La semana que viene me voy a Amsterdam y cualquiera podría pensar que buá, otra estúpida engreída que viene aquí a fardar de viajecito veraniego. Podría ser, sí, pero, en verdad, es algo mucho más complejo y, si quieres, puedes leer el porqué a continuación.
He contado muchas veces que mi padre murió cuando yo era niña. Ni diez años tenía. El era holandés, pero llevaba años viviendo y trabajando en España, por lo que no tenía una relación cotidiana con su familia. Cuando murió, esta, mi familia holandesa, trató de mantener cierto contacto con nosotros, especialmente por empeño de mi abuela, la madre de mi padre, pero la barrera del idioma lo hacía muy difícil. Mi hermana mayor y yo éramos niñas y mi madre solo habla castellano, mientras que ellos hablan holandés e inglés. Para colmo, aquella mujer murió apenas un año después, por lo que el contacto con aquella gente se redujo a felicitaciones navideñas y poco más. Teníamos su dirección en Amsterdam, pero no podíamos utilizar el teléfono. No podíamos hablar con ellos a través de él, no hablábamos la misma lengua.
En los años que siguieron, durante mi adolescencia, mi relación con ellos se limitaba al conocimiento de su existencia, algunas fotos que se iban haciendo viejas y una postal a finales de cada diciembre. Tenía un tío llamado Steven, que se daba cierto aire físicamente a mi padre. Una tía llamada Greta, rubia y alta, como el estereotipo holandés. Y un primo de mi edad, llamado Sander, de rostro redondeado y aniñado, como el mío, y una bonita sonrisa. A mí me daba mucha pena porque eran lo que me quedaba de mi padre y sabía que tarde o temprano les perdería para siempre. Y un día decidí que no lo iba a permitir. Que aún era muy joven para ello, pero que algún día haría lo que fuera para tener un contacto más fluido y no perderles. No sabía qué opinaban ellos al respecto, pero yo lo sentía así.
Yo recordaba algo del holandés, de cuando mi padre me hablaba en ese idioma, pero me parecía más útil el inglés y comencé a estudiarlo, ya que mi familia de allí lo habla perfectamente. Y la gran oportunidad me surgió cuando apenas había superado la veintena y estaba en la universidad: una beca Erasmus para estudiar un curso en una facultad en Amsterdam.
En aquella época, éramos una familia muy humilde. Mi madre trabajaba para una empresa de limpieza y apenas nos llegaba para subsistir después de pagar la hipoteca y las carreras de mi hermana y mía. A ver, para no excederme con el drama, no pasábamos hambre ni nada por el estilo, pero no sobraba un mísero euro al final de cada mes, eso sin duda. Además, la beca no te la pagan a priori, sino a lo largo del curso, de manera que el dinero lo tienes que ir adelantando, y tampoco da para cubrir todos los gastos. No podía permitírmelo y eso era algo me frustraba muchísimo. Había decidido hacer algo que me hacía una ilusión infinita, y estaba atada de pies y manos. Pero ahí surgió mi madre, la persona más maravillosa que conozco, y me dio el apoyo que nunca imaginé que tendría. No podría ser aquel año, pero dos después, la hipoteca terminaría de pagarse y mi hermana mayor acabaría sus estudios. “Cuando llegue ese momento, nos lo plantearemos” Me dijo.
Y el momento llegó. Y nos lo planteamos. De hecho, mi madre le había estado dando vueltas al asunto durante aquel tiempo, sin decirme a mí nada, y al día siguiente de pagar el último recibo de la hipoteca, me llamó, nos sentamos en la mesa de la cocina con un café por delante y compartió conmigo la idea que había desarrollado al respecto. Era un día de primeros de enero y la postal de cada año de mi familia holandesa había llegado hacía poco.
—Este verano vas a trabajar conmigo— Me dijo– Vas a ganar dinero y te lo vas a llevar para tus gastos. A la vez, yo voy a pedir un préstamo que cancelaré cuando te paguen la beca. Allí tendrás que vivir de forma austera, pero podrás conseguir lo que te propones. Eso si te dan la beca, claro…
Claro, eso si me daban la beca. El plazo para solicitarla se abría en marzo y allí me planté yo, en las oficinas del rectorado, con todos los papeles requeridos, incluyendo el flamante C1 en inglés que obtuve en la Escuela Oficial de Idiomas no mucho tiempo antes. La paliza de estudiar que me pegué durante los años anteriores para obtenerlo solo la conozco yo. Estaba absolutamente empeñada en conseguir lo que me proponía, y pronto pude comprobar los resultados de tanto esfuerzo.
