, y desde muy temprano empezaste a hacerte con la idea de que podrĂa irse. De tu vida, de San SebastiĂĄn, de donde fuera, pero lejos de ti. Y eso te dolĂa mĂĄs que a nadie.
Ăl viajaba bastante de por sĂ, e incluso de vez en cuando te acoplabas a los viajes de familia y os ibais por toda EspaĂąa. Pero esto podĂa ser diferente; esto implicaba pasar semanas sin verle, verlo a travĂŠs de la tele, apenas hablar por telĂŠfono en los momentos que se encontraba libre para hablarte de la liga o de la razĂłn por la que estabais a tantos kilĂłmetros de distancia. Te costaba aceptarlo, pero era una realidad que cada vez se hacĂa mĂĄs posible. Pero hasta entonces, tendrĂais todo el tiempo del mundo.
No fue hasta los 20 que esas preocupaciones volvieron a resurgir. Necesitabas su calma para encontrar el norte de nuevo, para recordarte que no te estaba abandonando y simplemente estaba viviendo su ĂŠxito contigo, aunque fuera en la distancia, aunque cada vez os vierais menos, incluso viviendo a 5 minutos. Habiendo acabado el instituto, ya no tenĂas excusa para verle todos los dĂas. En el transcurso de esos tres aĂąos nunca se lo mencionaste, nunca le dijiste que echabas de menos un pedacito de ĂŠl. No porque no pudieras confiar en ĂŠl, sino porque tenĂas miedo de ralentizar su recorrido de vida. No querĂas ser una carga; tĂş pertenecĂas a San SebastiĂĄn, ĂŠl pertenecĂa al mundo.
Explotaste un dĂa cualquiera, una tarde milagrosa en la que no tenĂa entreno y el cielo veraniego estaba nublado.
Mikel te llevĂł al mirador de la playa. Antes de tener coche, os apaĂąabais subiendo con el bus o un familiar se dignaba a llevaros, pero ahora que tenĂa el carnĂŠ, no encontrabais el momento. La mĂşsica a tope rebotaba en vuestros oĂdos, contentos de poder respirar por fin con las ventanillas abiertas y el pelo volando por los aires. Sus manos firmes giraban el volante, sonrisa radiante al verte tan despierta despuĂŠs de semanas. Porque sĂ, el chaval se daba cuenta, sabĂa leer tus silencios tan bien como tĂş sentirlos.
âTe hacĂa falta salir de casa âse burlĂł suavemente, concentrado en la carretera, pero observando tu reacciĂłn por el rabillo del ojo.
âCĂĄllate, anda, si salgo mĂĄs de fiesta de lo que tĂş entrenas. âSoplaste de vuelta, no sin sonreĂrâ. âŚAunque esto es mejor. âAgregaste mĂĄs tranquila, sintiendo que hacĂa falta la aclaraciĂłn aunque permaneciera entre lĂneas.
El resto del trayecto surgiĂł en paz, hablando de chorradas que no implicaban ni entrenos ni futuras universidades o viajes, solamente de la cĂĄmara o las pipas que traĂas. Una vez aparcĂł, suspirasteis de alivio al verlo todo vacĂo. TodavĂa era temprano, pero estarĂais allĂ hasta que el sol bajara y os aburrierais del banco que daba las vistas a toda San SebastiĂĄn y el cielo nublado que hacĂa correr el aire. Os colocasteis en el respaldo de la madera y mordisqueasteis cĂĄscaras de pipa entre anĂŠcdotas y carcajadas. Definitivamente te hacĂa falta ese momento.
No llevabais ni una hora allĂ cuando el silencio cĂłmodo que compartĂais siempre se tensĂł con el peso de sus palabras.
âMaĂąana me confirman si voy a Madrid âsoltĂł de golpe, mirando hacia delante sin cesar de masticar las pipas con una habilidad aprendida durante largos aĂąos.
âÂżCĂłmo? ârespondiste, parpadeĂĄndole rĂĄpidamente a su perfil mientras ĂŠl parecĂa ignorarteâ. ÂżPara quĂŠ?
Un intensivo con el director de la Liga. âFinalmente decidiĂł mirarte a los ojos; sus ojos verdes, tan tranquilos como siempre, solo lograron desesperarte mĂĄs. âEstarĂŠ unas semanas.
