LA PROMESA - ELIAN PITTARO - ARTES COMPARADAS - UNIVERSIDAD DEL SALVADOR - MIÉCOLES 13 DE AGOSTO DEL 2025.
Los miércoles no tengo clases, algo que disfruto bastante, un pequeño descanso, como diría mi amigo Bélen “cortar la semana”. Así que tomé ese día para hacer una pequeña caminata hacia “El Local”, una galería de arte ubicada en Caballito, Ciudad de Buenos Aires.
A eso de las 16:30 caminé en dirección a Juan B Justo y afuera, la mañana tenía esa luz limpia de invierno que hace que todo parezca más ordenado de lo que está. Al llegar, me encontré exactamente con lo que ya había visto en Google Maps al escribir la dirección: una galería pequeña, vidriada, con grafitis en la fachada y un par de reposeras de plástico en la vereda. Las reposeras eran un gesto de la artista, una forma de desacralizar el espacio, romper un poco con la formalidad de una galería de arte y agregar un poco de cultura barrial.
Noté que no había muchas obras, de hecho, había una sola, pero ocupaba todo el espacio con una fuerza extraña. Era una maqueta grande, no de esas pulcras y minimalistas ni de estilo inmobiliario, (tipo casa de barbie) sino una reproducción a escala de una fábrica de los años setenta. Medía alrededor de un metro y medio de largo por setenta centímetros de alto, construida con madera, cartón prensado y metales reutilizados. La superficie estaba pintada con acrílicos y óleos en tonos ocres, grises y marrones apagados, zonas de óxido que imitaban el paso del tiempo. Había paredes descascaradas, chimeneas, viejos y nuevos grafitis, sillas apiladas olvidadas, charcos, altares del gauchito gil. Hasta pareciera que había polvo en suspensión. Todo estaba envejecido, como si hubiera pasado el tiempo real por ese objeto en miniatura.
Era tan precisa que se transmitía el abandono: el logo original de la empresa apenas sobrevivía. Las ventanas, hechas con acrílico traslúcido, mostraban grietas y roturas; las chimeneas, tuberías y barandas estaban elaboradas con metales ennegrecidos para dar sensación de abandono. Todo el conjunto se presentaba sobre una base de madera, bien firme en medio de la sala.
La artista, Elian Pittaro, comentó que algunas cosas fueron inventadas por ella para expresar la desolación que sintió cuando exploraba la instalación. Pero la mayoría de los datalles eran casi una copia exacta. Llegó a imaginar que allí habitaban fantasmas que dejaban su impronta en cada habitación: “en algún lado deben vivir, ¿no? – Dijo entre risas.
La fábrica existió, por supuesto, era la fábrica de Jabón “El Federal” y está ubicada en la Matanza. Fue construida por los hermanos Delbene, en una época donde la que Argentina todavía apostaba a un modelo industrial, con producción nacional y promesas de empleo estable: una potencia regional. Sin embargo, ese impulso chocó con la violencia política, la represión y la reestructuración económica de la última dictadura militar (1976-1983). El proyecto industrial que prometía modernidad terminó reducido a escombros, víctima tanto de decisiones macroeconómicas como del propio desgaste del tiempo. Una idea de progreso que fracasó, ya que se declaró en quiebra en 1987.
Interpreto que la artista rechaza ver esta fábrica como una ruina: para ella son marcas materiales, huellas del colapso de una era. Su obra, La Promesa, es también una invitación a repensar qué hacemos hoy con ese patrimonio y, al mismo tiempo, una metáfora de la sociedad que seguimos habitando.
Para mí, la maqueta es un espejo de la cultura argentina que convive con el abandono, que recicla ruinas, que transforma fracasos y pérdidas. El edificio, reproducido a escala con tanto cuidado, es testigo de décadas de derrumbe físico y simbólico. Conmueve porque nos reconocemos en él: es la representación de una manera muy nuestra de vivir y de recordar. Habitar el abandono. No como una elección consciente, sino como una forma de supervivencia cultural.
“Yo siempre pensé que esta era una obra súper política, entonces no sabía si había logrado expresar lo que quería o no. Después escucho las conversaciones de la gente que viene…personas que trabajaron ahí, descendientes de los dueños de la fábrica. Los principales accionistas, el presidente de Jabón Federal. Y las conversaciones siempre decantan en algo político o de la micropolítica foucaltiana de la vida de las personas. Y también es una manera de política, ¿no? Qué sé yo, evidentemente esa intención existió” – Nos dijo Elian mientras apreciaba su obra, quien también tiene algo de esa promesa que se interrumpe y vuelve transformada.
Años atrás, quería retratar casas del conurbano bonaerense, había comprado un teléfono con cámaras, en ese momento una novedad. Viviendo en San Miguel, recorría largos tramos en bicicleta camino a su trabajo. Un día se topó con una casona muy llamativa e intentó capturarla en su teléfono. Una vecina curiosa se acercó a preguntarle que hacía ahí, pero Elian no pudo explicarle, para que entienda. Eran otras épocas, otras privacidades, la intimidad ante una cámara era muy distinta. Dejó el proyecto durante muchos años, estudió música, se dedicó a otras cosas. Pero en su interior recordaba ese deseo: “Las ideas siguen trabajando igual, aunque las dejes. Es cuestión de darles tiempo para que se transformen en algo. A veces tienen su propia dirección”. Y así fue como, después de un largo proceso, la maqueta de la fábrica tomó forma.
La obra se vuelve más que un objeto, un relato tridimensional. Una fábrica que alguna vez fue promesa de modernidad, hoy convertida en memoria tangible, colocada en medio de una galería como un espejo que nos devuelve la imagen de un país que quiso ser algo y terminó siendo otra cosa. De hecho, la galería ofrecía lupas y linternas para observar de cerca. Metáfora, quizás, de todo lo que quedó enterrado desde los 70’. Cosas que solo desenterraron quienes se animaron a mirar en detalle, introduciéndose en la penumbra y los rincones más oscuros de la historia de nuestro país y así también, de nuestras memorias.
Cuando le pregunto acerca de los finales, Elián se ríe: “yo estoy conforme, pero le agregaría mil cosas. Hay un momento en el que el proyecto te pide un basta, porque no te hace bien seguir”. Hablando (creo yo) de esa presión artística totalmente ligada a la inspiración, que muchas veces ya no está o que por momentos desaparece. “Llega un momento en que lo tenes que mostrar. Imaginate, yo hace ‘85.000 años’ que lo estoy haciendo y tuve todas las instancias para abandonarlo, para cambiar de idea, para decir no me gusta, o decir ‘che, me encanta, lo dejo así’ y me voy a hacer otra cosa … pero bueno, no sé, no tengo respuesta sobre el final”. Un proceso, una idea que madura y se transforma sola, parece dialogar con la propia historia de la fábrica: planes que se estiran, que se pierden, que esperaban otro final.
Mientras la escucho, pienso que esta maqueta es una cápsula de tiempo: una ruina sostenida por la memoria y por la conversación, sujeta a la historia de quien la observa. Condensa la experiencia argentina de construir futuro sobre bases frágiles, siempre en riesgo de derrumbarse. Afuera, las reposeras siguen esperando bajo el sol, como un país que alguna vez creyó en su impulso y que, décadas después, se encuentra sentado en la vereda, esperando que el tren vuelva a pasar.