Cuando recibí la carta en la que me confirmaban que me habían concedido la beca sentí miedo. Ya no se trataba de un sueño por el que pelear, sino algo que comenzaba a hacerse realidad. Mi madre estaba orgullosa, pero ella no es de zalamerías ni palabras bonitas y lo primero que me dijo no me relajó en absoluto.
–Y ahora es cuando vas a saber de verdad lo que significa la palabra esfuerzo.
Y qué razón tenía. Tiempo atrás, cuando conoció mis intenciones, había hablado con su jefa para preguntarle si habría alguna posibilidad de que, algún verano, yo pudiera trabajar para la empresa supliendo vacaciones. Y la jefa, muy amiga de mi madre, le dijo que no habría ningún problema. Eso significaba que aquel verano lo pasaría limpiando y fregando las oficinas y edificios que tenían contratada a la empresa de limpieza en la que trabajaba mi madre.
La paliza que yo me pegué aquel verano también la conozco yo solamente. Bueno, mi madre también. De hecho, aparte de para ganar dinero, aquellos dos meses me sirvieron para admirarla aún más porque esa misma paliza era la que ella se había estado pegando durante años para que mi hermana y yo pudiéramos tener una vida lo más normal posible, a pesar de no tener padre. Os aseguro que no se puede admirar más a una persona que como yo admiré a aquella mujer durante aquellos días.
Y por fin llegó la hora de partir. Un mes antes, le envié una carta a mi tío Steven para contarle lo que iba a hacer. Me daba muchísimo miedo recibir su rechazo o su indiferencia. No tenía ni idea de lo que sentiría al conocer mis intenciones. Hacía años que no le veía, muchos años, más de una década, yo no era más que una cría por entonces, y lo cierto era que no le conocía en absoluto. Pero su respuesta no tardó ni diez días en llegar al buzón del bloque en el que yo vivía. El hombre no había tardado ni un día en responder y enviar una carta de vuelta. Y, por lo que leí, estaba entusiasmado, lo cual me dio fuerzas.
El viaje en avión hasta Amsterdam fue un martirio por culpa de los nervios. Luego, tras aterrizar, tenía que coger dos líneas de metro hasta llegar a la residencia de estudiantes donde iba a vivir. Podría haber llamado a mis familiares para que fueran a recogerme, pero preferí no hacerlo. Quería llegar yo sola y hacerme al lugar antes de llamarles. A pesar de la carta de mi tío, me seguía dando miedo su reacción y bastante vergüenza abusar de unas personas a las que en verdad no conocía. De manera que hice el trayecto sola, fui a la residencia, recogí la llave de mi habitación y me instalé. En aquel lugar tenía una cama, un armario, un escritorio, un baño diminuto y una pequeña nevera. Luego, tendría que compartir la cocina con las otras nueve personas que vivían en aquella planta. Me bastaba y me sobraba. No necesitaba más.
Y, por fin, al día siguiente por la mañana, con un nudo en el estómago y las manos sudorosas por los nervios, les llamé. La voz de mi tío confirmaba el entusiasmo que percibí en las palabras de su carta. Fue una conversación corta y complicada porque el inglés por teléfono no es sencillo cuando no estás habituado a utilizarlo, pero finalmente quedé con él en que iría a buscarme a la puerta de la residencia a una hora en concreto aquella tarde. Y allí me planté yo, en la calle, junto a la puerta, hecha un manojo de nervios, esperando la llegada de un desconocido que en su día fue el hermano de mi padre.
No sé cómo, pero nos reconocimos. Es algo extraño que aún hoy me fascina cuando lo pienso, pero no hizo falta ni preguntar. Dos personas de la misma sangre que se reconocen a pesar de no conocerse. Él me sonrío abiertamente y cuando me abrazó, las lágrimas se me escapaban porque había peleado mucho para llegar hasta ese punto y tenía mucho miedo de que el resultado de mi esfuerzo cayese en saco roto. Pero no fue así. Mi tío parecía encantado de verme, y no solo fue eso, pues detrás de él aparecieron Greta, su mujer, y Sander, su hijo, mi primo, que me abrazaron también. En aquel momento, sentí felicidad plena. Comprendí que nadie es feliz siempre y porque sí y que la felicidad se manifiesta en momentos. Momentos como aquel. También comprendí que los sentimientos que yo había tenido por ellos durante años eran los mismos que ellos habían tenido hacia mí. Pena y frustración por tener unos familiares en un lugar lejano y con los que no te puedes comunicar. Hasta aquel día. A partir de aquel día, todo cambió.