âÂżPor quĂŠ no me lo has dicho antes? âBufaste y dejaste las pipas todavĂa cerradas dentro de la bolsa. Esa conversaciĂłn requerĂa toda tu atenciĂłn. Mikel hizo lo mismo.
âNo te he visto estos dĂas y⌠tampoco querĂa hablarlo por telĂŠfono.
Asentiste y giraste la mirada. Finalmente, se hicieron realidad tus temores; no desaparecerĂa de tu vida ni por asomo, pero ese viaje implicarĂa un cambio en su carrera y te afectĂł lo suficiente como para sentir que ya no tomarĂas lugar en la parte mĂĄs importante de su vida.
âYa, entiendo. âEsta vez el silencio te ardiĂł en el pecho. El mar bajo el balcĂłn del mirador se movĂa con el viento y el olor a mar te produjo nĂĄuseas. O al igual fue la ansiedad. No lo tenĂas claro. Sacaste de tu bolsillo una caja de cigarros industriales que solĂas fumar de fiesta, pero te pareciĂł una situaciĂłn adecuada para hacerlo.
Vio cada uno de tus movimientos con aquella serenidad que ahora solo te daba mĂĄs rabia. Inhalaste el humo despacio, el sabor ajeno sin reconocer el alcohol de tu lengua cuando lo pruebas.
âNo sabĂa que fumabas âdice cĂĄlidamente, la sorpresa clara en sus cejas.
âTenĂa la caja por casa. âTe encogiste de hombros. No sabĂas quĂŠ decir, y no te veĂas capaz de mentirle a la cara y decirle que estabas contenta por ĂŠl. Porque lo estabas, estabas orgullosĂsima de lo que habĂa logrado, sea un intensivo con no sĂŠ quiĂŠn o jugar en no sĂŠ dĂłnde o salir en no sĂŠ quĂŠ canal de televisiĂłn. Pero no creĂas que te fueran a salir los halagos sin parecer egoĂsta. âAun asĂ lo intentaste. âMe alegro, Miki.
Mikel no era tonto. Te leyĂł como si de un libro abierto te trataras, por mĂĄs que fingieras no serlo.
âÂżQuĂŠ pasa? âTu nombre saliĂł de sus labios, aquel apodo que te ponĂa siempre y que jurarĂas que es lo que ponĂa en tu DNI, solo que ahora te sonaba raroâ. ÂżHm?
Respiraste hondo y exhalaste el resto del humo en tus pulmones en un suspiro rĂĄpido.
âTodo te parece muy sencillo. âLo soltaste con rabia. Viste de nuevo sus cejas subir en la sorpresa y sus labios partirse, dejando atrĂĄs la sonrisa tonta de tranquilidad. âLo tienes todo clarĂsimo. Te piras por ahĂ, entrenas hasta que te revientan, te lesionas y te quedas tan tranquilo. No va asĂ, Mikel.
âÂżDe quĂŠ me estĂĄs hablando? âinsistiĂł. Te levantaste de golpe del banco y te quedaste frente a ĂŠl, el cigarro consumiĂŠndose entre tus dedos cuando estiraste los brazos con incredulidad.
âÂĄNo me puedes dejar aquĂ! âLa voz se te alzĂł mĂĄs de lo que querĂas, pero seguisteâ. No puedes abandonar todo lo que he supuesto para ti tan deprisa. CreĂa que- que al menos dudarĂas, que me esperarĂas. Pero cada vez te veo menos y ya no sĂŠ nada. âSollozaste. En este punto, las lĂĄgrimas te brotaban de la rabia. Cuando volviste a mirarlo, la vista borrosa, seguĂa sin decir nada.
âNo te quedes pasmado, Mikel, ÂĄrespĂłndeme, joder! âTe acercaste dos pasos y se puso de pie enfrente de ti, preocupaciĂłn y culpa brotando de sus faccionesâ. No quiero que te vayas.
âLo sĂŠ.
