Vengo en este vuelo de avión. Yéndome de aquello que me hace mal. Cómo es irse de la tormenta, cuando la tormenta está en uno? Cuando los nubarrones están presentes en mi interior, y llueve, no deja de llover. ¿Es sinónimo de vida? La lluvia es parte de un ciclo? ¿Cómo me doy tiempo para mi?
Como le digo o le explicó a la gente cómo ser valiente, si yo mismo me acobardo de mis miedos, yo mismo me voy del lugar de conflicto. De mareas turbulentas, de vientos huracanados. Como le enseño a los demás a hacerse cargo de sí mismo si yo ahora no puedo.
Como les enseño a volar si tengo miedo a las alturas.
Sepan que tengo vértigo. Igual, lo estoy haciendo en este avión que me trae de regreso de no se donde hacia otro lugar que tampoco recuerdo. No me acuerdo bien.
Estoy somnoliento. Y estoy con ganas de llorar. Ahora recuerdo que tener el corazón roto tiene sus peligrosos ataques de llanto. Es como una nube pasajera que descarga su lluvia con fuerza de monzón.
Advierto que tengo una persona al lado y que junto a él esta la ventana por donde puedo ver que el cielo está nublado. Ahora me doy cuenta que tengo una nube en el pecho. Es gris como las nubes que están afuera. Esta nube tiene un ritmo de lluvia aleatorio, no llueve tan seguido, pero su densidad no deja ver. No me deja mover. Porque es eléctrica. Me electrocuta a mi y a los demás. Me electrifica. No me deja pensar o hacer. Me deja rebotando en sentimientos oscuros. Me gustaría tener un para rayos interior para descargar toda la potencia de mi tormenta interior, pero bueno tendré que aprender a vivir con esta nube en el pecho hasta que se agote.
-Quiere beber algo señor? me pregunta la azafata. Tiene cara de buena, pero justo un rayo golpea, y debo resistirme. Debo callarme y negar con la cabeza. Debo guardar silencio, y alejarme, ignorarla.
Los rayos de la nube me pegan y me paralizan. Me queman, me arden, y sus lluvias me hacen llorar a moco tendido. Es como un chaparrón muy fuerte donde debo llorar intensamente por unos 5 minutos y después seguir.
Creo que estas lluvias deben ser limpiadoras de todo lo que ya no sirve, todo lo que sobra. A veces las palabras sobran, pero las lagrimas no. El l amor, nunca sobra, siempre hace falta.
Debo dejar que llueva para que las aguas limpien por dentro el campo de mi territorio. Baldear el patio. Regar las plantas. Dejar que el agua llegue a los confines más recónditos de mi cerebro. Eso es lo que debo baldear, mi cabeza, mi pecho, mi vientre, mi cuerpo entero. Dejarme remojar en lágrimas para limpiarme, humedecer mi interior. Tal Vez así, mi tierra se ablande, y pueda nutrir mi territorio oscuro para poder dejarlo como tierra fértil para que florezca lo nuevo, lo verdadero.
Me acuerdo de un libro que leí que dice “No hay metas, no hay camino. Solo un mar que atravesar”. Un mar de lágrimas.
Me quiero bajar de este avión, ya. Ya no quiero volar más. Le pregunto a la azafata y me dice que quedan 4 hs más de vuelo.
Decido irme. Meterme en las profundidades de este mar interno. Llegar a su profunda oscuridad para no ver. Aunque en la oscuridad salen las verdades a la luz. Que paradojico que me tenga que meter en mis oscuridades para descubrir mis luces interiores. ¿Qué cosas me iluminan? meterme en el vértigo de no ver para después de un tiempo ver.
De que se trata todo esto? De que se trata todo esto? De atravesar las nubes oscuras para llegar al sol? Si cruzo mis nubes, significa que estoy volando , a pesar de mi vertigo.
Eso quiero! motivarlos a volar!. Que salten al vacío y se animen a volar. Siempre es cielo. El mismo cielo eterno que se ve detrás de las ventanas del avión.