Durante los nueve meses que pasé en Amsterdam estudiando, intimé con ellos de un modo total. Son una familia encantadora. Iba a comer con ellos todos los fines de semana y salí de fiesta con mi primo y sus amigos muchas veces. Conocí a Evelien, la novia de este, que hoy es su esposa y podría decir que mi mejor amiga. Ella estudiaba español y hoy día lo habla con bastante solvencia, en parte porque lo practica conmigo a menudo. Les estoy inmensamente agradecida por el trato que me dieron. No sólo en lo afectivo, sino también en lo económico. Mi tío quiso pagarme mi estancia allí, pero mi madre se negó en redondo, con ese orgullo tan característico que yo he heredado. Luego, intentó que la convenciera para compartir el gasto y pagarme la mitad, a lo que mi madre también se negó. Finalmente, mi tío decidió pasar de ella y me dio el dinero de esa mitad para que hiciéramos con él lo que quisiéramos. Él quería ser partícipe de todo aquello y, gracias a ello, mi estancia en Amsterdam no fue tan austera como di por hecho desde el principio. En el fondo, sé que ellos tienen ese mismo sentimiento de gratitud hacia mí por haber tenido la valentía de dar el paso que ellos nunca tuvieron el valor de dar, a pesar de haberlo deseado.
A partir de entonces, las cosas cambiaron. Una vez volví a Sevilla, seguí en contacto con ellos, ahora ya con mucha mayor frecuencia. Incluso, un año después, ellos vinieron a vernos a España y se reencontraron con mi madre. Fue algo muy bonito y en esos días comprendí por qué mi madre me apoyó tanto cuando decidí lo que decidí. Ella también deseaba ese reencuentro, pero sabía que no podía provocarlo por sí misma. Luego, pasaron varios años hasta volvernos a ver, a pesar de seguir manteniendo el contacto. Fueron los años más difíciles de mi vida, en los que tuve una turbulenta relación sentimental que acabó en ruptura dramática y tras la que decidí irme de Sevilla y vivir lejos de allí. Pero esa es otra historia que no viene a cuento ahora. El caso es que les volví a ver el día de mi boda. Y luego, poco más tarde, en la de mi primo Sander.
Y la última vuelta de esta historia tuvo lugar hace cinco años, cuando nació Lieke, la hija de mi primo. Aquel año, mi pareja y yo fuimos a Amsterdam a pasar unos días con ellos y así conocer a la niña. Y fue entonces cuando Sander y yo decidimos que nos teníamos que ver al menos un par de veces al año. Que teníamos que hacer ese esfuerzo. Que no quería que su hija no conociera a su familia española. Al menos a su tía Natalia, ya que era yo quien más interés había puesto siempre en mantener ese contacto. Y, desde entonces, todas mis vacaciones giran en torno a un viaje a Amsterdam. Ellos también vienen a verme cada tanto, especialmente mi primo, pero yo, todos los veranos, cojo un vuelo y me plantó allí. Hice un esfuerzo muy grande en su día, y esta es la recompensa. El cariño de una familia, el recuerdo de mi padre, una sobrina pequeña y rubita que me llama “tita”, así, en castellano, y que hace que muera de amor. Aunque luego, con esa vocecilla que tiene, me suelte una retahíla en holandés de la que yo apenas entiendo unas palabras sueltas.
Pues bien, la semana que viene, vuelvo para allá. Volveré a coger un avión y pasaré unos días en Amsterdam, con mi familia holandesa, y no veo el momento de que llegue el día. Porque la vida es corta y muchas veces es un asco, pero tiene cosas bonitas y has de agarrarte a ellas. Sé que me lo merezco. Que me lo he ganado. Que nada ni nadie tiene derecho a quitármelo, ni siquiera la muerte de mi padre. Así que no. No es un viajecito de verano cualquiera. Ni mucho menos.