âNo, no lo sabes. âTe tapaste la boca, ahora llorando abiertamente, mirando a vuestros pies sobre la tierra. Llorabas de rabia, de tristeza, de miedo, pero sobre todo por el afecto que nunca te atreviste a nombrar, aunque fuera el hilo que os mantenĂa unidos. Lo escupiste, casi sin querer, en un susurro que esperabas que hiciera daĂąo mĂĄs que dar vergĂźenza. âNo quiero que te vayas porque te quiero, Miki.
No te atreviste a mirarle durante un largo rato. No sabes si lloraba tambiĂŠn, si te miraba, si suspirĂł. Fueron largos minutos de penitencia por haber roto lo que llevabais construyendo durante dĂŠcadas y temĂas que ĂŠl rompiera con su distancia, para que finalmente fueras tĂş la que lo destrozara con tus palabras.
Solamente cuando te calmaste, alzaste la vista. Ya te estaba mirando, ojos brillantes nadando en miles de emociones que no sabĂas descifrar en aquellos momentos.
âOlvĂdalo. âxhalaste por fin, tirando el cigarro a un lado con pasividad fingida, y empezaste a caminarâ. Es que soy idiota.
âÂĄEspera! âĂŠl reaccionĂł por fin, caminando deprisa detrĂĄs de ti para alcanzar tu brazo.
âNo, Mikel, da igual, ya estĂĄ.
âNo lo sabĂa.
âPues claro que no lo sabĂas âte giraste, mirĂĄndole a los ojos e ignorando el ardor de tu pecho al ver su expresiĂłn, rota y llena de ternura. En su mente rĂĄpida navegan todos los veranos que pasasteis juntos, los cumpleaĂąos en los que eras la primera en llegar y la Ăşltima en irte, los partidos donde parecĂas ser la Ăşnica que buscaba entre las gradasâ.
Para Mikel, este momento siempre lo tomarĂĄ tan desprevenido como la realizaciĂłn de que siempre has estado ahĂ, y no se imagina una vida en la que no estĂŠs. Negaste con la cabeza.
âNo hace falta que me digas nada. N-no sĂŠ si podrĂŠ vivir con la respuesta.
El silencio permanecĂa doloroso para los dos. Su mano se cerraba firme en tu muĂąeca, pero no molesta, solo lo suficiente como para no dejarte ir como sabrĂa que lo harĂas si tuvieras la oportunidad.
âLlĂŠvame a casa âcerraste los ojos, no podĂas verle mĂĄs, no cuando su propia visiĂłn se inundaba de lĂĄgrimasâ.
AsĂ que simplemente⌠te llevo. Os subisteis al coche, esta vez sin mĂşsica, el silencio tenso e incĂłmodo. Tus pensamientos lo llenaban. Te culpabilizabas por haber perdido a quien mĂĄs quieres de la forma mĂĄs estĂşpida posible, por haber saboteado al tiempo antes de que ĂŠl hiciera su curso y os desprendiera del otro como debĂa ser. Lloraste bajito; sus manos giraban el volante con prudencia, Ăşnicamente dirigiĂŠndote miradas cuando se te escapaba algĂşn que otro sollozo.
Cuando reconociste vuestra calle, te soltaste del cinturĂłn de seguridad y te limpiaste la cara con el dorso de tu sudadera, preparĂĄndote para salir.
âEh âsu voz era suave, como siempre. Casi se te sale del pecho el corazĂłn de lo rĂĄpido que iba. â, mĂrame.
Lo hiciste. No te sorprendiĂł ver su angustia, pero sĂ te sorprendiĂł la sonrisa que te dirigiĂł, tierna y suave como siempre que te veĂa llorar.
âNo me vas a perder âafirmĂł, voz honesta y convencidaâ, no voy a desaparecer. Me tienes siempre. âSus palabras lograron apaciguar tus ansias, aunque fueran por un momentoâ. No voy a fingir que sĂŠ quĂŠ decirte, porque no lo sĂŠ. Pero no me da miedo.
âLo siento. âTe apresuraste a decir, seca de lĂĄgrimas pero aĂşn agitada.
âNo te disculpes. Solamente me has dicho la verdad.
