–¿Me quieres? –pregunté.
–Si, te quiero. –contestaste.
Me convencí de ello, aunque al decirlo no me miraste realmente a los ojos, si no que permanencias perdido, alejado, nefilibato; así como ido en un huracan que no para de llorar; no sabía si tu ser estaba presente o si solo tenía frente mío un cascarón vacío, abandonado desde hace ya mucho por los sentimientos, apuntó de desmoronarse.
Entonces algo me susurró al pecho, que no era cierto. Comenzó a doler de la manera más ácida, asfixiante, las ganas de arrancarme los el corazón y el recuerdo del recuerdo volvieron a mis manos.
Fue como si todo se detuviera.
Y no lo entendí.
No lo entiendo.
¿Si me aseguras que me quieres, porqué dolió tanto como para poder romperme?













