Mi sexo dictó a fuego que me aguardaba una guerra;
Pero envolvieron mi cuerpo en lazos y seda.
Susurraron que las marcas antiguas de pies hundidos
En las calles, palabras mordidas,
Escalofríos sobre monstruos sin alma
Que habían absorbido víctimas,
Culpables por no mirar sobre su hombro
Debía ser ágil y desgarrarme antes de que me atraparan;
Pero, como sacrificio a un mito pagano,
Como el tigre en exhibición,
Mi papel era resignarme si me atrevía a ser capturada.
En la misma aula nos adoctrinaron con aquella lección ambigua:
Debíamos sostener a otros con resiliencia y esmero;
No ocupar espacio, hablar melodiosamente,
Y enmudecer antes de aceptar que suponía un sacrificio.
Al contrario de los hombres,
Nos era permitido pintar con lágrimas un cuadro de fragilidad,
Mas no gotas de rabia, grito o rencor;
Solo dolor en cuerdas rasgadas.
Con ingenua incredulidad,
Recibí, sin darme cuenta, mis armas;
Eran de porcelana fina y decorada a mano.
Debían defenderme en un terreno de sangre y bombas enterradas.
Con ojos vendados a la fuerza,
Cabellos largos a traición, las manos atadas,
Zapatos altos en la empinada montaña,
Faldas y tirantes; debía sostener delicadas espadas,
andar a caballo y ganar la batalla, sin queja alguna.
Mis ancestras lo hicieron:
Forjaron espadas y victorias,
Se abonaron a si mismas con su parte incinerada.
Millones de ellas murieron en el camino entre piedras y polvo,
Pero todas, aun amputadas, dieron pelea.
Estoy defectuosa y distorsionada a los ojos condicionados,
Porque exhalo gritos de rencor y odio profundo; doy órdenes,
Escupo filos de palabras que cortan en honor a las que fueron calladas.
Nací mujer y no debía jamás hacerme más fuerte,
Ni crear músculo para llevar mejor mi carga.
Debía cuidar la hidratación y belleza de mis rodillas,
Cuando su propósito era enfrentarse incontables veces