Le dedicaste una sonrisa propia, pequeĂąa pero genuina, antes de deslizarte del asiento hacia la acera y entrar a casa, muerta de dolor y de la vergĂźenza, pero tambiĂŠn de un amor que hasta entonces no entendĂas.Â
Pasaron cinco dĂas sin veros ni llamaros. En retrospectiva, era poco, y trataste de convencerte a ti misma de que no debĂas depender de Mikel, tu Miki, aunque era difĂcil pensar que ese era el problema cuando la Ăşltima conversaciĂłn que tuvisteis fue una confesiĂłn torpe de amor sin respuesta. Tampoco obtuviste respuesta respecto a su viaje de Madrid, pero esa preocupaciĂłn durĂł poco.
Tu mĂłvil vibrĂł sobre el escritorio. Estabas en la cama, persianas bajadas para evitar el sol del mediodĂa. Pensabas ignorar toda seĂąal de vida externa, pero la vibraciĂłn insistente del dispositivo te desesperĂł lo suficiente para levantarte de un bote. Te detuviste de golpe cuando viste quiĂŠn era que llamaba.
Ama de Mikel, leĂa tu pantalla. Te dolĂa el estĂłmago con la idea de que Mikel le podrĂa haber dicho algo, que aquello habĂa escalado hasta el punto de que tendrĂan que intervenir vuestras madres a solucionarlo. No parecĂa tan mala idea. Todo era mejor que la vergĂźenza de haber dejado las cosas incĂłmodas. Respondiste en el Ăşltimo tono.
âÂżHola?
âAy, hija, ÂĄpensaba que no contestarĂas nunca! âReconocĂas la sonrisa en su voz; te relajĂł por unos instantesâ. Supongo que sabrĂĄs que Mikel se va a Madrid el MiĂŠrcoles de la semana que viene, ÂżquĂŠ te parece venir a comer el Domingo y le despedimos todos juntos? Hace tiempo que no os vemos a los dos, que ya sĂŠ que estĂĄis muy ocupados, y seguro que le hace ilusiĂłnâŚ
Su voz pasĂł a segundo plano cuando viste el calendario de tu pared. Era Jueves ya. Tragaste saliva; no sabĂas quĂŠ decir una vez mĂĄs. No habĂais hablado todavĂa y no sabĂas si podrĂas verle sin sentirte una idiota. Pero joder, si no te morĂas de ganas de hacerlo, de verle sonreĂr otra vez, de que te abrace tan fuerte que te deje sin aire y que te mire con esos ojos verdes que hablan mĂĄs que mil palabras. Porque contigo le sobran las palabras.
âYo⌠âVacilaste. No sabĂas cuĂĄnto tiempo llevaba la mujer esperando tu respuesta, y el recuerdo de Miki te hizo vomitar una excusa barataâ. He quedado con unas amigas el Domingo. Hace tiempo que lo tenemos planeado, yâŚ
âAy, cariĂąo. No te preocupes. Ya os verĂŠis entonces, Âżno?
âSĂ, sĂ, claro âcon la culpa de la mentira te despediste en voz baja, disculpĂĄndote por no poder asistir, y tiraste el mĂłvil a la cama una vez ella habĂa colgado. No podĂas escuchar mĂĄs sus insistencias.
Para cuando llegĂł el SĂĄbado por la maĂąana, te volviĂł a hablar, esta vez por mensajes de texto.
"Segura que no puedes venir?? Miki estarĂĄ semanas fueraâŚ"
Te mordiste el labio. Miraste la pantalla durante mucho rato.
"Lo siento, de verdad. Ando liadĂsima estos dĂas. Cuando vuelva, vale??"
Supiste que mentirle a tu segunda madre no fue buena idea cuando esa misma tarde tu propia ama te sacĂł el tema. Le ayudabas en la cocina, secando los platos que ella fregaba despuĂŠs de comer. No hablabais de mucha cosa en la concentraciĂłn y se te hundiĂł el pecho con lo poco que dijo.
âÂżTodo bien con Mikel? âsu voz parecĂa inocente, preocupada. SabĂa que la razĂłn por la que llevabas dĂas en cama no era nada mĂĄs que ĂŠl. Aun asĂ y una vez mĂĄs, trataste de mentirle. No parecĂas tĂş, mintiĂŠndole a tanta gente a la que quieres.
âSĂ, Âżpor? âte mirĂł por el rabillo del ojo. Te leĂa a kilĂłmetros de distancia.