_ Por favor seńores pasajeros, manténganse en sus lugares con cinturones abrochados y sus asientos sin reclinar. Me despierta la voz del piloto que avisa por altoparlante que en breve vamos a aterrizar. Literalmente, aunque yo sigo en mi vuelo interno. Yo sigo en mi turbulencia interiror. Yo sigo lloviendo.
Hay movimientos bruscos, el avión se sacude, finalmente aterriza.
Yo quiero llorar, pero no me salen lágrimas. -Bienvenidos al aeropuerto de Ezeiza, son las 18:45, y la temperatura es de 24 grados centígrados en la ciudad de buenos aires. dicen por el altoparlante. Recordé que ya estoy llegando de nuevo a mi tierra, de nuevo a mi ciudad.
El vuelo termina, pero el viaje continua. Siempre estamos de viaje.
Desde afuera o desde adentro, volar es un acto físico, mental, espiritual, material, transversal.
Me gustaría que terminara el viaje. Pero ya aterrice.
Que incomodo y pegajoso es el barro que queda después de tanta lluvia.
Nos avisan que tenemos que esperar sentados antes de bajar del avión. Seguir esperando, acomodarnos después del aterrizaje. Acomodarnos y seguir.
Ya estoy ansioso, ya me quiero bajar. Un rayo me pega el corazón y me duele. Me arde, me paraliza, me electrocuta.Siento hormigueo en el corazón. El hormigueo se expande al pecho. Me llega a todas partes del cuerpo. El hormigueo arde, dura unos segundos largos. Luego se calma de a poco. algo se acomoda. El hormigueo se transforma, merma, se calma. Creo que ya pasó.
Creo que por cada rayo, hay una transformación. Como si la electrificación diera vida a algo nuevo en el universo oscuro de mi interior. Como si el calor del rayo forjara acero del barro, una nueva aleación en mi corazón.
Es extraño, pero podría decir que por cada rayo en mi pecho, mi corazón se fortaleciera. Se transformara. Como si mi corazón estuviese expuesto como estuvo la tierra hace miles de años, a truenos, lluvias, fuego, calor, fríos intensos y mareas. Acaso mi corazón, mi pecho y mi cuerpo se están transformando? Están mutando? ¿Estoy dejando de ser yo? Me estoy abandonando a mi mismo?
Todavía no nos dejan bajar. Yo ya me quiero bajar.
Empieza a llover afuera, y empieza a llover adentro.
Empiezo a llorar de la nada, lloro, lloro y lloro. Hay cascadas en mis ojos. Mi mirada se limpia de adentro hacia afuera. Mi ataque de llanto es tan fuerte, que la gente que tengo al lado se extraña. ¿Se encuentra bien señor? me pregunta la azafata. Le miento, y le digo que sí. que solo tengo claustrofobia.
De repente me acuerdo de mi papá, que lloraba en las madrugadas. Lo escuchaba desde mi cuarto, pero no lo veía. Me acuerdo de mi mamá, que lloraba en el baño encerrada. Yo también ahora estoy llorando y ellos tampoco me pueden ver. Aunque se que mi mama escucha ( don de madre).
Abrazo fuerte a la azafata que sigue a mi lado. Le pido ayuda. Le abrazo a la altura de la cintura como un niño abraza a su madre. Ella se queda inmovil, pero puedo sentir como lentamente apoya sus manos sobre mi cabeza, puedo sentir su apoyo, puedo sentir que el dolor cesa, puedo escuchar los ruiditos de su panza, y puedo sentir que todo pasa. Ella me toma la cara y me dice: - Todo va a estar bien, ya se puede bajar. Desabrocharse el cinturón por favor. Gracias, le digo.
Me secó las lágrimas, miro por la ventana y veo el sol que se asoma de entre las nubes. Miro hacia adentro y también puedo verlo.
Eso quiero. Eso busco en este viaje de regreso, que vean su sol. Que puedan ver, detrás de sus propias nubes, el sol que llevan dentro.