âPor nada. Su ama me ha dicho que hace dĂas que no vas a comer, y se va la semana que viene, Âżno es asĂ?
âEstoy ocupada.
âYa, y yo soy la presidenta âresoplĂł. Se secĂł las manos con un trapo despacio y se girĂł a verte, una mano en la encimeraâ. Mira, no quiero meterme, pero os conocĂŠis desde que tenĂŠis uso de razĂłn. Y ahora resulta que no os veis.
âEstĂĄ liado.
âNo os hablĂĄis⌠âinsistiĂłâ. Y cuando pregunto por ĂŠl, me cambias de tema.
Te congelaste, pillada en tu sucia mentira. Te querĂas morir de la vergĂźenza, del dolor de haberlo dejado todo mal. TemĂas que fuera asĂ vuestro fin y al final la cagaste sola tratando de evitarlo.
âHija⌠âTe hablĂł, pero tĂş ya estabas llorando. Su voz era tierna, no era reproche, aunque sonara a las siete trompetas del apocalipsisâ. ÂżQuĂŠ ha pasado?
âLa he cagado âsus manos tomaron tu cara como si tuvieras siete aĂąos otra vez en lugar de veinte. Le hablaste entre sollozos, incapaz de mirarle a los ojosâ. Le he dicho que le- que le querĂa.
ParpadeĂł en su sorpresa durante una milĂŠsima de instante antes de sonreĂr con un suspiro largo.
âÂĄMenos mal!
Te apresuraste a secarte las mejillas para verla, nariz lĂquida.
âÂżQuĂŠ?
âQue ya era hora.
TĂş seguĂas pasmada, aĂşn preparada para su discurso. Ya te la imaginabas: "ÂżPero por quĂŠ has dicho nada? Ahora serĂĄ todo incĂłmodo." Ella sonriĂł ante tu incredulidad con la suya propia, juguetona mientras te secaba la cara.
âLlevĂĄis veinte aĂąos mirĂĄndoos como si fueseis el mundo del otro. Vosotros creĂais que lo escondĂais muy bien, pero las madres hablamos, Âżsabes? Llevamos aĂąos diciendo: "O estos dos se casan, o dejan de hablarse". Lo vuestro no es una amistad cualquiera, cariĂąo.
Escuchar de tu propia madre lo que no querĂas poner en palabras hizo que te mordieras el labio, insegura.
âPues parece que gana la segunda.
âNo lo sĂŠ ânegĂł despacioâ, pero si este es el mismo Mikel que lleva toda la vida buscĂĄndote cuando te pasaba algo⌠no veo por quĂŠ vaya a ser diferente esta vez âte vio callada, pensante, y siguiĂłâ. Dale tiempo, Âżhm?
DespuĂŠs de esa conversaciĂłn se te hizo el dolor mĂĄs ameno. Te viste capaz de encontrar tu vĂdeo favorito de los dos y reproducirlo por milĂŠsima vez. En ĂŠl salĂs en el Reale Arena, tras un duro partido de noventa minutos mĂĄs prĂłrroga. Recuerdas lo angustiada que te sentĂas al verle, mĂĄs de una vez cayendo al suelo por las torpezas que trae el deporte. Pero finalmente logrĂł marcar dos goles en los Ăşltimos veinte minutos. Cuando acabĂł de celebrar con sus compaĂąeros, corriĂł hacia ti, te hizo saltar la valla y te alzĂł en sus brazos, girĂĄndote sobre el aire mientras te aferrabas fuerte. Tus gritos de emociĂłn e incluso miedo sonaban por el altavoz de tu mĂłvil. Lo apagaste y te fuiste a dormir.
El Domingo dudaste si ir a la comida una vez mĂĄs, y aunque ahora no pudieras esperar para verle, todavĂa habĂa tiempo antes de que se fuera. Vaya, seguro que se pasaba por casa antes del MiĂŠrcoles, o eso esperabas. Esta vez te estirabas en el sofĂĄ, viendo cualquier chorrada en la tele mientras esperabas a que pasara la hora de comer y que ya no hubiera vuelta atrĂĄs. Sin embargo, alguien llamĂł al timbre. Se te subiĂł el corazĂłn a la garganta.
âÂĄAma, abre tĂş!
Deseabas que fuera alguien mĂĄs, no sabĂas si podrĂas tener la conversaciĂłn en esos instantes, pero algo dentro de ti se aliviĂł mares cuando escuchaste a Mikel hablar en euskera en la puerta de tu casa.
âÂĄHija! Mikel dice que tiene algo tuyo.
Frunciste el ceĂąo. ÂżAlgo tuyo? No recordabas dejarle nada.
âDĂŠjalo ahĂ âseĂąalaste la mesita de cafĂŠ delante de la tele. No tenĂas fuerzas para levantarteâ.
Tu madre te mirĂł. No se movĂa.
âNo. Sal tĂş.
âÂżPor?
âPorque llevĂĄis diez dĂas haciendo el capullo.
âAmaâŚ
âNi ama ni hostias. Sal.
No podĂas discutirle mucho mĂĄs. Te morĂas por verle, por pedirle perdĂłn, por solucionar las cosas y dejarlo todo como antes. Por decirle que le adoras y que le quieres. Te temblaban las piernas camino al portal. Estaba serio, pero no durĂł mucho. Te sonriĂł al instante y se lo devolviste, apoyada en el marco con una camiseta suya antigua que ya no usaba, su apellido en grande en la espalda: "Oyarzabal" La reconociĂł, por supuesto, pero no hacĂa falta decir nada al respecto. Te tendiĂł algo con la mano.
âTe dejaste esto en el coche el otro dĂa âera tu caja de cigarros. La cogiste, ni siquiera te acordabas. Estabas tan jodida que se te olvidĂł por completoâ. PerdĂłname por no haberme pasado antes.
âNo ânegaste al instante, moviendo la caja entre tus manos en un pobre intento de tranquilizarte antes de guardĂĄrtela en el bolsilloâ, perdĂłname a mĂ.
Le oĂste inspirar. Se le veĂa nervioso tambiĂŠn, como era de esperar. Era refrescante verle reaccionar, con la de veces que se ha bloqueado en su propia tranquilidad y que tanto te desesperaba.
âOye âdijo tu nombre, suave, tomĂł otro paso adelante. TĂş saliste mĂĄs hacia fuera, segura de que tu madre estarĂa escuchandoâ, de verdad que no querĂa que aquello fuera asĂ. SĂŠ que a veces me quedo callado mĂĄs de la cuenta, aun cuando me toca a mĂ decir algo, peroâŚ
Esperaste a que acabara, le miraste a los ojos, los tuyos propios rojos de tanto llorar.
âPero no querĂa que interpretaras mi distancia con el hecho de que no te quiero.
Te dolĂa la garganta de aguantarte las lĂĄgrimas y te frustraste contigo misma. Llevabas toda la semana igual; esto no iba a ser diferente, no cuando te miraba asĂ.
âMiki âempezaste, pero te dolĂa el pecho. Negaste rĂĄpidamente, pero no pudiste no cogerle en brazos. Te lo devolviĂł enseguida, acurrucĂĄndote en su hombro mientras te rodeaba la cintura. Le sentĂas respirar rĂĄpidamente, probablemente emocionado tambiĂŠn, cosa que el latido de su pecho te confirmĂł por la fuerza con la que te agarrabaâ. No es eso, no- no es tu culpaâŚ
Respirasteis juntos, profundo, ignorando el resto del mundo durante un buen rato, simplemente sintiendo su pelo bajo tus dedos y su mano acariciĂĄndote la espalda. Fue solamente una semana, pero te diste cuenta de que no habĂa mundo en el que te vieras sin ĂŠl, no con la espina de poder decirle apropiadamente lo que sientes. Cuando te viste capaz, le hablaste cerca.
âNo me enfadĂŠ por tu silencio, Miki, me enfadĂŠ porque sentĂa que me abandonabas⌠âĂŠl seguĂa acariciĂĄndote, escuchando lo que tenĂas que decirâ. He sido una egoĂsta, de verdad que lo siento. Estoy tan orgullosa de ti, de que viajes, de que juegues donde quieres⌠si es que estĂĄs cumpliendo tus sueĂąos.
Se apartĂł a mirarte, definitivamente emocionado. Las lĂĄgrimas amenazaban con caerle por las mejillas y rozarle los lunares. Los sentiste con el pulgar, suave, hipnotizada por lo guapo que podĂa estar cuando se dejaba llevar. Era evidente que durante estos dĂas, con Madrid en su mente y un futuro brillante por delante, no podĂais evitar haber considerado lo que significabais para el otro.
âYa te lo dije âsuspirĂł suavemente, inclinando la cabeza hacia el lado donde le sostenĂasâ, me vas a tener siempre. CreĂa que⌠que serĂa mĂĄs fĂĄcil, para los dos, este cambio. Y ya no es que me vaya a Madrid o a donde sea, que me preocupe. Es la idea de una vida en la que no estĂŠs conmigo.
Te sorprendieron sus palabras; mirabas a todos lados menos a donde ĂŠl estuviera; se te escapaba el aire.
âYo no tendrĂa que haberte preocupado, son paranoias mĂas.
âCalla, tonta âse riĂł. Le miraste de nuevo, esa sonrisa tan suya y de la que no te cansarĂas nunca resurgiendo entre ojos verdes, ahora rojos de emociĂłnâ. Si ya te conozco⌠Ya sĂŠ que te preocupas. De la misma manera que sabes que puedes contarme lo que sea. Aunque sea que me quieres.
Volviste a girar la cabeza, bajando las manos sobre su pecho firme mientras te subĂa la sangre a las mejillas. Sus dedos se deslizaron de tu cintura para cogerte la barbilla con suavidad, tu nombre en sus labios.
âYo tambiĂŠn te quiero âlo dijo tan bajito que casi ni lo oyes, si no fuera por la distancia. Distancia que cerrasteis una vez pronunciĂł sus palabras; no tuvisteis que pensarlo mucho mĂĄs.
No fue tan intenso como fue de aliviante. Fue como respirar de nuevo; sus labios contra los tuyos y el roce de su barba de tres dĂas que tanto te gustaba. Tu mano se aferrĂł a su camiseta con fuerza, un pequeĂąo ruido escapĂĄndose de su boca que te hizo temblar las rodillas. AĂąos de miradas, besos en la mejilla que se quedaban medio segundo de mĂĄs, noches compartiendo sofĂĄ porque "os quedabais dormidos", parecĂan tonterĂas. Solamente te apartaste porque necesitabas aire, baĂąarte de nuevo en sus facciones y en el pelo que ahora tenĂa alborotado por tu agarre. Ya no era solamente tu mejor amigo, ahora era mucho mĂĄs.
Te sonriĂł incrĂŠdulo y no pudiste evitar besarle de nuevo, esta vez mĂĄs suave, casi como un suspiro. La prĂłxima vez que os separasteis fue del todo, observando el desastre que habĂas hecho de su camiseta plisada.
âLo siento ârepetiste en el silencio mientras la estirabas con una mano torpe. No solo te disculpabas por esoâ.
âTe perdono si vienes a comer âte miraba expectante, casi pĂcaro, echĂĄndote en cara la peor discusiĂłn que habĂŠis tenido nuncaâ.
âÂżLo dudabas?
Cuando salisteis de casa, ya vestida apropiadamente y mucho mĂĄs tranquila, no dudĂł en cogerte la mano. Detalle que no se le pasĂł a tu madre cuando os despedisteis, ni a la suya cuando llegasteis a su portal. Por suerte, no mencionĂł nada, pero su mirada lo decĂa todo, y el "amaâŚ" de Mikel tambiĂŠn. Ayudaste a poner la mesa; ya casi estaban todos allĂ; los primos y tĂos de siempre hacĂan parecer la mesa interminable, pero tĂş encontraste tu lugar a su lado. La comida era la misma explosiĂłn de sabor que siempre; el ruido era el mismo; el euskera volaba por el comedor en forma de bromas de cuĂąados que te desmoronaban de la risa y que a ĂŠl apenas le producĂan una pequeĂąa carcajada. Pero lo que esta vez habĂa cambiado, y parece ser lo Ăşnico, era que cuando te girabas a mirarle y le encontrabas los ojos, ya no fingĂa querer mirar a otro lado.













